París, una ciudad escrita por sus libros

Categoría: + Comunicación |

 

Por Anna Maria Iglesia

@AnnaMIglesia

barSu rostro imberbe delataba su adolescente edad, una edad que escondía tras un chaleco negro como la corbata que relucía sobre su blanca camisa; cuello almidonado y una levita que le cobijaba de un frío inexitente. Caminaba con paso seguro, rodeado de algunos compañeros, todos de su misma edad, todos con traje e impoluta camisa blanca, pero él marcaba la diferencia con su bastón negro que sujetaba con su mano izquierda y que golpeaba, con la misma firmeza que sus pies a cada paso, sobre los adoquines de Boulevard Saint Germain. Aquel joven parisino, aquel estudiante de un Lycée allí próximo, jugaba a ser un bohemio, un nuevo flâneur que, tras la máscara, puede que el disfraz, de una época y de una edad que no le correspondía, recorría las mismas calles del poeta, cuyas poesías llevaba guardadas en el bolsillo lateral de su levita. Ahí caminaba el joven Rimbaud, el Rimbaud del siglo XXI, aquel que soñaba con regresar a un París que, si bien desaparecido en la praxis, pervive en el espírtu, en una memoria colectiva que sus habitantes y muchos de quienes lo visitan conservan y mantienen. Embriagada como aquel joven, afectada irremediablemente por un síntoma similar al de Stendhal, recorría el Boulevard: “lo ves todo a través de la literatura”, me comentaba Estela mientras caminábamos, “¿qué sería de Anna María sin los libros?”. Nada no sería nada, quiero contestarle, pero permanezco en silencio, frente a la puerta del Café de Flore. Los precios de las consumiciones no son los más adecuados para una becaria a la que pocos días antes le han confirmado que en la universidad no hay espacio para ella: “cuando termines tu beca y leas la tesis piensa en marcharte, aquí no te podemos ofrecer nada”, me habían dicho. Ante esto, el café se convierte de repente en un lugar para perderse, “¡Qué importa!”, le digo a Estela, “te invito a tomar una copa, mi futuro no depende de veinte euros”. Entramos, me refugio en ese bar, es una página más de tantos libros leídos, una página mil veces recorrida a través de la memoria literaria del siglo XX. La esquina al fondo a la derecha está ocupada, aquellos asientos que Sartre y Simone de Beauvoir solían ocupar cada tarde, convirtiendo aquella esquina en un rincón para el debate intelectual, no estaban disponibles. Nos sentamos en otro sitio, no muy lejos. A los pocos minutos de estar sentadas, una mujer a nuestro lado nos interrumpe: “Me hace ilusión ver a dos jóvenes con viejos libros de Gallimard”, nos dice mientras sostiene los dos volúmenes de cartas entre Sartre y Castor –así solía llamar el filósofo a Beavuoir- que acabo de comprar en los mercado de viejo a la orilla del Sena. “París ya no es lo que era”, comenta con añoranza, “no lo sé”, le contesto, “pero aquí todavía es posible comprar viejos libros en cualquier rincón”. Junto a Estela había recorrido la rive droite, rebuscando entre viejos libros que bajo el polvo de la calle esconden la más grande tradición literaria: allí estaban todos, Montaigne, Sartre, Ionesco, Beauvoire, Shakespeare, Voltaire, Gide…. Todas las épocas, todos los autores, mezclados, en un diálogo palimséstico que el lector va descifrando cada vez que, al azar, coge un libro, lo rescata del escondrijo y se lo lleva. Habíamos recorrido el Sena, visitado la ya demasido turística Shakespeare en Co. y entretenido en las librerías de Rue des Écoles para terminar en Pie de page, la histórica librería del Boulevard Saint Germain: allí encontré, entre las novedades, las cartas que Walter Benjamin había escrito durante su estancia en París, una estancia que había dado lugar a El libro de los pasajes, seguramente uno de las obras más indispensables de un siglo XX ya terminado.

