Hildebrand y Nietzsche: la naturaleza de los valores

Dietrich von Hildebrand (1899-1977)

Hildebrand«Supongamos que alguien nos elogia. Quizá nos demos cuenta de que no lo merecemos totalmente; pero es, sin embargo, una experiencia agradable y placentera. No nos es un asunto indiferente y neutral, como es el caso de que alguien nos diga que su nombre empieza con una T. Puede habernos dicho, antes de este elogio, muchas cosas; cosas que poseen un carácter neutral e indiferente; pero ahora, a diferencia de todas las demás frases, el elogio resalta. Se presenta como agradable y poseyendo el carácter de un bonum, en suma, como algo importante.

Supongamos que somos testigos de una acción generosa: un hombre perdona una ofensa grave. También en este caso su acto nos llama la atención, a diferencia de lo que ocurre en la actividad neutral de un hombre que se viste o que enciende un cigarrillo. En efecto, el acto de perdón generoso brilla como algo notable y valioso; lleva en sí el sello distintivo de la importancia. Nos conmueve y engendra en nosotros la admiración. No sólo nos damos cuenta de que ocurre este acto, sino de que es mejor que ocurra a que no ocurra; de que es mejor que el hombre actúe de ese modo que de otro. Somos conscientes de que ese acto es algo que debe ser, algo importante.

Si comparamos ambos tipos de importancia, descubrimos inmediatamente la esencial diferencia entre ellos. El primero, esto es, el elogio, es sólo subjetivamente importante; el segundo, el acto de perdón, es importante en sí mismo. Somos totalmente conscientes de que el elogio posee un carácter de importante sólo en la medida en que nos da placer. Su importancia se sustenta exclusivamente en su relación con nuestro placer; tan pronto como el elogio se separa de éste, se hunde en el anonimato de lo neutral o indiferente.

Por el contrario, el acto genero de perdón se presenta como algo intrínsecamente importante. Tenemos plena consciencia de que su importancia en ningún modo depende del efecto que produce en nosotros. Su importancia particular no se sustenta en ninguna relación con nuestro placer o satisfacción. Se presenta ante nosotros como intrínseca y autónomamente importante y no depende en modo alguno de nuestra reacción.

El lenguaje mismo expresa esta diferencia fundamental. La importancia de lo que es agradable o satisfactorio siempre se expresa mediante la preposición “para”. Algo es agradable o satisfactorio para alguien. Los términos “agradable” y “satisfactorio” no pueden ser aplicados como tales a un objeto, sino sólo en la medida en que se refiere a una persona o, análogamente, a un animal. Por otro lado, los términos “heroico”, “bello”, “noble” no requieren la preposición “para”, antes bien, la excluyen. Un acto de caridad no es sublime para alguien; como tampoco la Novena Sinfonía de Beethoven o una espléndida puesta de sol son bellas para alguien.

Denominamos “valor” a la importancia intrínseca con que está dotado un acto generoso de perdón, para distinguirla de la importancia de todos aquellos bienes que motivan nuestro interés simplemente porque son agradables o satisfactorios.

Pero, aunque estos dos tipos de importancia son esencialmente diferente, ¿no son en algún aspecto bastante similares?, ¿no es verdad que aquellas cosas que son buenas, bellas, nobles y sublimes nos conmueve profundamente y nos llenan de alegría y deleite? Es cierto que no nos dejan indiferentes. ¿No nos deleita necesariamente la experiencia plena de la belleza? Y, a su vez, ¿no experimentamos deleite cuando el amor o la generosidad de alguien nos llega al corazón? Tal deleite y alegría son, en verdad, diferentes del placer derivado de un elogio. Pero, ¿el hecho de que en ambos casos se encuentre una relación similar a una experiencia gozosa no invalida, en realidad, esta diferencia?

Sin duda, aquellas cosas que llamamos intrínsecamente importantes, aquellas cosas dotadas con un valor, poseen la capacidad de causar deleite. Sin embargo, un análisis del carácter específico del deleite mostrará todavía más claramente la esencial diferencia entre estas dos clases de importancia. Demostrará que el valor posee su importancia independientemente de su efecto en nosotros.

