Diario irlandés

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Por Ricardo Martínez Llorca

Diario irlandés

Heinrich Böll

Traducción de Joan Parra

Plataforma

Barcelona, 2015

180 páginas

Por Ricardo Martínez Llorca

diario irlandes

Uno se pasa la vida siendo emigrante dentro de su propio territorio, porque nuestro territorio no puede ser otro que el planeta entero. Entre todos los meridianos encontramos más gente que sea Nuestra Gente que en los círculos más próximos. Esa es la primera impresión de Heinrich Böll (Colonia, 1917 – Lagenbroich, 1985) a su llegada a Irlanda, donde establece ya a primera vista sus vínculos con los pobres. Esa gente que a mediados del siglo XX retornaban a sus hogares para dormir en colchones de mazorcas de maíz o lavar la camisa en lavaderos públicos, tal y como hiciera la propia madre de Böll tiempo atrás. Esa raíz es la que explica, en un epílogo, por qué de entre todas las opciones escogió aquella Irlanda como un viaje a los suburbios, al orgullo de la pobreza. Ya en los primeros párrafos muestra la resignación con que terminará despidiéndose: con la sensación de escuchar un grito de auxilio al que no puede responder. Al mismo tiempo, reconoce lo mítico de la tierra irlandesa, esa imaginación que la une a territorios como Gales o Galicia, que es capaz de traducir a los cuadros reales que se presentan frente a él.

Porque Böll no viaja para visitar monumentos ni para presumir de fortuna, ni siquiera para encontrarse con los personajes más peculiares del lugar. Böll busca otro territorio, otro paisaje, alejarse de lo anecdótico que le rodea en su vida alemana, revisar si suceden dos tiempos históricos a la vez, separados por tan pocos kilómetros. Sus primeras páginas las dedicará a una enunciación que representa mucho más que los tópicos de un país: a compartir el té, a reconocer el dolor, a mancharse con la turba, a sentir la fe y el escepticismo sin que haya dicotomía, a ver pasividad en la misma estampa que ve movimiento, al whiskey, al gris de la lluvia, al musgo, a los muros y las ruinas, a desesperarse con el verde. Todo ello con generosas metáforas que identifican los sonidos por colores. Todo con una sensibilidad que pone la piel de gallina a pesar del permanente olor a tabaco. Porque frente a los niños y a los borrachos, frente a los mendigos y a la vida lúgubre del interior de un supuesto hogar donde se intenta sentir la vida a pesar del diluvio que cae afuera, uno no puede permanecer indiferente. Para Böll los irlandeses son un pueblo con esperanza de verano, pero también con es maldición de la esperanza que es la espera, y por tanto la inacción.

Llega un momento en que la facilidad para la escritura de Böll se convierte en una cascada de descripciones con tanta fuerza como impone la realidad. Con lirismo, sí, pero con un lirismo demoledor, con el que confía encontrar el sistema de coordenadas que le permita revelar con la memoria, con el testimonio del viaje, el ritmo litúrgico del desfavorecido pueblo irlandés de entonces. Böll ha sido uno de los grandes escritores del siglo XX porque pocos han sabido observar con tanto vigor como él. Por ser empático y emotivo. Por no caer en sensiblerías cuando trata de la poesía de la desgracia y del naufragio.

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