La conversión del náufrago: “ROBINSON CRUSOE”, de Daniel Defoe.

Robinson Crusoe y Viernes en un fotograma de la versión cinematográfica dirigida en 1954 por Luis Buñuel.

Robinson Crusoe y Viernes en un fotograma de la versión cinematográfica dirigida en 1954 por Luis Buñuel.

Por Ignacio González Orozco.

La historia de Robinson Crusoe detalla la biografía de un hombre libertino –aunque sin muchos galones, del montón– que apura su vida de un modo despreocupado mientras esta se le presenta amable, incluso muelle, y aun cuando los caminos se le tuerzan por el infortunio del confinamiento en Berbería, gaje del oficio que no parece afectar a su personalidad aventurera y casquivana. Como él mismo reconoce, “las buenas instrucciones que me habían dado en otro tiempo habíanse borrado durante una vida licenciosa de ocho años pasados entre marineros que no valían más que yo, es decir, libertinos en sumo grado”. Pero llega el momento en que la alternancia de épocas benignas y aciagas parece truncarse definitivamente en su contra, a consecuencia del más inesperado golpe del destino: la soledad atroz del náufrago en una isla desierta, que no mata el cuerpo pero sí puebla la mente de toda laya de miedos, y de modo singular ese que los fieles llaman inexplicablemente “temor de Dios”, porque no debiera de desconfiarse de un padre bondadoso (así suele presentársele en la mayoría de sus versiones recientes, desde hace algo más de dos mil años).

Esta crónica de conversión –también de ingenio y de aventuras– fue vertida al papel con tono un tanto exaltado, siempre enfático para transmitir fielmente al lector la intensidad de las peripecias narradas, por el escritor británico Daniel Defoe (1660-1731), un sujeto que compaginó la literatura con una vida azarosa de torpe conspirador político y pésimo negociante (variopintas fueron sus inversiones, tanto como sus deudas, hasta el punto de que murió oculto a los ojos del mundo, para no verse en la obligación de responder ante sus acreedores). De su obra literaria suelen recordarse tres títulos: Fortunas y adversidades de Moll Flanders (1721), Diario del año de la peste (1722) y Robinson Crusoe, de redacción anterior (1719).

Sobre ese dinero que Defoe debía de amar con verdadera fruición, a la vista de sus muchas tentativas de acaudalarlo, reflexiona el aislado Robinson en términos más bien estoicos, pero cuanto podría interpretarse como expresión del desengaño del autor al punto se corrige en un dechado de prudencia (¿o de ambición?), cuando el náufrago cierra su perorata contra el vil metal con la decisión de atesorar los caudales que el mar le devuelve del barco siniestrado. Lo cual tiene su gracia, porque más vale hombre prevenido; o su desgracia, si interpretamos que la ambición no muere ni en las condiciones que le resultan más absurdas… En las cuales, por cierto, el temor de Dios pasa a segundo plano.

De cualquier modo, Robinson manifiesta un talante sereno ante la adversidad, no tanto por la consecución de la ataraxia –la despreocupación o imperturbabilidad de que hablaban los antiguos– como por su aceptación de la fatalidad, muy acorde, por cierto, con la creencia cristiana en la Providencia divina. La fe hace del antiguo casquivano un moralista, ¿de qué otro modo entender el moderado optimismo manifestado ante su suerte?: “Yo creía poder felicitarme con razón, porque una poderosa barrera me garantizaba suficientemente contra los contagiosos vicios del siglo. No tenía nada que codiciar porque poseía ya todas las cosas de que podía disfrutar”. Y advierte después: “Aprendí a atender más al buen lado de mi condición que al malo; a considerar aquello de que yo gozaba más que aquello de que carecía y a hallar a veces en ese método un manantial de consuelos secretos”, sobre todo al comparar “mi condición presente con la que había esperado al principio”. Realmente, la adversidad no riñe con la moral cuando proviene de fuerzas ajenas al ser humano (no confundir con la injusticia, que es obra genuina de nuestra especie y degrada a quien la tolera o respalda).

