La obsesión por los móviles crea el peor anticlímax en los teatros

Por Horacio Otheguy Riveira

 

El espectador compra la entrada, se sienta en su butaca, se supone que le interesa la función. Pues no siempre es así, ya que demasiado a menudo hay quien —no más empezar la representación— desespera por su móvil, un objeto de deseo de imperiosa necesidad, muy por encima del espectáculo que ha escogido, convirtiéndolo en un adicto incapaz de respetar a los demás.

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En un teatro siempre hay una atmósfera de misterio a la que el buen espectador llega consciente de que va a presenciar una situación ajena a su vida cotidiana (aunque refleje conflictos de fácil identificación), bien dispuesto a desconectar de sus habituales circunstancias. Todo conlleva una emoción grande porque se asiste a zonas de nuestra existencia a través del espectáculo de la vida de otros, esos maravillosos desconocidos-actores que tienen el talento de forjar quimeras. Esto y mucho más significa para los buenos espectadores el fenómeno del teatro, de manera que cuando se produce una interrupción tan fuerte como hablar en voz alta, el ruido infernal que se produce al desenvolver caramelos, el sonido de la alarma de un reloj o el mucho más terrible de un móvil, desbarata la energía de la imaginación y destroza las posibilidades creativas de los artistas y del propio público repentinamente alterado.

Cell_by_Stephen_KingStephen King escribió una novela, Cell, donde los móviles son portadores de monstruosidades en un entorno de terror apocalíptico. Se advierte que el escritor abomina de estos aparatos y, desde luego, carece de uno de ellos. Él comprende el carácter imprescindible para muchas tareas y el avance que ha significado para bastantes oficios y profesiones, pero no entiende que le ensordezcan en cualquier parte con intimidades a voz en cuello, o recetas de cocina (“que se ponga la muchacha que le digo cómo guisar los champiñones”), o regañinas de amantes o conflictos laborales que no pueden esperar hasta la próxima parada.

¿Cómo es posible que hayamos pasado del lógico pudor conversando en voz baja en los medios de transporte a vociferar cualquier intimidad, simple, estúpida o morbosa? Y más aún, ¿cómo es posible que el respeto por el trabajo ajeno en los teatros, donde sólo se interrumpía por toses o viejas butacas ruidosas, haya desaparecido? ¿Cómo es posible que llevemos tantos años pidiendo que se apaguen los móviles, y todavía numerosas personas no lo entiendan, lo dejen sonar o vibrar o se atrevan a deslumbrar averiguando últimas novedades en el correo?

Una locura que va a más. Desde que en los 90 se fue imponiendo cordialmente la advertencia de apagar los móviles, no he parado de padecer situaciones demenciales, algunas de las cuales me han visto colérico increpando a espectadores de ambos sexos, y en todos los casos me miraron con cara de pánico y lo apagaron de inmediato: no se habían dado cuenta, dejándose llevar como víctimas de una manía irresistible.

Nunca olvidaré la reacción desesperada de Carlos Larrañaga en 1996, cuando volvió al teatro tras larga ausencia —con la obra de Santiago Moncada, ¿Y ahora qué?—. Sucedió en el Reina Victoria de Madrid donde hizo poner un cartel en todas las puertas de entrada: APAGUEN LOS MÓVILES, así, reiterado y seco, por todas partes letras bien grandes, sin “porfavores” ni nada parecido. Después de esta experiencia, el actor no volvió a escena. Lo iba a hacer con quien había sido su primera esposa (y madre de la mayoría de sus hijos), María Luisa Merlo, en 2012, pero le alcanzó la muerte.

El sonido del desprecio

La función va de menos a más, empieza como una comedia convencional, se desarrolla como una alta comedia (burgueses tomando copas y hablando con toques de humor contenido sobre lo humano y lo divino) y deviene en tragedia porque nadie acepta al protagonista padre de familia una vez que confiesa su extraordinaria pasión amorosa… por un animal.

Se trata de La cabra, de Edward Albee, con dirección e interpretación de José María Pou.

pou_cabra_granLa estrenó con Mercè Arenaga, pero yo la vi en un auténtico “toro” (es decir, una salida a escena con gran esfuerzo tras pocos ensayos por compromisos de programación) con una impresionante interpretación de Amparo Pamplona.

En la recta final, durante el más tenso clímax para el personaje de Pou, padeciendo un agresivo tour de force de su esposa, a un espectador de las primeras filas le suena el móvil.

Insistente, terrible, tarda una eternidad en apagarlo. La acción continúa. Los profesionales no se detienen, no pueden parar. No  queda nada ya para que termine, una doble angustia nos atrapa a todos, pues la situación dramática no puede ser más demoledora, mientras el sonido del aparato persiste, irritante, como un grito malévolo a la par que idiota.

