Tintin y el Loto Azul

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Por Owen L. Black

China ha sido siempre para los occidentales un país inmenso, desconocido tanto en su geografía como en su cultura y extremadamente exótico en sus costumbres.

Es por eso que muchos conocidos y seguidores de Georges Prosper Remi (conocido mundialmente como Hergé) se llevaron las manos a la cabeza y le recomendaron precaución cuando a comienzos de los años 30 del siglo pasado le encargaron nuevas aventuras para su intrépido reportero Tintín.

Después de pasar por el corazón de África y por la América más tópicas, sus fans querían más y Oriente era el próximo destino. Todo comenzó en Los Cigarros del Faraón (1932-1934) y la historia continuó en El Loto Azul (1934-1935). Pese a ello se puede seguir ambos volúmenes de forma independiente.

El segundo de ellos fue el que consagró a su autor y está considerado como una de sus mejores obras. La razón es simple, gracias a los múltiples consejos de sus allegados, se documentó sobre el tema a tratar, China y se alejó de los estereotipos de hombre blanco de principios de siglo XX que se pueden apreciar en sus obras anteriores.

Aunque en su época Tintín era una obra enfocada al público joven y en hoy en día aparece en la sección infantil de librerías y bibliotecas. Aquellos que se acerquen a las historias del reportero por primera vez puede que se sorprendan de los comentarios o actuaciones de los diferentes personajes. Pero estos cómics son cápsulas del tiempo.

En El Loto Azul, Hergé consiguió dar más veracidad a la historia gracias a la ayuda de dos amigos suyos, el sacerdote Lou Tseng-Tsiang y el artista Zhang Chongren. Este último llegó a ser un gran amigo de Hergé y se encargó de realizar la caligrafía de todos los ideogramas que se leen en el cómic, son auténticas frases y una persona que conozca el idioma puede leerlos sin problemas. Tanto influyó en el autor que uno de los personajes de la obra lleva su nombre.

En esta ocasión Tintín viaja a Shanghai tras recibir un misterioso mensaje de un hombre, lo que le lleva a conocer a Mitsuhirato, un hombre de negocios japonés que vive de explotar a los chinos, a los que odia profundamente.

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Como este cómic se publicó entre los años 1934 y 1935, los japoneses son los malos de la historia. En esta década anterior a la II Guerra Mundial, todas las grandes potencias empezaron sus escaladas expansionistas para controlar más territorios y en la zona del Pacífico, los americanos y japoneses se llevaron casi todo el lote.

Es por ello que el lector observará que todos los japoneses son feos, tienen cara de enfadados o de malos, con narices de cerdo y bocas con dientes sin labios, lo que les otorga un aspecto más animal y fiero que humano. Por el contrario, los chinos siempre aparecen sonriendo, con caras amables y dibujadas en líneas sutiles, como si vivieran en una perpetua meditación.

Ese es uno de los muchos reflejos y referencias al conflicto y la época que están dispersadas por toda la lectura.

Tintín se encuentra en medio de un fuego cruzado entre blancos, japoneses y chinos, con la corrupción y el tráfico de drogas de fondo.

Para saber si nuestro héroe saldrá victorioso o acabará detenido por Hernández y Fernández hay que volver a leerse este clásico del cómic.

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