De cómo el tiempo se comió el amor – “El matrimonio Arnolfini – Jan van Eyck”

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Por Abel Farre

 

Nuevas historias para obras de arte

“Pinta los nuevos escenarios de obras pasadas; porque por mucho que pase el tiempo, los personajes se siguen repitiendo. Se buscan nuevas formas de reproducción plástica para dar imagen a mis palabras. Ahora te toca a ti imaginar.”

 

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Las hojas de ese calendario situado en la parte posterior de la habitación, iban cayendo como hojas de otoño en esa celda encastrada que parecía ser la llamada “ley de vida”; las mismas empezaban a cubrir las rodillas de aquellas almas gemelas que con ancho reloj en muñeca parecían haber olvidado el significado de alianza en dedo anular.

 

Demasiados fines de semanas entablando conversaciones con amigos pasajeros, demasiados whataspp sin vuelta a cambio, demasiado sexo con pensamiento ajeno, demasiadas idealizaciones de cintas de más de 35mm, demasiados paseos de perros obligados a defecar emociones ajenas, demasiados encuentros con pago de tarjeta de plástico, demasiadas calles solitarias en una multitud de amores, demasiado…miedo a quedarse solos.

 

Así que ahora aquellas hojas ya se encargaban de cubrir cada uno de aquellos simbolismos que yacían en el suelo como historia pasada y cada uno de aquellos rostros con arrugas y volúmenes elevados a toque de bisturí posaban con la misma sonrisa de botox, para no confundir los roles en una sociedad igualitaria.

 

El carácter, la personalidad, sus defectos, sus virtudes quedaban claramente enmascarados tras una fachada impoluta cargada de unos ropajes que marcaban tal vez, un nivel de vida alejado de la tienda de ofertas de la esquina; pero la necesidad de ostentar y de jugar al quiero un día que puedo, parecía más importante que el coste de una manta por recibo de luz impagado.

 

A lo lejos de ellos dos se visualizaba una frase en donde se leía: “Hay un secreto para vivir feliz con la persona amada; no pretender modificarla”; pero en época de vista cansada en acciones de afecto, parecía poder desaparecer cualquier día en que alguno de los dos se tomara de forma subjetiva la idealización de sus virtudes.

 

Y mientras Edipo y Electra correteaban a su alrededor como dos perros ansiosos de poseer el reflejo de aquellos padres que les vieron abandonar su infancia. Ahora les tocaba a ellos “montar” la búsqueda de un nuevo linaje que con honor defendiera sus apellidos; pues el ansia de poder reproducir los deseos ocultos tras batallas perdidas con criatura sin culpa de haber nacido, parecía el único juego al que podrían jugar tras cualquier crisis “matrimonial”.

 

Pues lo que sí que habían aprendido era que de la misma manera que no hay vida sin muerte, no había matrimonio sin crisis; con lo que se tendría que empezar a pensar con los posibles verdugos con los que vomitar su odio.

 

Pero tranquilos que con el tiempo aún podríamos pensar que en el cuadro había amor…

 

“Y sino una nueva obra de arte siempre nos quedara para aquello que sin palabras y sin poder explicar, soñaremos que entre pinceles permanecerá escrito, ante los ojos del que se crea que no ha muerto”.

 

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