Cuando salen a agradecer los aplausos parece que José María Pou va a perder los papeles. Cumple con el protocolo pero con una seriedad temible, sus enormes manos se cierran una y otra vez, son puños amenazantes, y sus ojos enfilan hacia el cretino del móvil. Pensé: “Ahora da un salto y lo mata a golpes y todos le jaleamos, damos vivas, participamos del linchamiento”. Pero el gran actor se contuvo.

En otra ocasión la violencia se resolvió de forma contenida, con una profesionalidad casi científica. Fue el penúltimo gran trabajo teatral de Amparo Baró (el último fue Agosto: casi cuatro horas en las que oh, milagro, no percibí el menor intento “movilizador”).

Me refiero a La opinión de Amy, de David Share: una espectadora de la fila 10 se pasa de puntillas —ojo, para no molestar—, a la fila 3, pero se deja la cartera, de manera que tarda mucho en enterarse de que la maldita llamada de teléfono le corresponde a ella.

La compañía está al completo en escena, con Amparo en primera línea; en cuanto empieza a sonar se quedan quietos en la situación en que se encuentran; quietos y con cara de póquer hasta que la espectadora se entera y va corriendo a apagarlo y se quiere enterrar viva, muerta de vergüenza. Recién entonces los actores retoman la acción. Pero ya todos nos sentimos muy lejos de la historia y la atmósfera creada.

Entre muchas anécdotas, hay una especialmente interesante porque me obligó a ver dos veces una función: Grooming, de Paco Bezerra, dirección José Luis Gómez. La última escena es en realidad un epílogo a través del cual se comprende el proceso de la parafilia de la protagonista, una chica en principio atrapada por un cazador de menores en Internet; el desenlace se reduce a un breve monólogo que fue interrumpido por el sonido persistente de un teléfono del que era portador (¡para colmo de males!) un actor invitado como espectador.

Sobresalto, texto casi susurrado por la actriz (Nausicaa Bonnín), oscuridad, aplausos. Corrí a comprar la obra que se vendía en la propia sala. Volví al día siguiente a ver y escuchar la escena. Una obra breve cuya resolución está en la voz y el cuerpo de una joven que confiesa un terrible secreto, único camino para su satisfacción sexual plena. Pura atmósfera alterada por una llamada como si fuera un martillazo en la cabeza.

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En la sala pequeña del teatro Español, Magüi Mira y Ana Wagener interpretaban La anarquista, de David Mamet. La intimidad de dos mujeres en una cárcel: la prisionera y la funcionaria en un intenso juego emocional y dialéctico.

Una tarde, a poco de empezar, suenan móviles como si se tratara de una conspiración. De pronto, Magüi se dirige al público con gran serenidad y confiesa que no puede trabajar de esta manera y decide volver al comienzo, al principio de todas las cosas: luz de sala, la voz que ruega que apaguen los móviles, advertencia de los minutos que faltan. Oscuridad. Luz de escena, y finalmente formidable actuación en una atmósfera de alta tensión que ya no fue interrumpida.

El silencio tremebundo

Los accidentes sonoros persisten, con altibajos y algunas funciones sin el menor indicio de sobresalto, pero va in crescendo un silencio tremebundo con el patio de butacas tomado por un ejército de individuos que a los pocos minutos se ve obligado a controlar su móvil en silencio pero con sus malditas luces cual pequeño pero perverso parque de atracciones.

Esto sucede cada vez con más frecuencia y con cualquier género de función. Y al dar la voz de alarma: “¡Apague eso que deslumbra!”, entran en pánico y acaban con el drama. Aunque más allá aparece quien lo intenta cubriéndose con el abrigo, o agachándose para taparlo con las piernas, molestando igualmente al que tiene al lado.

Fiebre de cacharros luminosos cada vez con más prestaciones. Luciérnagas indeseadas de posesos o alarmistas sonajeros aquí y allá, vivimos la obsesión de la comunicación para nada, porque sí, desplegando una ansiedad ridícula a todas horas que malgasta energías, despilfarra el imprescindible talento para relajarse y compartir la aventura del espectáculo, de conversaciones amistosas (“Perdona que te interrumpa, pero espero una llamada importante”), cenas encantadoras (“Uy, tengo que atenderlo, seguro que es mi hija que me llama desde la playa”)… Siempre hay una excusa, nada ni nadie puede esperar veinte minutos ni una hora o dos,  todo ha de ser leído/escuchado/visto aquí y ahora, por siempre jamás, a vida o muerte, porque la vida entera se vuelve imposible si tú no me llamas (A propósito, ¿nos conocemos de algo?): un delirio alucinante por las aceras, tanta gente hablando con el manos libres o deteniéndose de golpe porque ha sonado… Materia fabulosa para sociólogos y psicólogos, pero pronto cada teatro tendrá que habilitar un “guardamóviles” gratuito y con alguna clase de premio para que, encima, no dejen de asistir a las funciones, aterrorizados por quedarse solos, abandonando a su extraña pareja en una guardería.

 

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