Javier Gómez Santander: “Si eres capaz de proyectarte en condiciones, serás capaz de imaginar una vida mejor”

El crimen del vendedor de Tricotosas

Javier Gómez Santander

Planeta (2015)

Por Carlos E. Martínez (@carlosmartnez90)

Como le pasó a Borges, muchas personas cometen el peor de los pecados que un hombre puede cometer: no ser felices. Y lo más triste; no hacen nada por remediarlo. Ante esta coyuntura, Javier Gómez Santander se cita con nuestro yo más ufano en su primera novela “El crimen del vendedor de Tricotosas” (Planeta), donde no sólo nos obligará a reírnos a carcajada limpia, sino donde también nos evidenciará que la vida que llevamos, al fin y al cabo, es puramente actitud.

IMG_2842.JPG Foto: Verónica de la Calle

 

¿Es la novela una radiografía de la sociedad actual en la que vivimos?

Sí, sí lo es. Si haces humor, tienes que hacerlo muy pegado a la realidad para que tenga un fundamento. El humor al final es una crítica, por lo que tiene que estar ligado a ti.

Tanto es así, que sólo el protagonista Daniel es un personaje inventado.

De los buenos sí. De los malos me los he inventado todos, porque no conozco a gente así. El resto son amigos de Santander, mi padre, mi madre… Además todos citados por su nombre y por sus vidas, no hay error.

Se les puede reconocer fácilmente…

De hecho les llena de orgullo. (Risas)

El protagonista lleva una vida normal, con un trabajo normal, en una relación de pareja normal… algo que se destila mucho en la sociedad actual. ¿Crees que algún lector se sentirá identificado?

Esto puede ser una pregunta trampa. Hay que tener la suficiente capacidad crítica con uno mismo como para que a veces tu vida te parezca una mierda, y mantener ese combate, y por supuesto, cambiarla. Hay que aceptar estas miserias consustanciales de vivir, y de vivir en sociedad. Es una mierda tener un trabajo y levantarte todos los días a las 6, pero seguramente sea peor no tenerlo. También es un síntoma de imaginación y de poder proyectarte. Si eres capaz de proyectarte en condiciones, serás capaz de imaginar cosas mejores, lo que es bueno. Yo siempre me estoy imaginando en sitios mejores, por lo que por muy buena que sea mi vida, siempre me parece una mierda. También parte de un pesimismo al que yo combato. Cuando estoy de bajón pienso: “Mi vida me parece una mierda, pero no queráis saber lo que opino de las vuestras”. Esto lo hago desde un punto de vista muy afectivo…

No dejas títere con cabeza en el libro, sobre todo el amarillismo periodístico.

El que más conozco. Nunca he trabajado en programas así, pero sí que me podría haber tocado. Esa parte del periodismo es muy graciosa. Ha ocurrido una cosa muy cómica estos años; como la demanda informativa ha crecido tanto, todo el mundo se ha puesto a hacer informativos. Los programas que antes eran lúdicos o de tertulias del corazón, ahora han virado a política de audiencia. Televisivamente lo hacen muy bien. Yo con el amarillismo no me indigno, cada producto va enfocado a una audiencia. Pero me llama la atención, por eso lo he puesto en la novela. Si yo pudiera, pondría un mono. (risas). Luego no podría venderlo como informativo serio. Mientras seas consciente de lo que haces, me parece todo bien.

En el libro se desata una crisis zombie con muchos parecidos a la crisis real que se desató del ébola.

De hecho lo escribí durante la crisis del ébola. En pleno petardazo.

Hay un perro que muere, que podría ser Excálibur…

Yo la llamo Tizona, mucho más español. En ese momento pensé en realizar una novela sobre este perro; el cristo que se ha tenido que llevar el canino a su cielo. Habrá llegando flipando: estás en tu casa normal, tus dueños desaparecen, de repente te llevan un saco de pienso, empieza a haber gente rodeando la casa, te graban por todos lados y para finalizar, llegan unos hombres vestidos de blanco, y te matan.(risas) El resto de perros debieron de decirle: “no me acordaré bien, pero yo no lo viví así”. La verdad es que, desde mi punto de vista, fue una situación muy cómica.

Otro tema que toma mucho peso es la violencia. ¿Es una novela un poco tatantiniana?

Sí, me lo pedía el cuerpo. Ya que no lo puedo hacer en la realidad, lo escribo (risas). Me apetecía reflexionar sobre eso. Nos sabemos los principios éticos de memoria, pero dejamos la enseñanza moral muchas veces en manos de los periodistas deportivos, hecho que no creo que sea lo mejor. Entonces los niños qué aprenden: Zidane pega un cabezazo a otro en el pecho durante la final del mundial. Los periodistas deportivos dicen que es una conducta fea. Primero: si dejas que los ejemplos éticos para tus hijos sean los futbolistas, el problema lo tienes tú. Segundo: a Zidane el italiano le llevaba molestando todo el partido, cagándose en su madre… yo digo: ¡Ole las narices del francés!. Está bien dada, yo le hubiera reventado. Encima se estaba jubilando: ¿Qué sanción le iban a poner?. A mí éticamente me parecía aceptable, luego ya en términos prácticos…

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Foto: Verónica de la Calle

Tienes quizá una concepción positiva hacia la violencia.

