¿Compradores de libros o lectores?

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Por Anna Maria Iglesia

@AnnaMIglesia

 El curso editorial termina y el amplio sector del libro hace balance de los éxitos y fracasos de los últimos doce meses. Son días de balance, pero también de previsiones: el verano es corto, Septiembre acecha tras la esquina y es necesario dejar atada la rentrée post-vacacional; en efecto, la mayoría de las editoriales ya han anunciado los libros que ocuparán las mesas de novedades en los primeros meses post-veraniegos, libros con los que se intentará mejorar las cifras de este curso en el que, según indican los números, la venta de libros ha mejorado tras años en caída libre. Hay que ser positivos, parecían decirnos los artículos que hace apenas dos semanas publicaban los datos referentes al mercado del libro y analizaban las tendencias: la no ficción ganaba protagonismo –el público, parafraseando el ensayo de Shields recientemente publicado por Círculo de tiza, parece tener hambre de realidad- en deterioro de la ficción. Algunos sostienen que el tiempo del best-seller, inaugurado en su versión contemporánea por El nombre de la rosa, se está agotando, mientras que hay un auge de lo que podrían llamarse libros temáticos (principalmente de cocina) o libros merchandising. Sin embargo, tendencias a parte, la novela, a pesar de su aparente flaqueza, sigue reinando en las librerías y los best-seller, aunque hayan vivido tiempos mejores, siguen siendo un concepto tan válido como necesario para cuadrar cifras. De la misma manera que las cifras obligan a la positividad, un recorrido por la reciente Feria del Libro de Madrid o por las estanterías de las grandes librerías deja claro que, a pesar de las tendencias y las modas circunstanciales, la oferta de libros ha permanecido más o menos invariable en los últimos años. Debemos evidentemente alegrarnos por la mejora de las cifras de venta y por la consolidación de una red de editoriales independientes que han enriquecido el campo editorial ocupando los vacíos dejados por el mundo editorial más tradicional; sin embargo, la euforia no debe oscurecernos la mirada. Llegada, por fin, una aparente recuperación del sector editorial, cabe preguntarse –y, sin duda, todo el mundo del libro es interpelado en dicha cuestión- hacia qué cultura del libro nos queremos dirigir.

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Es una evidencia, repetida hasta la saciedad, que España es un país de pocos lectores; el aumento en el número de libros vendidos no necesariamente significa un aumento de número de lectores, pero de lo que no cabe duda es que, sobre todo vistas las nefastas políticas de promoción a la lectura y el general desinterés por el sector de la cultura de quienes gobiernan, el sector del libro –e incluyo, editoriales, periodistas culturales, escritores, agentes…- es quien debe hacer frente al reto de conseguir que la lectura no sea un hábito minoritario. La pregunta no es sólo cómo conseguir dichos lectores, sino si es aceptable conseguirlos a toda costa; en otras palabras, ¿queremos lectores o compradores de libros? La admiración hacia países como Francia, donde el hábito de la lectura es tan frecuente y extendido que la estética y llamatividad de las ediciones pasa a segundo plano en favor del contenido del libro, puede quedarse en papel mojado si aquí no se toman algunas decisiones: no se trata de imitar estilísticamente las ediciones francesas, en absoluto, pues si de algo debemos orgullecernos es de las espléndidas y cuidadas ediciones que en los últimos años copan el mercado. Se trata, a lo mejor, de dar prioridad al contenido y enfrentarse a la pregunta de si es lícito publicar cualquier cosa con tal de vender. Es más fácil obtener compradores de libros que buenos lectores y, sin duda, las cuentas se cuadran con abundantes compras, pero ¿es la publicación de libros sin valor literario pero de inmediata venta asegurada, lo que asegurará a largo andar la salud del mundo del libro? Hace ya tiempo que la televisión decidió que la audiencia es la que mandaba, ¿quiere el mundo del libro apropiarse de esta misma lógica?

