Retrato veloz de la belleza

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Por Pedro Pujante.

PANDEMONIO

FRANCIS PICABIA

MALPASO, 2015

pandemonioLos autores de las vanguardias francesas –Queneau, Dalí, Duchamp, Vian, Breton…- vivían inmersos en un mundo estetizante de gran intensidad. Sus vidas se mezclan con sus obras, y sus obras se vuelven, en ocasiones, una disimulada escena de vida aumentada, llevada al paroxismo, pero siempre, embebida por esa felicidad que caracterizó la época electrizante, fugaz y mágica de los años veinte.

Con mayor o menor grado de experimentalismo, es apreciable en estos autores un consumado interés por el estilo. La belleza era la divisa con la que contrarrestar la mediocridad. Francis Picabia, conocido sobre todo por su faceta artística, destacó como pintor dadaísta, pero su espíritu inquieto le llevó también a flirtear con el cubismo, el postimpresionismo y el surrealismo. Y por supuesto, con la literatura y la relación que esta pudiera establecer con el arte.

Pandemonio es una novela escrita en 1924 (recordemos que en esta época está naciendo el surrealismo y la actividad cultural en Francia se encuentra en su momento álgido) pero permaneció inédita más de medio siglo, hasta después de la muerte de su autor.

Es una novela breve, con algún fragmento perdido, dividida en capítulos cortos, en los que de un  modo ligeramente autobiográfico, un alter ego del autor vive una serie de acontecimientos, en su mayoría banales en un ambiente burgués pero hiperbólico, desquiciante y desproporcionado, que recuerdan esa novela primeriza de Boris Vian, Vercoquin Y El Plancton o algunas escenas de Queneau.

El narrador es un bon vivant, amante de la velocidad y de lo efímero, como el propio Picabia, que va de tertulia en cena, de casa en casa, de un cóctel a  una sesión de espiritismo, de restaurante en restaurante, de escenario en escenario participando en tertulias que sirven al autor para dar escape libre a sus opiniones sobre arte, sociedad, religión, cultura o literatura. Hay una evidente crítica al surrealismo, movimiento del que Picabia se sintió distante y con el que mantuvo un conflicto constante. De hecho, la pintura es otra de las dianas sobre las que lanza sus dardos. En sus disquisiciones ningún elemento queda libre de la tiranía mordaz, irónica e ingeniosa de sus críticas. Para colmo, se verá perseguido por un aspirante a escritor que en cada ocasión le obliga a escuchar un fragmento de su obra El ómnibus.

Por este esperpéntico escenario, que a pesar del autor, es de algún modo surrealista, desfilan personajes de carne y hueso, con o sin su nombre real: Picasso, Satie, Duchamp… lo que convierte esta peculiar novela en un fresco descarnado en ocasiones, y absurdo y delirante siempre, de la sociedad francesa de los años veinte.

Hay que reconocer que Picabia gozaba de un excelente sentido del humor, que su visión de la vida y del arte se complementaban y que le convertían en un excelente cronista de la realidad, a pesar de que, como ya hemos apuntado, delineaba tan sutilmente la línea entre lo cotidiano y la belleza que difícilmente sabrá el lector –ni falta que le hace- dónde empieza el hombre cabal y dónde acaba el artista enmascarado.

Una narración divertida, cuyo argumento es lo de menos y que sirve de guía para adentrarnos en la mente de una de las figuras claves de la vanguardia, además de ser el testimonio íntimo, cruel y vigoroso de aquellos felices años veinte.

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