Màxim Huerta: se apagan las cámaras, se enciende la literatura

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Redacción

En las calles enfangadas de barro de la Nueva York de finales de julio, al profesor Fritz Bhaer le bastó con verle las maños sucias de tinta negra para saber que frente a él estaba una joven escritora. Jo regresaba de una redacción de periódico donde había recibido la enésima negativa, sus relatos no habían sido aceptados, “son relatos para mujeres”, le había dicho con soberbia el editor. Con sus relatos bajo el brazo, Jo regresaba a la casa donde ejercía de institutriz de dos niñas; sus dedos estaban manchados de la tinta negra que, noche tras noche, gastaba llenando con palabras e historias páginas en blanco. Más de un siglo después, en uno de los tantos despachos de la antigua sede de Planeta la escena se reproducía, la ficción se hacía realidad: el pilot azul se rompía tiñendo los dedos de Màxim Huerta, quien acaba de sacar su pequeña agenda negra en la que apuntaba, cuan un Émil Zolà contemporáneo, las escenas, las imágenes, los ruidos y conversaciones con las que se encontraba en su día a día y que eran susceptibles de transformarse, a través de la escritura narrativa, en ficciones. “Eres escritora” le dijo el profesor de origen alemán a Jo; “eres escritor”, habría que haberle dicho entonces a Màxim Huerta, quien estaba presentando su tercera novela, Una tienda en París.

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Hoy, han pasado casi dos años y medio desde entonces, Màxim Huerta anuncia que abandona la televisión: tras once años en un programa diario y con la publicación de su próxima novela a la vuelta de la esquina, el periodista y escritor invertir el orden de los factores –aunque, dentro de él, hacía tiempo que ya estaban invertidos- para dedicarse a la escritura, para ser, ya no sólo para él sino para el público y la crítica, escritor. Podríamos recorrer la carrera periodística de este periodista que salió hace cuarenta y cuatro años –si no erramos- de Utiel para llegar a Madrid, para convertirse en uno de los referentes de los telediarios de noche hasta convertirse en uno de los rostros más queridos y respetados de la pequeña pantalla gracias al programa diario en el que participaba. Podríamos hablar de su coherencia, de esa virtud de no morderse nunca la lengua, de hablar claro, de responder con firmeza y, a la vez, emocionarse con las pequeñas historias. Podríamos hablar de todo ello, pero en verdad hoy no toca y no toca no porque no lo merezca, sino porque lo que hoy importa y lo que hoy cabe destacar en que ya no habrá excusa para hablar de Màxim Huerta como escritor. No tuvo que haber sido una decisión fácil, cabe preguntarse cuántos serían capaces de abandonar un trabajo seguro y un buen suelto en un país con una alta tasa desempleo, en unos días done el miedo y la inseguridad domina y en una época en la que el éxito se evalúa a nivel mediático y económico. Sin embargo, ¿hay acaso mayor éxito que tomar tu propio camino? ¿Hay mayor éxito que cerrar puertas que todo el mundo fuerza a abrir? ¿Mayor éxito que decir girar y caminar en dirección opuesta enfrentándose a la marea? Si hace un par de días se publicaba en esta misma sección un artículo sobre Kiki de Montparnasse en el que se aplaudía la coherencia y la valentía de aquellos artistas que en el París de los años veinte, no temían a la precariedad, a la marginalidad social y al permanente deambular en pos de la creación artística, en pos a su convicción de que los tiempos estaban cambiando y que un nuevo arte –las vanguardias- reclamaba su atención. Hoy, si bien el contexto es bien diferente, debería aplaudirse la decisión de Huerta, puesto que por coherencia y, sobre todo, por pasión literaria, decide abandonar las pantallas de televisión para dedicarse a lo que, desde que era un pequeño gran lector en Utiel, ha sido y es su pasión: la escritura.

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El adiós de Màxim Huerta, además, obligará a releer sus novelas con la conciencia, y seguramente la autocrítica, de que no estábamos, nunca estuvimos, frente al enésimo rostro televisivo que escribía. Y realizada la autocrítica, se deberá hablar, a partir de lo que merezcan las obras que están por llegar,  de Huerta como escritor, como autor, como alguien para el cual la literatura siempre fue lo primero. Bastaba hablar con él para saber que, como diría Semprún, vida y literatura iban de la mano; abandonar la televisión no era sin embargo decisión fácil; seguramente el camino hacia la decisión final estuvo marcado de dudas y miedos, de consejos –algunos más contundentes, otros más amables- y recomendaciones, a lo mejor hubo incluso alguna lágrima y, como siempre pasa, puede que se perdieran cosas por el camino. Sin embargo, hoy ya poco importa lo dejado atrás, pues Màxim Huerta ha llegado a puerto. Hoy Màxim Huerta nos ha dado una lección de coherencia y, sobre todo, ha satisfecho no sólo su sueño de infancia y de madurez, sino también las expectativas de todos aquellos que desde siempre creyeron en él y le empujaron, aunque a veces con dureza, a salir y abandonarse al arte literario. Este artículo no es una despedida, al contrario, este artículo es una bienvenida al nuevo Màxim Huerta.

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