Cofeel y furia en La locura y la muerte, de Ken Bugul

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Por Rosanna Moreda.

librosAsí comienza esta rotunda novela de la escritora senegalesa:

Es de noche.

Una noche oscura.

Una noche terriblemente oscura.

Adentrarse en la obra de Ken Bugul, es penetrar en esta noche de la que habla, para no regresar jamás.  De hecho, su cuarta novela debería ser pieza obligada de los estudios post/decoloniales (si no lo es ya).  En 283 páginas, la autora sintetiza con una habilidad no exenta de un cinismo radical, de un humor que se regodea con sorna en nuestra verborrea científica; la historia de un país y de un continente entero.  Pero no lo hace desde un abordaje familiar, desde una mirada, estilo y  formato tradicionales.  Y si coloco la letra inclinada en esta palabra, es porque sí lo hace de una manera que en ocasiones se empapa de lo tradicional, pero que casi carece de notas  euroamericanas, occidentales (a diferencia de la sincrética literatura de la nigeriana Chimamanda Ngozi).  Este es uno de los logros más llamativos de su prosa.  Prosa que de repente es verso en bruto, libre, de repente ensayo político, manifiesto escueto… para luego viajar al inicio del relato legendario en la aldea Diéri, en los tiempos en que las historias se susurraban al oído al ritmo del tam-tam.  Todo ello intercalado con frases repetitivas, de variaciones y añadidos mínimos, que funcionan en la memoria oral africana, como invocaciones elegíacas, como estribillos tensados por las tragedias más lacerantes, donde todos los Dioses se funden en nombre del terror.

Tampoco traza una linealidad temporal/espacial previsible.  Nos obliga a acompañar este drama que relata, desde un tiempo que transcurre con demora,  al tiempo simultáneo, ultra presente, de nuestra lectura.  Es difícil de explicar, porque justamente rompe o mejor dicho irrumpe con una novelística que nos es completamente extraña:

Sigue siendo de noche.

     Una noche oscura.

     Una noche terriblemente oscura.

     Una noche extrañamente oscura.

     La luna, miedosa, se había ocultado al otro lado de la tierra.

Mom Dioum es la heroína que simboliza la muerte en esta historia. Es la joven que decide dejar su aldea para irse a la ciudad humeante donde vivirá experiencias que la marcarán para siempre, como un secreto que oculta hasta las últimas páginas de la novela, y que solo le confesará a Yaw, su novio.  La locura y la muerte es un texto donde se cruzan diferentes ejes temáticos que han afectado y afectan enormemente a las culturas africanas. El peso del colonialismo extranjero y autóctono (que representa en la figura de un tirano: Timonel), la pérdida paulatina de las tradiciones y la postura fuertemente contradictoria de esta pérdida (que coloca en otra figura: Una célebre tatuadora de labios; rito de iniciación dolorosísimo que dura desde el amanecer a la puesta de sol, al que Mom Dioum decide enfrentarse una vez llegada de la ciudad, como muestra de valor y apego a sus raíces, pero del que termina escapando). Así como desentraña también la escritora el significado de la locura en una sociedad acabada, mutilada por unos y por otros, putrefacta. Estos son algunos de los núcleos en los que basa su análisis, que es tan realista como fantástico y que a su vez, se entrecruza con la violencia más aberrante, la miseria, el racismo, el turismo más que depredador caníbal, el descuartizamiento y tráfico de miembros corporales pertenecientes a personas albinas (por las condiciones mágicas que se les atribuyen), el tráfico también de diamantes incrustados en cráneos, la prostitución en todas sus tipologías, la corrupción más vomitiva, la normalización de genocidios pesadillescos, de mujeres alquiladas bajo la forma de “espejismos” (seres sobrenaturales, yinns, mediante los cuales se puede obtener dominio), o el abuso sexual, los sacrificios rituales de niños como ofrenda a políticos, y un largo etc.

Hay otra figura femenina que en la novela ocupa un papel central. Se trata de Fatou Ngouye, la mejor amiga de Mom Dioum, que decide ir a buscarla a la ciudad cuando esta, luego de su regreso a la aldea, de ir a su casa en esa noche oscura para decirle que ha decidido “matarse para renacer”, vuelve a desaparecer.

Fatou tiene una radio.  Esa radio es su intermediaria mágica/totémica con el resto del mundo (y con el resto del mundo, la autora se refiere a todo aquello que ocurre fuera de la cabeza de Fatou, persona envuelta en la soledad más absoluta).  Esa radio es su única salvación cuando ella y Yoro, el primo de Mom, quien la acompaña en la búsqueda de su amiga, son arrestados por la policía quien los acusa falsamente de haber robado. Simplemente porque echan a correr a la simple vista de sus uniformes que en la aldea retrotraen inmediatamente al símbolo del horror colono.  

No olviden el decreto.

Denuncien a todos los locos, razonen o no.

En el centro de censo más cercano.

Al agente de censo que circule por su barrio.

A cualquier agente de uniforme.

Hay reminiscencias ciertamente orwellianas en la manera en que Ken Bugul configura el autoritarismo político, pero el entrelazamiento de las escenas es mucho más fantasmagórico, surreal. Y en este punto me detengo para introducir algunas preguntas básicas antropológicas, tan necesarias, más cuando hablamos de otredades cuyas integridades han sido ultrajadas.  ¿Aquello que consideramos “como no real” no será para otras culturas “extremadamente real”? ¿El exotismo no será un escupitajo amargo que decidimos tragar para intentar calmar nuestra culpa de personas blancas con privilegios? ¿Cómo se conciben la locura y la enfermedad en un mundo donde “siendo normal” la vida peligra, donde los hospitales, como nos grita la autora, son “morideros” porque los médicos solo trabajan en las consultas privadas?

Ken Bugul no escribe, lo que hace es devolvernos las balas lanzadas por nuestros abuelos en forma de gramática histórica. Una gramática que contiene el dolor y la furia de todo un continente, y que está cerrada en un frasco dentro del horno. Un dolor que permanece en estado de mutación perpetua, atravesando todas las cabezas de un monstruo que ya dejó hace mucho (y esto es lo verdaderamente preocupante) de ser configurado como monstruo.  Ese eterno mutandis del amante de día y la bestia salvaje de noche, y Mom que huye, huye hasta llegar a otra aldea que no es la de ella, que en principio iba a ser su salvación, pero donde se la acusa violentamente de loca.  Y siempre pensando que está soñando, que no le puede estar sucediendo todo aquello.  La autora nos presenta lo onírico casi como el único elixir posible en el submundo.  Un elixir no obstante, al que sus protagonistas sabiéndose completamente impotentes, zombis, de manera gradual, van dejando de aferrarse.

Esta autora, que desata polvorosa por defender prácticas tan cuestionables como la poligamia, habiendo ella mismo compartido esposo en un harén con más de veinte mujeres; en esta novela da un paso más, colocando el cofeel  (amor en wolof) al mismo nivel que la muerte.  Se ha interpretado esta novela como la muerte de África para volver a renacer.  Pero ese paso abierto a más de una interpretación del que hablo, si se ha llegado al final cardíaco de la novela, parece insinuar también algo más cercano… el de la locura (también en nombre del amor) que mata.  Porque Mom prefiere morir a pactar con el sistema.

Morir para renacer, quizás…  pero cuánto duele, cuánto, que incluso una decisión tan intocable, legítima y valiente como es el suicidio en este caso de nuestra heroína, haya sido también en nombre del cofeel, a manos una vez más… de un hombre.libros

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