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“París siempre es París”, afirma la mujer a nuestro lado, “pero ya poco queda de ese París de hace cuarenta años, del París de los años ’60 y ‘70”, suspira, antes de despedirse. No sé cómo fue esa París, la imagino a través de los artículos leídos en el Cahier du Cinema que mi padre todavía conserva de cuando él, un joven estudiante en una más que arrinconada Santiago de Compostela, los compraba bajo banco gracias a un amigo librero que los traía directamente de París. Transcurrí veranos enteros leyendo aq uellas amarillentas revistas, ahorrando para comprarme la cinematografía completa de Godard y peleándome con el idioma francés para poder leer Le Deuxieme Sexe, cuya edición Gallimard también había llegado de escondidas a la estantería de mi padre. No sé como era el París de los años sesenta, ni cómo eran aquellos boulevares burgueses que un sentimiento tan contradictorio despertaban en Baudelaire, quien tras le reforma Haussmann de 1870 miraba con melancolía como su ciudad había desaparecido en las intrépidas y nada inocentes reformas llevadas a cabo por orden de Napoleón III. No conocía ese París, pero lo revivía al caminar, pues caminar era una forma de releer a Balzac, a Zola y Baudelaire; de sentir ese spleen de Paris que, algunos añoran, pero que sin embargo todavía palpita, más atenuado, pero palpita. Y lo hace en la pasión que se respira en esa ciudad por la cultura, por el arte; una pasión que el sábado por la noche vivió su apogeo en el Théâtre de la Ville: pocos eran los asientos vacíos: jóvenes bailarines, gente del mundo de la danza, familias con sus niños, pequeños de ocho y diez años de mirada entusiasta, París se había reunido para ver el espectáculo de la compañía de Hofesh Shechter, De Generation. Diez minutos de aplausos, diez minutos de ovación, el público en pié. “Cada noche es así”, me comenta Estela, quien trabaja como productora en la compañia de danza Marsala, “cada noche el teatro está lleno”. La cola, en efecto, ocupaba las aceras de los arrederores, en Abesse, en el corazón de Montmatre, la misma cola que se encontraba en la sede principal del teatro, en Place Châtelet, donde colgaba un cartel anunciado la próxima obra de Juliette Binoche.

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“Para ir al cine y al teatro hay que hacer cola o comprar billetes con antelación”, me explica Estela; admiración y envidia, esto es lo que siento por esta ciudad. Pienso que es una irrealidad impensable para nosotros, nosotros, pienso equivocadamente, no amamos tanto la cultura. Y, sin embargo, me equivoco, pero me doy cuenta de ello sólo cuando bajando hacia el Pont de Louis Philippe me detengo frente al escaparate de una pequeña tienda: allí, en la vitrina, expuest entre los collares, bolsos y pendientes, está la novela Una tienda en París. La tienda de la novela de Máxim Huerta tenía su correlato en la realidad, ahora es la realidad que tiene su correlato en el libro: en la vitrina ficción y realidad se juntan, se confunden, o puede que, en verdad, nunca hayan estado separadas. La joven dependienta me confiesa que no ha leído el libro y que no conoce el autor, pero que son muchos los turistas españoles y hispanoamericanos que entran en la tienda preguntado por Alice Humbert y pidiendo si es posible bajar a la cantina. “¿Pero existe la cantina?”, le pregunto; no me contesta, tan sólo me señala una trampilla de madera que se esconde en una de las esquinas. Allí está, cerrada, algo apolillada, pero está, existe. “Yo nunca he bajado”, prosigue la dependienta antes de pedirme que le explique de que va la novela. Sonrío, han pasado casi tres años que leí Una tienda en París, pero hay libros e historias que permanecen grabados, incluso involuntariamente. Le relato la historia, le hablo de Alice Humbert, de Kiki de Montparnasse y de Man Ray; revivo la historia, está viva, apenas he olvidado sus páginas. “¿Está la novela traducida al francés?”, me pregunta con entusiasmo la dependienta; mi respuesta negativa parece defraudarla, “pero, ¿por qué?”. No sé qué contestar o mejor dicho no sé si es el momento para ulteriores explicaciones, “no te preocupes estoy convencida que tarde o temprano la traducirán”, le sonrío y me despido, agradeciéndole la historia.

No se trata de los parisinos, los turistas españoles que llegan hasta este rincón de París demuestran que el problema no es el amor a la cultura, sino las políticas culturales; en Francia aman su cultura, en Francia los libros forman parte de su cotidianidad, llenan las calles todos los días, no solamente una o dos veces al año; los nombres de las calles nos recuerdan que París es gracias a sus poetas y narradores, ellos la escribieron, ellos le dieron forma y le dieron una historia, ellos hicieron de París una ciudad eterna. El peregrinaje hasta aquel rincón del Marais, a esa pequeña tienda de color azul/grisaceo es el más fiel testigo que París se sigue escribiendo literariamente, de que París es un libro, un libro hecho de libros al que se suman páginas.

A pocas horas de regresar para Barcelona, me siento en la terraza de L’Ebouillante; junto a dos libros: Los lugares pequeños, la primera y más que recomendable novela de Paco Tomás y París de Torrente Giralt. Una vez alguien me contó que allí, en una de las mesas de esa pequeña y azulada crêperie del Marais, empezó a escribir una novela. Allí sentada en la terraza yo termino otra, cierro la cubierta y miro la fachada. Allí, empezó una historia, allí termina otra, pero desde allí sé que todavía hay muchas páginas por escribir, París no se agota, como ese libro de arena de Borges, París es inagotable. París como las historias no se acaban nunca. Queda mucho por escribir.

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