De cómo Velázquez conoció a Freud – “Las Meninas – Diego Velázquez”

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Por Abel Farre

 

Nuevas historias para obras de arte

“Pinta los nuevos escenarios de obras pasadas; porque por mucho que pase el tiempo, los personajes se siguen repitiendo. Se buscan nuevas formas de reproducción plástica para dar imagen a mis palabras. Ahora te toca a ti imaginar.”

Las Meninas

Cada uno de aquellos deseos placenteros con los que “Ello” necesitaba satisfacerse no llegaba más allá de la imagen reflejada que aparecía en el fondo de su pensamiento. Parecían visibles en alguna parte si los miraba de frente, pero el resultado final estaba muy alejado de lo que su libido realmente deseaba alcanzar; así pues se quedarían rezagados al fin de todo, entre cuatro maderas en forma de marco y un espejo de cordura. Eran pensamientos fugaces, pues a pesar de luchar con torpes cabezazos con cada una de aquellas paredes de esa sala de techos altos e inalcanzables, con el fin de retomar un nuevo viaje onírico sin límites a sus deseos; siempre aparecía una realidad que abatía cualquier dimensión imposible de palpar.

 

En el medio existía un “Yo” que acabaría transportando a la realidad tan sólo unas pequeñas pinceladas de cada uno de aquellos impulsos primitivos que se verían con juicio de valor de poder sobrevivir en el exterior; el único canal, ese caballete de madera que con lienzo de juicio se había instaurado en su pensamiento.

 

Un caballete de juicio que sólo acabaría encontrando o marcando los colores de aquella paleta en donde todo parecía estar pre establecido; y tal “aventura” parecía ser nada más de lo que acabaría siendo su puta vida. Por muy grandes que fuesen esas telas con las que rellenar su vida de colores y figuras siempre se encontrarían acotadas por un nuevo bastidor que estaría limitado por esa misma sala de techos altos e inalcanzables. Las tensiones, las laxaciones, los fríos, los calores,…todo iría llegando con suma fuerza, para acabar agrietando cada una de aquellas pinturas, las cuáles acabarían cayendo por su propio peso.

 

Como siempre el problema venía dado por la cultura adquirida del “Superyo”, por las experiencias y la educación de aquellas meninas que con traje encorsetado también formaban parte de su pensamiento. Las mismas aunque tal vez rondaran desde hacía menos tiempo en su interior, se mostraban en muchos casos en primera línea de orden y acabarían decidiendo los colores con los que aquel pintor ficticio de la izquierda estaba destinado a expresar el resultado final de sus pasos.

 

Pues tal vez el problema es que les habíamos dado el “honor” y el “poder” de sentirse superior a unos vasallos con los que tendrían que pactar ideas que recitar; pues la misma sala de techos altos e inalcanzables, habían dejado colar a una comparsa de daños y perjuicios.

 

Así que por mucho que pasaran los años, ahora veía de nuevo una masa pensante repartida y estructurada de cualquier personaje singular o objetivo en aquella sala de techos altos e inalcanzables.

 

Un “Ello” en ese espejo del final de la sala, un “Yo” pintor y un “Superyo” de comparsa en la parte delantera.

 

Una vez más la obligación de hacer lo “normal” nos intentaba ocultar la inocencia, para poder seguir viviendo del aburrimiento.

 

“Y sino una nueva obra de arte siempre nos quedara para aquello que sin palabras y sin poder explicar, soñaremos que entre pinceles permanecerá escrito; ante los ojos del que se crea que no ha muerto.”

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