No, no. Yo creo que hay que tener mucho cuidado con la violencia. No lo considero un instrumento para la acción. Es difícil estar de acuerdo con ella porque luego la aplican seres humanos, que siempre nos equivocamos al aplicarla. Vivimos dentro de un sistema económico, que encierra uno político, que tiene unas ciertas inercias violentas hacia la sociedad. No es una violencia física. No creo que a la crisis nosotros hubiéramos tenido que responder con violencia física, hubiera sido ineficaz, además de que no hay objeto al que pegar. Pero sí podríamos haber ejercido una violencia similar a la que recibíamos. Si estábamos recibiendo un boicot a nuestras vidas, ¿por qué no boicoteábamos el sistema financiero? Quizá es que no tenemos la capacidad, pero ni siquiera hicimos el intento. El problema es que nos han sacado hasta esa posibilidad de la cabeza. Es un tema muy complicado; ya que en Europa venimos de una cultura sin violencia, y hemos asistido con desconcierto a lo que estaba ocurriendo, y sin respuestas: no podíamos suponer un problema para nadie, o quizá el último. Si tu gobierno está cercado por unos entes que le pueden sumir en el caos, o tú te conviertes en un caos mayor, o jamás te va a mirar tu gobierno. Y  jamás nos hemos convertido en un caos. A mí eso me ha hecho preguntarme cosas, de las que no tengo respuestas. La novela no va de esto, simplemente hay hostias.

Decía Pérez-Reverte sobre los atentados en París que quizá otra generación, se habría lanzado a por los terroristas, que no entendía el inmobilismo que hubo.

Yo creo que nos han educado demasiado en la autoconservación. Hemos perdido mucha propensión al riesgo. Yo también me hice la misma pregunta que Pérez-Reverte… no sé si es una cuestión cultural, de educación, o si una reacción en ese momento es puramente instintiva. No creo que haya mucho margen de pensar, sino más bien química cerebral que te hace moverte de una forma o de otra. ¿La respuesta al miedo hubiera sido diferente con otra generaciónn? No lo sé, pero también me hice esa pregunta, y también me pregunté sobre mí, quizá buscando no obtener la misma respuesta, pero no lo sé. Cómo funciona tu adrenalina, tus músculos.. ¿Huyes o te enfrentas? No sé ni siquiera si es una decisión.

Toda la agresividad que aparece en la obra, la compensas con el humor.

Era una cuestión de mantener a la gente interesada, que la gente se divirtiera con la novela, la leyese quien la leyese. Y por eso tiene esa intención, el enganchar sin dejar de hacer reír. La gente me dice: me he reído mucho. Y yo les contesto: ésa era mi intención.

Debiste disfrutar mucho tú también escribiéndola…

Más o menos. A mí me vino muy bien, para ponerme a funcionar. Disfruté a ratos. Prefiero disfrutar del ocio, y esto como lo hice muy apretado, echando muchas horas al día, al final cansa. Pero si lo comparo con cualquier otro trabajo, éste es mejor.

¿Nos puedes explicar a los que no somos cántabros quién es Furaco?

Furaco es un semidios. (Risas). Lo bueno de nuestro bicho mitológico es que está vivo. Es un oso nacido en Cantabria, del que se cree que su madre es de Turquía y su padre americano, por que tampoco está muy arraigado a la tierra. No es la raza pura, pero ha nacido allí. Es lo contrario a un cántabro habitual: fuerte, mide y pesa más que el resto de los osos, por lo tanto liga más, y ha intentado dejar embarazadas a dos osas asturianas, pero no hubo manera, se asustaron. Es un héroe de nuestro tiempo, al que espero mitificar aún más. (risas)

¿Escribiste la novela como un regalo hacia tus amigos no?

En gran parte sí. Venía de unos años malos, en los que me ayudaron mucho. Además me vino muy bien, les quería regalar algo, así que les metí en la novela.

Pero también hacia tus familiares, sobre todo tu padre.

El personaje principal es mi padre. No era la relación que tenía con mi padre. Éste es un hijo que se medio avergüenza de su padre, hecho contrario al mío: mi padre era muy gracioso y en cualquier momento la liaba. Eso a mí me divertía mucho. También sale mi madre, salimos todos. Mi madre me hizo una crítica muy curiosa. La primera vez que lo leyó me dijo: “ Mira yo veo a todo el mundo, pero a mí psicológicamente no me has descrito”. Luego le cambié el personaje un poco para que se sintiera más a gusto. Está bien regalar una novela, no te gastas nada y luego encima te la compran, la regalan… (risas) Siempre hay que citarlos por sus nombres, al no ser que incurran en un delito en la novela. En ese caso te pueden denunciar, si no están condenados.

 

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