Ora por su sobrevenido estoicismo ora por sus cualidades naturales, Robinson certifica en el despliegue de habilidades manuales –y también en su capacidad de planificación– una reacción de diligente optimismo para adaptarse a la isla. Casi la mitad de la novela se convierte en un diario que para muchos resultará tedioso, la cuenta y razón de sus inventos para sobrevivir, solo apta para los seguidores de Bricomanía o los estudiosos de la prehistoria de la tecnología. Por supuesto, esa capacidad de invención –o de reproducción de modelos antes conocidos– no hubiera sido posible sin los utensilios y restos recuperados del barco naufragado; también de la casualidad, como es el caso del trigo que germina espontáneamente, tiempo después de que el náufrago sacuda unos sacos en cuyo interior quedaban algunas semillas (cuentan que a Sir Alexander Fleming le pasó algo muy similar con su merienda olvidada, en la que brotaron los hongos de la penicilina). Tal vez sea fútil la discrepancia entre ser o tener, si consideramos que nuestra evolución como especie nos ha convertido en seres tecnológicos, cada vez más dependientes de una serie de aditamentos artificiales que moldean nuestra vida y nuestra mentalidad, desde la cuchara hasta el ordenador, pasando por el balón. Y conforme más sofisticada es la tecnología, menos opciones parecen quedar fuera de su seno. ¿Degeneración humana? Habría que verse en la misma situación que Robinson…

Sin conocer a Darwin, que aún no había nacido, el indudable éxito adaptativo de Robinson, equiparable al de las especies que superan la selección natural en un medio hostil, infunde al náufrago un optimismo expresado con dos sentimientos que a la postre están hermanados por el sentido de apropiación. El primero, la plena asunción del lugar donde cumple fortuito destierro; por ejemplo, llama “domicilio” y “hogar” a su rudimentaria vivienda. He ahí cómo el ser humano se adapta al espacio que le toca en suerte y lo asimila a sí mismo, por desgraciada que sea la circunstancia y el lugar donde habite (una isla desierta, una chabola de paredes de lata en el extrarradio de una gran ciudad o los mismos cartones que solemos hallar en los cajeros automáticos, aguardando su transformación cuasi mágica en acogedor lecho nocturno).

El segundo de esos sentimientos es la vanagloria. Robinson se inviste de ridículos aires de grandeza cuando se regocija en pensar que “yo era el señor del lugar y hasta podía, si se me antojaba, darme el título de rey o emperador de todo el país”; “Era yo señor y rey de toda la isla: dueño absoluto de mis súbditos, sobre los cuales tenía derecho de vida y muerte. Podía colgarlos, descuartizarlos, privarles de su libertad o devolvérsela”. Por supuesto, cuando divaga de este modo no piensa en el vasallaje de las cabras o los papagayos de la isla, sino en el reconocimiento que habrá de merecer al compartir su historia con otras personas. Todo sujeto necesita el reconocimiento ajeno, aunque sea ficticio, para considerarse digno de ser llamado humano.

Como no es bueno que el hombre esté solo, Robinson acabará sintiendo la nostalgia de la compañía al ver un barco naufragado ante su isla, cuando ya lleva 25 años de soledad. Tendrá suerte porque aparecerá en su vida Viernes, un sujeto pacífico y sumiso, con dotes ideales para el servicio (mejor dicho, para lo que en el siglo XVIII se entendía por la profesión de sirviente); ser manso que podría tomarse como precedente del buen salvaje de Rousseau si no fuera por su condición de caníbal… Afortunadamente, su mansedumbre espiritual le hace proclive a la evangelización, que Robinson le procura sin demora, tanto para la salvación del alma del indígena como para la complacencia pietista del evangelizador.

Tras unas cuantas aventuras, Robinson logra salir de su isla 28 años después de recalar en ella, pero la novela prosigue aún para contarnos nuevos viajes de su ánimo infatigable, si bien carentes de la emoción que concitó en el lector su vida de náufrago. ¿Valía la pena ese final? Seguro que no.

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