El aposento ideal para un escritor, según Edgar Allan Poe

Los ensayos que escribió Poe nunca tuvieron suficientes lectores. Pero, a diferencia de sus cuentos y poemas, estos tienen un tinte irónico y satírico que lo revelan como otro Poe, uno que tuvo que ver con cuestiones tan caprichosas y extrañas como el estudio de las conchas marinas, la “etiquette” y la decoración de interiores.

Sus ensayos no están exentos de cierta perversión, ni de la característica destreza narrativa que tenía para relatar prácticamente cualquier cosa y dejarla impresa en nuestra imaginación. Pero su “Filosofía del mobiliario” (1840) merece un lugar aparte. Allí, el escritor no sólo nos da una cátedra de cómo debe estar decorada una “sala perfecta”, sino que nos da el manual para recrearlo nosotros mismos, y sitúa, en uno de los sillones largos de palo de rosa, a un personaje que duerme.

Ese personaje es la excusa perfecta para demostrarnos que la decoración del cuarto que describe es impecable: si el sueño del hombre es plácido y profundo, entonces la habitación no tiene falla. Sobra decir que ese hombre somos nosotros. La habitación,  según Poe, debe estar decorada de acuerdo a ciertos parámetros que en su momento estuvieron ausentes en la mayoría de las casa norteamericanas (y lo siguen estando, por supuesto).

Su relato comienza por decir que los europeos se “defienden” en su buen gusto para decorar, y que, de todo el mundo, solamente los yanquis van contra el sentido común ya que el único blasón de aristocracia que tienen es la moneda contante y sonante. “Nada puede haber que más directamente hiera los ojos de un artista que el arreglo interior de lo que en los Estados Unidos se llama un departamento bien amueblado”, determina.

No es difícil comprender la razón de esto. No tenemos aristocracia de sangre y habiendo, por lo tanto, fabricado para nuestro uso particular una aristocracia de dólares –cosa natural e inevitable–, la ostentación de la riqueza ha tenido que ocupar aquí el puesto y llenar las funciones del lujo nobiliario en los países monárquicos. Por una transición, fácil de comprender e igualmente fácil de prever, nos hemos visto conducidos a ahogar en la mera ostentación todas las nociones de buen gusto que pudiéramos poseer.

Sobre la forma y composición de un aposento ideal:

Tenemos presente a la vista de nuestro espíritu una pequeña habitación sin pretensiones, en cuyo decorado nada hay que censurar. El dueño está tumbado en un sofá; hace fresco; es cerca de medianoche: tracemos un croquis de la habitación mientras su dueño dormita.

El aposento es de forma oblonga –unos treinta pies de largo por veinticinco de ancho–; es la forma que mayores facilidades ofrece para el arreglo del mobiliario. Tiene sólo una puerta, nada ancha, colocada en medio de los extremos del paralelogramo y dos ventanas colocadas en el otro extremo. Estas últimas son anchas, bajan hasta el suelo, dejando un vano bastante amplio y dan a una veranda italiana. Sus marcos son de vidrio color de púrpura y encajan en un bastidor de palisandro, más macizo de lo que se acostumbra. Van guarnecidas, por el interior del vano, de visillos de un tupido tissu de plata ajustado a la forma de la ventana y que cae libremente en pliegues menudos. Fuera del vano cuelgan cortinas de seda carmesí, excesivamente rica, con cenefas de ancha malla de oro y reforzadas del mismo tissu de plata de que está formado el visillo exterior. No hay galerías; pero todos los pliegues del paño –que son más finos que macizos y tienen así una traza de ligereza– salen de debajo de un entablamento dorado, de rica labor, que da vuelta a toda la habitación en el punto de unión del cielo raso y las paredes. Las cortinas se corren y descorren por medio de un grueso cordón de oro que las ciñe como al descuido y se recoge fácilmente en un nudo; no se ven varillas ni mecanismo alguno. Los colores de las cortinas y sus cenefas, el carmesí y el oro, se muestran profusamente por doquiera y determinan el carácter de la estancia. La alfombra, un tejido de Sajonia, de pulgada y media de espesor y su fondo, también carmesí, se halla realzado sencillamente por una cenefa de oro, análogo al cordón que ciñe las cortinas, resaltando ligeramente sobre el fondo y dando vueltas a través para formar una serie de curvas bruscas e irregulares, de las cuales unas pasan de tiempo en tiempo por debajo de otras. Las paredes están revestidas de papel satinado, color de plata, tachonado de menudos dibujos arabescos del mismo color carmesí dominante, pero un tanto apagado. Muchos cuadros cortan aquí y allá el empapelado en toda su extensión. Son en su mayoría paisajes de pura imaginación, como Las grutas de las hadas, de Stanfield o El estanque lúgubre, de Chapman. Hay, sin embargo, tres o cuatro bustos de mujer, de una belleza etérea –retratos a la manera de Sully. Todos estos retratos son de tonos cálidos, pero sombríos.

[…]

Dos amplios sofás, muy bajos, de madera de palisandro, forrados en seda carmesí brocada de oro, son los únicos asientos, aparte dos confidentes también de palisandro. Hay un piano (de palisandro) sin funda y abierto. Una mesa octogonal, toda del mármol más hermoso, incrustada de oro, se halla colocada cerca de uno de los sofás. Tampoco esta mesa tiene tapete; con respecto a telas, han parecido suficientes las cortinas. Cuatro grandes y magníficos floreros de Sévres, en los que abre una profusión de flores tan olorosas como brillantes, ocupan los demás rincones, levemente redondeados, de la habitación. Un candelabro alto, que sostiene una lamparilla antigua, llena de aceite muy perfumado, se eleva junto a la cabeza de mi dormido amigo.

Sobre la iluminación del cuarto:

Una luz suave, lo que los artistas llaman una luz fría, al dar natu­ralmente sombras cálidas, sienta a maravilla, aun en un aposento imperfectamente amueblado. Nunca hubo invento más encantador que el de la lámpara astral. Hablamos, entiéndase bien, de la lámpara astral, propiamente dicha, de la lámpara de Arganda, con su primitiva pantalla de cristal pulimentado y liso, y su fulgor de claro de luna, uniforme y templado.

Así, parece que en el aposento donde con tanta placidez duerme ese hombre, las cortinas también tienen algo de fantasmas y dejan entrar una luz roja, escénica, a través de cristales teñidos. Perfecto plató para uno de sus cuentos de terror o de detectives. Aunque aprovechó la conjura para hacer una crítica hilarante del gusto estadounidense, quizá Poe sólo estuvo preparando un espacio perfectamente habitable (en el que nada perjudique nuestro sueño), y motivándonos a hacer lo propio de acuerdo a filosofía de decoración doméstica, para que algún personaje como Dupont reencarnara en él.

 

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