Hotel Mediterráneo, de Alejandro Pedregosa

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Por Marta Marne de Leer sin prisa. @Atram_sinprisa

2000px_hotel mediterraneoEl Hotel Mediterráneo, contra lo que pueda parecer, no tiene vistas al mar. Muy al contrario. Desde sus ventanas podremos observar robles y hayas; una visión multicolor compuesta de todos los matices del otoño. Tampoco se trata de un hotel en el sentido estricto del término. Debido a lo recóndita de su ubicación los únicos que pasan allí la noche son su habitantes habituales, que al fin y al cabo son quienes regentan el hotel: Maite, Amparo, el Presidente, Francesc. Cada cierto tiempo llegan nuevos residentes, mujeres especialmente. Y es que el Hotel Mediterráneo es un lugar de acogida, un sitio en el que poder esconderte cuando tu vida se encuentra en un peligro muy real: mujeres maltratadas, amenazadas de muerte, que buscan un lugar en el que refugiarse y así desaparecer del mundo.

Son pocos y necesitan poco para subsistir. Por ello regentan un restaurante que sí obtiene más visitas que las del hotel. Como si de una gran familia se tratase, cada uno cumple su papel a la hora de servir cenas, desde la dirección del Presidente a los fogones, hasta la creación de un ambiente acogedor a las teclas del piano de Francesc. Todos ellos han terminado allí huyendo de su pasado para toparse con un presente confortable y falto de lujos, pero no por ello de escasa calidad. Entonces se une al barco Tamara, la última mujer que ha llegado buscando cobijo. En el momento que le presentan a los tripulantes uno de los grumetes se enamora perdidamente de ella: Francesc. Es consciente de que no es una mujer fácil de amar, ya que proviene de unas condiciones en las que todo aquello relacionado con el amor es doloroso en el sentido más físico de la palabra. Pero el amor es irracional y precisamente se vuelve más fuerte cuantas más trabas nos ponen en el camino.

Entre Francesc y Tamara surge una temprana complicidad por un incidente en el que ambos se ven envueltos: Francesc sorprende a Tamara hablando por teléfono con su cuñada. Es una de las normas que no se pueden romper, está terminantemente prohibido comunicarte con nadie de tu entorno que pueda llevar a tu agresor a poner en peligro tu vida y la de los habitantes del hotel. Debido al cariño que le tiene, Francesc le guardará el secreto aún a riesgo de estar obrando mal. Cuando poco después el cobertizo del hotel se ve envuelto en llamas, ambos sospechan que es un aviso de que han venido a por ella.

La prosa de Alejandro Pedregosa está plagada de poesía, ya que da buena cuenta de su alma de poeta en sus textos. Parajes evocadores, metáforas sugerentes, palabras ensoñadoras que nos envuelven con su dulzura. A pesar del trasfondo un tanto duro que nos muestra, la narración es amable y plagada de ternura. Redescubriremos en nuestro interior las sensaciones de aquellos momentos de nuestro propio pasado en los que el amor y el deseo cubrían nuestros ojos como una venda, para hacernos avanzar a ciegas y contra toda racionalidad guiados por los pasos de aquella persona que nos encandiló. Veremos a través de los ojos de Francesc como no importa en qué circunstancias adversas te golpee la fuerza de una recién nacida pasión; todos tus pensamientos girarán en torno a ella y a aquellas fantasías que se agolpan en nuestra mente imaginando escenarios y situaciones con esa persona que ha hecho que el corazón nos dé un vuelco.

Hotel Mediterráneo es un pequeño oasis en el que refugiarte por unas horas. Una novela en la que dejar volar tu mente a parajes boscosos plagados de paz y silencio, un silencio que se ve tan solo alterado por el crujir de las hojas bajo nuestros pies, por el golpeteo de las gotas de lluvia en los tejados, por el sonido de las ramas de los árboles golpeadas por la brisa.

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