La higiene íntima. O sobre el sexo a modo de resistencia

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Por Ana March.

‘En la vida todo es sexo, menos el sexo, que no es sexo sino poder’. Oscar Wilde

11390187_10205852693448862_3115418097226932920_nExplica Ortega y Gasset en su ‘Ensayo sobre estética a modo de prólogo’ que uno puede distinguir a un verdadero poeta al discernir sobre si posee o no un estilo. Poeta sería aquel que por efecto de su acción logra que las cosas adquieran un nuevo sentido, el que logra enriquecer el mundo y aumentar la realidad. El objeto de arte, el efecto estético, bajo la óptica orteguiana encontraría en la metáfora su máxima envergadura. La metáfora es la potencia más fértil que posee el hombre, la única capaz de sustraernos de lo real, de darnos la posibilidad de evadirnos y crear. Esa mirada poética común a todo creador verdadero, esa capacidad de perforar las capas más superficiales de la realidad, de ir desde emociones intensas a la intensidad de los detalles y dotar lo existente de un nuevo sentido y amplificarlo, es la potencia que subyace en la prosa de Javier Palencia (Madrid, 1983), y el impulso que atraviesa las nueve historias que conforman ‘La higiene íntima’ (Ediciones Paralelo, 2015), su primer libro de relatos tras ‘Cristo en Uyuni’, poemario editado en 2011 por Esto no es Berlín cuando aún era Papel de Fumar Ediciones.

Siguiendo la estela de los grandes del realismo sucio, con un pulso narrativo que recuerda la sobriedad efectista de Carver y un erotismo descarnado en modo ‘Asfixia’ de Pallaniuk, Javier Palencia asume el juego de iluminación con destreza, encendiendo y apagando con precisión la luz que perfila el lado más humano de sus personajes. Explorando desde la simpleza, reduciendo la narración a sus elementos principales, despojando el discurso de florituras retóricas y datos innecesarios, sin presentarnos grandes historias de fondo y con personajes, la mayor parte de las veces, comunes y corrientes, el autor conforma un poderoso y extraordinario artefacto narrativo, cargado de erotismo e ironía y con un discurso de gran calado.

‘La higiene íntima’ habla de la búsqueda del yo en su relación con los otros, y sobre la soledad. Trata sobre el amor y su desgarradura; y sobre su anverso festivo, el sexo: el placer y la erotización como modo de resistencia contra la degradación que el tiempo nos impone. A través de personajes escindidos e historias de desencuentro, los relatos exploran la frustración, el rechazo, la pérdida, la fatalidad; con el discurso del placer, la carnalidad, los vínculos libidinales con uno mismo y con los otros como instrumento para que los personajes desplacen sus ansiedades íntimas y sociales, y descarguen la intensidad emocional concomitante a ellas. La sexualidad como vehículo de resistencia y conocimiento, pero también como un río que transcurre con un gran caudal de desasosiego:

“El señor N. comenzó a lamer las bragas sin retirarlas del cuerpo de Magda. Estaba arrodillado en el suelo y el pene le colgaba rozando el sofá. Ella se apañó para juntar los pies a la misma altura y masturbarle con ellos. Cuando estaba en la cumbre de su excitación, el señor N. le arrancó las bragas de un tirón, rasgando la tela y dejándole una quemadura en la piel de la cadera. Luego se las metió en la boca y se incorporó para penetrarla. Ella se corrió nada más recibir su embestida. Él siguió durante un rato, sin dejar de masticar las bragas. Poco antes del amanecer, se quedaron dormidos en el sofá entre juguetes sexuales, retales de bragas y manchas de semen.

Al llegar su hermana, el señor N. se cubrió la entrepierna y se fue al dormitorio de invitados. Desayunaron tarde. Magda tenía una resaca de campeonato. El señor N. no apartó la mirada del periódico. Los tres se mantuvieron en silencio hasta que la hermana de N, muy afectada, preguntó:

—¿Qué habéis hecho con las bragas de mamá?”.

En relación íntima sólo nos tenemos a nosotros mismos. La identidad es sólo un juego, un vehículo para favorecer la relación con los otros. Los sujetos presentados por Javier Palencia en sus relatos parecieran saberlo pero han renunciado a este juego, se sienten impotentes. Cansados de ser lugar en permanente conflicto, un terreno de choque entre elementos externos, se salen de la norma, renuncian a la regulación, se sublevan creando placeres nuevos, buscando nuevos goces para propiciar el surgimiento de nuevos deseos que los rediman de su desgarramiento. El juego de la identidad llevado a su paroxismo: el individuo en resistencia aún sabiéndose vencido.

“Fue un encuentro breve, sucio –aunque esto no le resta valor a ojos del señor N.– y, sobre todo, un acto de reconocimiento del dolor ajeno. Sucedió en el servicio del bar donde habían estado bebiendo, el femenino, con la joven sentada sobre la tapa del váter y las rodillas clavadas en los azulejos y con él arrodillado en el suelo. Recuerda lamer el cuero de sus sandalias, algo cuyo motivo nunca ha sabido explicarse después. Todo surgió cuando, martinis mediante, ella declaró que había decidido no amar a los seres humanos y dedicarse al único amor de sus gatos. Él reconoció en su decisión  ―tan inmadura, pensó en aquel momento– un rechazo profundo al abandono que había sufrido la chica cuando era pequeña.

—El maltrato animal es una forma profunda de envidia —había dicho ella con los ojos vidriosos—. El hombre envidia el funcionamiento de los demás animales. La dictadura del instinto, la espontaneidad. Un gato se coloca al sol o a la sombra. Come y duerme y caga y se traslada de lugar. No sufre como el hombre, ni siente culpa.”

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Una respuesta a La higiene íntima. O sobre el sexo a modo de resistencia

  1. Si hablamos de la higiene intima debemos saber que la higiene bucal es determinante, en la intimidad y es muy difícil de ocultar dadas las circunstancias, creo que nadie va a una cita sin antes asegurarse de este pequeño detalle.

    Juan Pablo Gomez
    13 julio 2015 at 7:07 am

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