Los leones de la brigada de Trípoli

Por Ricardo Martínez Llorca

Los leones de la brigada de Trípoli

Sam Najjair

Traducción de Adrián Herrero Requena

Catarata

Madrid, 2015

286 páginas

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Da la impresión de que Dios creara al mundo en siete días y hubo un octavo, que duró lo que dura una noche, en que le dijo al hombre: “Haz tú la guerra”. Ese tipo de Dios es el que nace en la imaginación de los habitantes de tierras donde la sequía es esparto.

La brutalidad produce reacciones extremas. Sacrificios. Que un hombre se apunte a una guerra por la llamada de la sangre de sus antepasados y como reacción la injusticia, a la tiranía. Antes hubo una miel de Primavera Árabe, cuya revuelta terminó, en Libia, en un horror que Sam Najjair no duda en calificar como necesario.

Uno lee este libro de memorias, Los leones de la brigada de Trípoli, esperando encontrar la guerra, esperando encontrar Libia. Un viaje, una crónica, un país y lo peor de todo. Sin embargo, apenas hay guerra, apenas hay país. Es cierto que las condiciones geográficas de Libia condicionan la acción. Porque de eso trata este libro, de la acción. De lo que le va sucediendo a Najjair o lo que él provoca que suceda. De eso y de él, de un personaje que nos intriga por su conducta: la de un iluminado, la de un justiciero, la de un neurótico o la de inevitable para salvar almas. A través de su voz, conocemos de él que siempre es bueno, que es un líder nato, que toma las decisiones correctas, que sabe pedir perdón. Y que si no viviera en la batalla, regresaría a Dublín. Porque son los truenos lo que le hacen recordar, una y otra vez, por qué se unió a este grupo rebelde que pretende derrocar a Gadafi.

Los leones de la brigada de Trípoli, es un libro con adrenalina, con acción, con orgullo, con detalles bélicos propios de quien sabe que está haciendo historia y se niega a olvidar. Tal vez porque fue la memoria lo que le empujó a ponerse en marcha. Y así, sabiéndose por encima de la gente corriente, se muestran sus obsesiones por el arma propia, por los gritos de victoria, por la venganza, por la ira, por escribir el futuro. Y por un sentimiento de fraternidad con los otros rebeldes que refleja la necesidad que tenemos de amar. Si muriera luchando, sentiría que está redimiendo sus pecados de juventud, esos que narra en los primeros capítulos y que, a título literario, constituyen la parte más acertada: la biografía del hombre que se hace a sí mismo, que ve asesinar a su mejor amigo, que da bandazos religiosos de estribor a babor, que encuentra en el Islam la resiliencia. Que se debe a aquellos que escuchó mientras crecía, a los ancianos que hablaban sobre la lucha por la liberación de Irlanda.

Najjair no es un islamista radical. Pero para embarcarse en la aventura en que se embarcó, debió sentir mucho, y en solitario, las punzadas del sufrimiento. Paradójicamente, ahí, fuera del libro, es donde está lo más interesante de esta lectura.

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