Los odiosos ocho (2015), de Quentin Tarantino

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Por Jordi Campeny.

Hateful eight 1Tarantino es puro cine; lo sabemos. Uno entiende –y comparte– la eterna fascinación que suscita entre su enorme cantidad de parroquianos alrededor del planeta. Tiene sus inconfundibles señas de identidad, se entrega en cuerpo y alma a sus proyectos, salpica de estilizadísima violencia unos artefactos muy potentes que llenan la retina y abren los poros del espectador. Ha absorbido un siglo entero de lenguaje cinematográfico, lo ha hecho suyo, le ha dado la vuelta y ha engrandecido el medio. Tarantino, que lleva su identidad grabada a fuego en cada uno de los fotogramas que componen su filmografía, es el cine. O un modo de entenderlo. Poner toda la carne en el asador, lo llaman. Engrandecer y sublimar todos y cada uno de los elementos cinematográficos que componen un trabajo fílmico. Los cinéfilos de ayer hallaban esta figura del cineasta total en directores como John Ford, Douglas Sirk, David Lean. Los de hoy, en autores como Quentin Tarantino.

Viene de muy lejos, a su vez, la controversia que ha generado, digamos, la ética de su cine. La brillantez de su estética nadie la cuestiona, pero que ésta se ponga al servicio de su proverbial sentido de la violencia sí que ha generado múltiples debates. Se le achaca a Tarantino una abyecta gratuidad en su tendencia a la hipervisibilidad de esta violencia. Uno nunca ha compartido esta corriente de opinión, puesto que considera que la ficción es el único territorio donde puede, y debe, desatarse la violencia. Ningún otro. Y si, además, ésta viene enmarcada dentro de una historia expuesta con el genio que lo  hace el americano, y siempre atravesada por torrenciales dosis de humor negro, el resultado suele ser un exquisito banquete que uno no está dispuesto a rechazar. No, uno nunca ha compartido esta crítica que viene de lejos sobre la sobreexposición de la violencia en su cine. Hasta ahora.

Los odiosos ocho lamentable título, que sólo tiene sentido en su juego de palabras en inglés– es un western cocinado a fuego lento que muestra cómo una diligencia avanza a toda velocidad por el invernal paisaje de Wyoming. Un cazarrecompensas y su fugitiva intentan llegar a Red Rock para entregar a ésta a la justicia. Por el camino se encuentran a otro cazarrecompensas de mala reputación y a un renegado sureño que afirma ser el nuevo sheriff del pueblo. Como se aproxima una ventisca, los cuatro se refugian en la Mercería de Minnie. Cuando llegan al local se topan con cuatro desconocidos. A partir de ahí, la acción se delimita dentro de las paredes de la mercería. Estamos pues, ante una especie de western de cámara; ante una obra de teatro. Eso sí, al más puro estilo del director de Malditos bastardos (2009).

Hateful Eight2El film tiene destellos del mejor Tarantino. Casi tres horas de puesta en escena con los habituales y eficaces instrumentos de su creador: diálogos brillantes, un extraordinario manejo de la intriga y del tempo narrativo que elimina cualquier tentación del espectador por evadirse de la trama, un sobresaliente elenco de actores –en el que sobresale un Samuel L. Jackson mayúsculo–, una inquietante banda sonora compuesta por Ennio Morricone y, en definitiva, la superdotada capacidad tarantiniana para la ejecución de artefactos que chorrean brillantez formal.

Sin embargo, a uno le da la sensación de que a la película le falta grandeza; que no logra, en esta ocasión, la excelencia. El motivo principal lo hallamos justo por debajo de la exquisita dirección de su forma; en el fondo. Éste se halla parcialmente vacío; a la película le faltan ideas, o elocuencia. Se antoja demasiado evidente y, ahí reside lo peor, carente de sorpresa. Los odiosos ocho bien podría tildarse como el ejercicio más autocomplaciente de su director; con constantes referencias a sí mismo y a su filmografía. Esto, de entrada, no tiene por qué constituir un problema; una filmografía coherente dialoga entre ella, y muchas veces los personajes de una película podrían saltar a otra y el engranaje seguiría funcionando a la perfección. Véanse las filmografías de directores de arrolladora personalidad como el mismo Tarantino, o Kaurismäki, o Lanthimos, o Pedro Almodóvar –con quien tantas similitudes hallamos en su modo de entender el cine–. El problema no es tanto que, en esta ocasión, sea un más de lo mismo, sino que, con esta película, no vemos una nueva dimensión ni crecimiento alguno en la obra tarantiniana. Se halla exactamente en el mismo punto en el que estaba justo después de finalizar su anterior trabajo, la excelente Django desencadenado (2012).

Todo ello, sumado a una cierta aleatoriedad en su narrativa –su separación por capítulos se antoja en ocasiones caprichosa– y, esta vez sí, a una sobreexposición en las formas –la no dosificación de la violencia le resultó a uno, en esta ocasión, discutible– hacen que esta suerte de Reservoir Dogs (1992) en los excelsos escenarios y contexto de Django acabe resultando un tanto irregular, ensimismada y un punto relamida. Aunque, eso sí, aderezada continuamente por relámpagos de auténtica genialidad.

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