El deleite y la emoción que experimentamos al ser testigos de una noble acción moral o al captar la belleza de un cielo cuajado de estrellas, presupone esencialmente la consciencia de que la importancia del objeto no es de ninguna manera dependiente del deleite que en nosotros pueda causar. En verdad, este gozo surge de nuestra relación con un objeto que posee una importancia intrínseca; con un objeto que se presenta ante nosotros majestuosamente, autónomo en su sublimidad y nobleza. Nuestro gozo implica, en efecto, que hay un objeto que en modo alguno depende de nuestra reacción ante él, un objeto cuya importancia nosotros no podemos alterar, que no podemos alterar ni disminuir; pues su importancia no brota de su relación con nosotros, sino de su propia dignidad. Se halla ante nosotros, por así decir, como un mensaje que proviene de lo alto, elevándonos sobre nosotros mismos.

La diferencia, por tanto, entre el gozo que emana de la pura existencia de un valor y el placer resultante de una satisfacción subjetiva, no es en sí misma una diferencia de grado, sino de género: una diferencia esencial. Una vida que consistiese en una cadena interrumpida de placeres derivados de lo meramente satisfactorio no podría nunca concedernos un momento de la gozosa felicidad que engendran aquellos objetos que poseen un valor

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Friedrich Nietzsche (1844-1900)

Nietzsche1882«Ningún pueblo podría vivir sin antes realizar valoraciones; mas si quiere conservarse no le es lícito valorar como valora el vecino.

Muchas cosas que este pueblo llamó buenas son para aquel otro afrenta y vergüenza: esto es lo que yo he encontrado. Muchas cosas que eran llamadas aquí malvadas las encontré allí adornadas con honores de púrpura.

Jamás un vecino ha entendido al otro: siempre su alma se asombraba de la demencia y de la maldad del vecino.

Una tabla de valores está suspendida sobre cada pueblo. Mira, es la tabla de sus superaciones; mira, es la voz de su voluntad de poder.

Laudable es aquello que le parece difícil; a lo que es indispensable y a la vez difícil llámalo bueno, y a lo que libera incluso de la suprema necesidad, a lo más raro, a lo dificilísimo, a eso lo ensalza como santo.

Lo que hace que él domine y venza y brille, para horror y envidia de su vecino: eso es para él lo elevado, lo primero, la medida, el sentido de todas las cosas.

En verdad, hermano mío, si has conocido primero la necesidad y la tierra y el cielo y el vecino de un pueblo: adivinarás sin duda la ley de sus superaciones y la razón de que se suba por esa escalera hacia la esperanza.

‘Siempre debes ser tú el primero y aventajar a los otros: a nadie, excepto al amigo, debe amar tu alma celosa’- esto provocaba estremecimiento en el alma de un griego: y con ello siguió la senda de su grandeza.

‘Decir la verdad y saber manejar bien el arco y la flecha’ esto le parecía precioso y a la vez difícil a aquel pueblo del que proviene mi nombre, el nombre que es para mí precioso y difícil.

‘Honrar padre y madre y ser dóciles para con ellos hasta la raíz del alma’: esta fue la tabla de la superación que otro pueblo suspendió por encima de sí, y con ello se hizo poderoso y eterno.

‘Guardar fidelidad y dar por ella el honor y la sangre aun por causas malvadas y peligrosas’: con esta enseñanza se domeñó a sí mismo otro pueblo, y domeñándose a ese modo quedó pesadamente grávido de grandes esperanzas.

En verdad, los hombres se han dado a sí mismos todo su bien y todo su mal. En verdad, no los tomaron de otra parte, no los encontraron, estos no cayeron sobre ellos como una voz del cielo.

Para conservarse, el hombre implantó primero valores en las cosas – ¡él fue el primero en crear un sentido a las cosas, un sentido humano! Por eso se llama ‘hombre’, es decir: el que realiza valoraciones.

Valorar es crear: ¡oídlo, creadores! El valorar mismo es el tesoro y la joya de todas las cosas valoradas.

Sólo por el valorar existe el valor: y, sin el valorar, la nuez de la existencia estaría vacía. ¡Oídlo, creadores!

Cambio de los valores es cambio de los creadores. Siempre aniquila el que tiene que ser un creador.»

 

(Fuentes: Ética, Primera parte, I, cap. 3, Hildebrand / Así habló Zaratustra, Primera parte, ‘De las mil metas y la única meta’, Nietzsche)

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