El último flâneur de Paris: Franz Hessel

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 Por Anna Maria Iglesia

@AnnaMIglesia

 

romance“Me gustaría conocer el verdadero París. Todo cuanto me han presentado me ha parecido como dispuesto para que convenga a una hija de buena familia”, se queja la joven Lotte a Wächter mientras caminan juntos desde Odéon hasta los Parques de Luxemburgo; “ se me envía a una matiné de la Comédie-Française para que aprenda la pronunciación absolutamente impecable, o bien Lily me lleva a una comedia de sociedad en el Gymnase, donde continuamente están entrando señores que dejan sus sombreros de copa sobre la chimenea y dicen aquello que sienten ante las damas”, continua la joven alemana: “las damas responden y analizan sus propios sentimientos. Y de repente, sin un ápice de raciocinio se dejan llevar por una pasión que a una espanta”. Es enero de 1916 y la auténtica París parece esconderse tras la ciudad burguesa, aquella que pocos años antes recorría los domingos el joven creado de Guy de Maupassant tratando de imitar las costumbres y los hábitos de la nueva sociedad reconvertida en falso miraje de valores de escaparate y subyugada a la filosofía del dinero y la mercancía. Lotte ansía descubrir el otro París, aquel donde los corsés se desatan –prueba de ello Alice Prin, más conocida como Kiki de Montparnasse-, y donde las vanguardias se enfrentan a la hipócrita moral burguesa, aquella que se sublevó, herida y escandalizada, ante la Olympia de Manet, aquella que se esconde y se protege tras los dictámenes estéticos de una Académie, siempre atenta a las “herejías”. El París que busca Lotte es una fantasmagoría que atrae a artistas e intelectuales, es la fantasmagoría de un París cuyo fin, sin embargo, ya intuían los versos de Baudelaire, y cuyas grietas empiezan a ser visibles ante la mirada de Wächter, protagonista y narrador de Romance en París (Errata Naturae) tras el cual se oculta, convirtiéndose en otro, Franz Hessel. Lotte quiere conocer “el viejo y auténtico París, no el elegante de los salones de té, las carreras y el teatro, sino el secreto cuya existencia había presentido al pasar esquinas”; el París intuido por Lotte es aquel se sobrevive a la vez que se agota, aquel que, algunos años antes, rescataba en sus versos, Baudelaire, refugiándose en él:

“Por el viejo arrabal, donde cuelgan ruinosas        

las persianas, abrigo de lujurias premiosas,            

cuando el sol hiere a golpes redoblados                

la ciudad y los campos, los techos y los prados,      

husmeando en los rincones el azar de la rima,        

y doy contra algún verso largo tiempo soñado”.

La mirada de Baudelaire es la mirada del flâneur, aquel que hace de la calle su casa, aquel que se embriaga en sus recorridos por el estupor que le despierta la ciudad, pero sobre todo por los recuerdos, revividos a partir de los restos y ruinas que han sobrevivido a la ciudad burguesa posterior al 1860, a la ciudad nerviosa y del shock, a la ciudad del ritmo incesante, de la masa y la homogenidad, a la ciudad que impide su apropiación, a la ciudad en la que la individualidad ya no es posible. Lotte, sin embargo, no es una flâunesse y Wächter parece ser consciente de la imposibilidad de serlo: él recorre la ciudad, la observa con una mirada escrutadora, la misma que comparten el flâneur y el detective, la misma que tenían Baudelaire y el narrador de Edgar Allan Poe. Wächter es consciente que su mirada ya no es una mirada embriagada por la ciudad: “esto también es París”, le dice el joven alemán a Lotte, en el vano intento de disuadirla de sus deseos por descubrir la otra ciudad. A través de su protagonista y narrador, Franz Hessel describe el próximo final de una época, de un tiempo: intuiciones, desgarros en el entramado urbano, desgarros en una sociedad burguesa que vive embriagada entre botellas de champagne y de guirnaldas, son las imperceptibles alertas de un mundo que se agota y que, en 1914, será testigo del primer gran conflicto. Desde ese mismo París, Agustí Calvet, todavía no reconvertido en el periodista Gaziel, en 1914 anota en su diario como la capital francesa vive al margen de aquellas alarmas que, sin embargo, ya resonaban con fuerza a su alrededor. Con la misma indiferencia con la que se dejó morir al París que, en vano, trató de rescatar Baudelaire en sus versos, el nuevo París ignora las grietas que preanuncian el final de un tiempo y la llegada de cinco largos años de violencia y asedio. Solamente con el ejército a las puertas, París despertará: así lo relata en su diario el joven Agustí Calvet en 1914; y así parece pre-anunciarlo Franz Hessel.

peaton“Nuestra época seguramente es la primera habrá perdido a este punto los placeres de la vida agradable” escribe Edmound Jaloux el viernes 22 de Marzo de 1936 en Le Temps en un artículo paradigmático: Le dernièr flâneur. Jaloux, escritor y periodista, se esconde tras el testimonio de este último flâneur, quien describe un París en el que el flâneur está “ensordecido por los cláxones, entontecido por los altavoces que le vierten sobre la cabeza verdades primeras”; Jaloux retrata un París ya no hecho para el flâneur, un Paris agotado: todo París parece haberse convertido en la Rue Christine descrita por Apollinaire. En su Romance en París, Franz Hessel ya preanuncia el agotamiento de un tiempo y de su escenario, la ciudad. Walter Benjamin heredó de Hessel la mirada críticamente melancólica, gracias a Hessel aprendió a deambular por la ciudad, aprendió a mirar por los resquicios y a percibir las grietas. Desgraciadamente, su voz, como la de Hessel, como la de Zweig, no fue escuchada, como tampoco se escucharon los gritos que Baudelaire profirió a través de sus versos. Voces sordas en un desierto urbano ensordecido por los cláxones de la modernidad. “Heme aquí al término de mi viaje sentimental y pintoresco por un París que ya no existe”, escribe, en 1920, al final de El peatón de Paris (Errata Naturae), Léon–Paul Fargue, una voz más silenciada por la embriaguez de un siglo XX, por entonces, muy joven. Todas estas obras, rescatadas y magistralmente reeditadas, son más que una agradable lectura, son más que un ejemplo de buena literatura, son ante todo testigos de un tiempo, de un tiempo transcurrido, pero no remoto. Terminó la época del flâneur, pero su mirada crítica, atenta y escrutadora no sólo es todavía hoy viable, sino necesaria. Lejos de abandonarse a la inercia de la melancolía, basta recordar las palabras de Fargue: “los cafés han cambiado de aspecto, pero los amores permanecen”. Conservemos los amores porque de la misma manera que siempre nos quedará París, siempre deberá quedarnos la mirada del flâneur, cuyo entusiasmo crítico es la manifestación de la mayor de las lucideces.

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