lectora 3Sin duda libro y literatura son dos conceptos disociados, el lector y amante de la literatura no consumirá determinados libros, sin embargo el hecho de que no los consuma, el hecho de que el mundo literario de la espalda a determinadas publicaciones no significa que éstas no dañen la salud de la literatura y del mundo de libro. Algunos reivindicarán la libertad de cada sello y grupo editorial de publicar el tipo de autor que desean – en ciertos casos, habría que hablar de meros escribientes o, incluso, de fingidores de escribientes-, pero no debe olvidarse que se trata siempre de una libertad parcial, puesto que, como bien señala Slavoj Zizek la libertad del trabajador es limitada en cuanto él es dependiente del capital. Abogar por la completa independencia del capital es profundamente utópico, pero si cabe preguntarse ¿de qué manera se quiere ser súbdito del capital? Determinados proyectos editoriales independientes –y no se piense solo en narrativa, se destaque por ejemplo La bella Varsovia que, tras un arduo y diligente recorrido, ha conseguido poner obras de poesía entre los libros más vendidos (Los estómagos de Luna Miguel es ejemplo de ello), algunos catálogos –se piense por ejemplo en el de Seix Barral– o algunas muy recientes colecciones –merece reconocimiento y, sobre todo seguimiento, la nueva colección de poesía de Espasa, inaugurada con el recomendable poemario de Diego Ojeda– demuestran dos cosas: que el éxito inmediato no siempre –por no decir, casi nunca- es la solución a todos los problemas y que, independientemente de las tendencias, hay un público lector sediento de buena literatura. Publicar libros no por su calidad sino por el interés, a veces morboso, del supuesto autor, publicar libros por el éxito que, en otros sectores –audiovisual, internet, deportivo- haya tenido el supuesto autor, exprimiendo al máximo la gallina de los huevos de oro, pero obteniendo productos tan indigestos como dañinos para la salud crítica e intelectual de cualquiera, considerar el éxito sólo en base a la extesión de las colas y de los ceros de las cifras de ventas, pero no en base al valor literario, al reconocimiento crítico nacional e internacional, puede ser un parche, pero difícilmente se convertirá en una solución.

Si de algo puede servir la admiración de un país como Francia es para percatarse que el crecimiento y el saneamiento del mundo del libro son fruto de un enriquecimiento, reconocimiento y respeto por la cultura. Disociados durante mucho tiempo ya el concepto de libro y el concepto de literatura, puede que haya llegado el momento de reunirlos, hacerlos converger de nuevo, puesto que esto no sólo significaría que no todo es publicable sino que sería un primer paso para invitar al hábito de la lectura con una buena lectura –transversal en gustos y complicaciones, más experimental o menos, abstrusa o de mero entretenimiento, pero siempre literatura- a un público que todavía permanece ajeno a ello. Puede que el éxito no sea inmediato, pero a largo andar, ¿qué mejor comprador de libros que un buen lector? Pero claro para llegar hasta aquí, cabe preguntarse una vez más: que queremos, ¿compradores de libros o lectores?

Razones para el optimismo (literario)

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3 respuestas a ¿Compradores de libros o lectores?

  1. Un análisis acertado y coincidente con lo que pasa en Argentina y otros países latinoamericanos. Parece que los hispanohablantes estamos “flojos de papeles”.

    Eduardo Jorge Arcuri
    7 julio 2015 at 16:27 pm

  2. La sociedad y las bibliotecas necesitan lectores; las editoriales y las librerías compradores de libros. Hay que procurar que lean cuantos más mejor y si encima compran ya es perfecto. Pero de igual modo que el machismo solo se curará desde la familia y desde la infancia, los lectores hay que sembrarlos, regarlos y cuidarlos toda la vida ya que no surgen por generación espontanea. Y es la sociedad, esa que necesita de lectores, la que debe poner los medios para obtenerlos.

    Interrobang
    7 julio 2015 at 18:24 pm

  3. Coincido con lo dicho por Jordi en el comentario anterior. La realidad es que las editoriales, obviamente, primero quieren y necesitan compradores, sin ellos no existen. No olvidemos que una editorial es una empresa. En Sant Jordi ¿qué importa, que se lean libro o que se vendan?
    Así esta realidad, nada mejor para una editorial que un lector-comprador, porque asegura continuidad; pretender basar la economía de una empresa en el comprador ocasional es un tanto de locos…
    Hace un par de años me refería a esta distinción: No confundamos compradores, lectores y fans: no son lo mismo: http://bit.ly/1Cp20Is
    Enhorabuena por el artículo.

    Mariana Eguaras
    8 julio 2015 at 19:42 pm

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