Proust, los críticos y un elogio de la complejidad

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Por Anna María Iglesia

@AnnaMIglesia

 

ombre“En el mundo de la civilización occidental, desvalorar o valorar una cosa por el hecho de desconocerla es grotesco”, escribía Josep Pla en 1920 desde París en un artículo dedicado a Marcel Proust, galardonado el año anterior con el Premio Goncourt por A la sombra de las muchachas en flor, el tercer volumen de En busca del tiempo perdido. Hasta la fecha, Proust era un desconocido; los dos primeros volúmenes que conformarían su magna obra, finalizada en 1927, habían sido un completo fracaso a nivel de ventas y de crítica. Se dice que el propio André Gide, en aquellos momentos el autor francés de más prestigio y reconocimiento lector, y factótum de la Nouvelle Revue Françaiase, seguramente la revista literaria de más influencia en la conformación del canon literario francés de las primeras décadas del siglo XX,  había desaconsejado a Gallimard la publicación de las obras de Proust. Como recuerda Pla, Gide consideraba a Proust un autor “insignificante y no suficientemente digno para la casa editorial” dirigida por Gallimard, dueño, además, de la Nouvelle Revue Française. La postura de Gide y la consecuente negativa de Gallimard ante una posible publicación no pasaron sin duda desapercibidos en la comunidad literaria de París, que no tardó en dar la espalda a Proust, cuya obra fue de inmediato considerada “difusa, profusa, recargada, reticente, en gran medida oscura y notoriamente adversa al espíritu de la lengua”. Proust carecía del orden y de la claridad que, señala con ironía crítica Pla, para muchos eran los elementos definitorios de lo que debía ser la lengua de Pascal, Voltaire y Chamfort. El Premio Gouncourt a Proust sorprendió, reconocía el valor de un autor que había sido desacreditado por Gide, inmediatamente señalado por sus consejos a Gallimard. Sin embargo el autor de El inmoralista no fue el único a mirar con reticencia la propuesta literaria de Proust; “tuve la sensación de estar frente a un fenómeno puramente infantil”, señala en efecto Pla, quien ve en el generalizado desprecio a la obra de Proust la consecuencia de una sociedad de personas que “ningunean, desaforadamente, una cosa por no ser habitual, por no ser tradicional, por no ser fácil, por no haberla vista nunca”.

Josep Pla en París

Josep Pla en París

La lúcida honestidad de Josep Pla le impide negar la dificultad y la novedad intrínseca a la propuesta literaria proustiana, sin embargo, ¿es acaso la dificultad la negación del valor literario? ¿Acaso en nombre de la tradición literaria, en nombre de la conservación del estilo decimonónico, es posible condenar la valía literaria de una obra que busca romper esquemas? “Reconozco que la escritura de Proust no es fácil y está llena, en sus inicios, de incomodidades”, escribe Pla en su artículo; Proust “es un autor sin precedentes, de una riqueza de visión i de expresión inhabitual, de una exactitud –sobre todo en el retrato- literalmente abrumadora, de una fuerza de captación de la riqueza de la naturaleza humana agudizada por una cultivación del espíritu i por una lucidez de intuición popular, literalmente extraordinaria”. Hoy nadie rebate las palabras de Pla, hoy nadie pone en duda la valía de Proust, convertido ya en un referente ineludible, centro hegemónico y canónico, de la literatura de la modernidad. Su obra ha sido abrazada desde la tendencia postmoderna, quien ve en sus juegos metaliterarios un postmoderno avant la lettre, hasta los Queer Studies, que consideran En busca del tiempo perdido como una de las primeras obras literarias de explícita temática homosexual; el postestrcturalismo, en concreto Roland Barthes, no tardó en interesarse por esta obra para plantearse la relación –o al ausencia de la misma- entre el protagonista Marcel y el yo del autor, cuestión que, casi a modo de homenaje, retomó Sartre en Les mots. Actualmente, los baladíes de la autoficción, tienen a Proust como autor de cabecera al mismo tiempo que los bachilleres franceses dedican sus tardes a la lectura de la que, hoy por hoy, es considerada la obra central de la literatura contemporánea francesa.

prous 2El caso de Proust, sin embargo, no es una excepción dentro de la historia literaria y dentro de los vericuetos de la recepción crítica de las obras; James Joyce padeció un destino similar al autor francés con su novela Ulises y, como recuerda Pla en un artículo, extremadamente crítico, sobre la Academia francesa, a autores como Stendhal, Flaubert y Baudelaire se les negó no sólo la entrada a dicha institución –considerada por Paul Bourget el cuarto poder de Francia-, sino el reconocimiento institucional. El apoyo –e incluso osadía-  de Sylvia Beach para la publicación del Ulises fue tan imprescindible para que la novela de Joyce viera la luz como imprescindible fue el apoyo a Proust de Léon Daudet, miembro de la Academia Gouncourt y paradójicamente, y en palabras del propio Pla, “monárquico, católico, político reaccionario, el primer panfletario del tiempo, gran nombre de la literatura francesa del momento, hijo de Alfons Daudet y casado en primeras nupcias con una de las hijas de Victor Hugo”. Poco tenía que ver la personalidad de Daudet con la de Proust, sin embargo el académico francés trascendió las diferencias socio-ideológicas para enfrentarse y admirar un texto que fascinaba precisamente por su complejidad  y por su innovación estilística, narrativa y temática. “Anatole France, Maurice Barrès, Jules Renard, han creado una expresión tan cómoda, una adjetivación tan fácil”, escribe Pla, en el intento de comprender los motivos del rechazo hacia la obra de Proust, “que su influencia ha llegado a la misma entraña del gusto general y literario”. La facilidad se había convertido en un valor, indica el autor del Ampurdán, la facilidad había calado en el gusto general, lo complejo, la mayor parte de las veces emparejado con lo nuevo, había sido desterrado del gusto canónico; ¿para qué adentrarse en una obra compleja, para qué encontrar placer en la confrontación con un texto literario que escapa de la inmediata aprehensibilidad? La literatura sin hueso, a la que aludía Enrique Vila-Matas en un artículo hace algunos meses, es la misma a la que parece aludir Pla en su elogio a Proust y en su reivindicación de una lectura y, sobre todo, de una recepción crítica que no se acomode a lo conocido, a lo fácilmente inteligible, a lo que se inscribe en los cosificados parámetros de la “adecuación” literaria.

Era 1920 cuando Pla escribía 1920 literario: el año de Marcel Proust, recogido en sus textos dedicados a Paris y  Francia; ha pasado casi un siglo desde entonces y la actualidad del análisis planiano no deja de sorprender. Hoy el protagonista del texto ya no es Proust, pero el liet motiv crítico que llevó a su infravaloración no sólo sigue presente, sino que aparentemente reina con vigor inaudito. Se trata de la literatura sin hueso, pero también de la conformidad crítica de quien se asienta en lo establecido sin enfrentarse a un sistema demasiado codificado en títulos de prestigio y reconocimiento, y evitando la acusación por pedantería, tan frecuente en determinados medios donde la cultura parece ser un demérito, y al reconocimiento que, en el mutable mundo de la creación.  Bajo otro nombre y otro título, el caso Proust sigue abierto: cambia el contexto, cambian los factores y los protagonistas, pero la cantilena es, al menos en apariencia, la misma.

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