“Verano en diciembre”, un abrazo fraternal que mueve montañas

Por Horacio Otheguy Riveira

Cinco mujeres, cuatro generaciones, una familia como tantas que expande su necesidad de cambio, de esperanza, hasta dar con una fraternidad conmovedora. Verano en diciembre, con texto, interpretación y dirección de Carolina África, representa un mundo eminentemente femenino en el que los hombres no son coprotagonistas de sus desgracias ni de sus éxitos en una función que llega a profundidades del mundo femenino, sin perder el tono de agradable comedia.

[Un éxito de 2016 en el Centro Dramático Nacional vuelve a Madrid el 20 de mayo de 2017 en el Teatro Galileo].

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Cada perfil está bien definido de entrada, y sale adelante rompiendo estereotipos, surgiendo de sus obsesiones y de lo que se espera de cada personaje para encontrarse en alguna clase de camino. Desarrollada en tres grandes dinámicas teatrales, a la manera antigua de los tres actos, pero con la nueva convención del teatro sin intermedio: en la primera parte, una panorámica realista de discusiones y mutuos reproches con la abuela pachucha y casi centenaria en medio, la única a la que se adora incondicionalmente; en la segunda, una exposición de cuadros de una de las hermanas, con sus aspiraciones, sus silencios, y su frustración con toque de borrachera; todo sucede en inventado proscenio entre los espectadores que las tienen tan cerca que parecen estar a punto de correr a abrazarlas y darles ánimo… para que comience cuanto antes la definitiva, la reconfortante, la tercera es la vencida, el tercer acto en el que las más jóvenes se entregan al amor fraternal con secretos de alcoba, sin penas, con esperanzas raras, con la ilusión de un viaje, de un posible viaje al país donde la cuarta hermana vive y en pleno diciembre luce bikini a las 4 de la tarde.

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De izquierda a derecha: Almudena Mestre, Carolina África, Laura Cortón.

Verano en diciembre es una función muy gozosa en la que numerosas secuencias desfilan con el esmero y la gracia relajada de cinco mujeres que luchan por ser ellas mismas; y a fuerza de impulsos cruzados, y la ayuda de sus mejores amigas, consiguen empezar a descifrar el enigma de su existencia, pase lo que pase, lo mismo si se acaba el romance “con un gilipollas felizmente casado” que si “sólo me reconozco cuando tenía 4 años, aunque ahora tenga 31”.

Amor, amistad, sexo, madre pesadísima contra la que ya no se quiere luchar, soledades compartidas, estrafalarios deseos de ser diferentes… Y entre tantas emociones, la abuela Martina que divierte con su mal genio, se lía con su cabeza y sus pesadillas, y apostilla a lo grande en dos ocasiones, dos magníficas ocasiones en las que el palpitante corazón de la obra llega muy hondo. La abuela habla como si se acompañara de una música envolvente, y no es más que la voz cadenciosa de la actriz, maravillosa Lola Cordón una vez más (La heredera, El retrato de Dorian Gray, Fin de partida).

La abuela Martina se mira al espejo y allí ve a su madre que la mira muy seria, pero que en cuanto la reconoce luce una hermosa sonrisa. La misma sonrisa luminosa que ella le brinda: un juego de sonrisas madre-hija que acaba siendo la única fórmula terapéutica capaz de reconducir cualquier angustia.

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Carolina África asistió a un curso de teatro en Buenos Aires, donde escribió esta función que empieza con un tango canción de Carlos Gardel. Un pequeño homenaje muy interesante, ya que Verano en diciembre empieza como un clásico sainete porteño, de mesa y mantel de hule y broncas entre hermanas y riñas con mamá… Y a poco que se crece, encuentra su propio tono, el mestizaje perfecto entre dos culturas unidas ya de forma real y legendaria, y donde la mujer ha tenido creciente voz y voto, limitándonos sólo en el campo del teatro, en impresionante unión de los dos países, tan entrelazados desde finales del siglo XIX.

Este equipo funciona estupendamente y cada actriz compone su personaje de una manera fluida, transmitiendo una gran espontaneidad o naturalidad que nos hace vivir lo representado como si estuviéramos compartiendo salón, es el resultado de una gran elaboración de intérpretes fogueadas en tablas y estudios, al servicio pleno de un texto fresco, bien planteado y mejor desarrollado.

Pilar Manso es la madre pesadísima que nos brinda una escena muy bella. Sólo los espectadores la vemos rezar en la iglesia a la que va todos los días a las 8 de la tarde, y sólo nosotros sabemos lo que pide, lo que sueña, lo que anhela.

Laura Cortón es la dicharachera, casada sin ganas y madre de una niña a la que le hace poco caso, es la frívola, la locuela de la familia que irá deshojando sus misterios y brindando su generosidad.

Carolina África encarna a Alicia, la que pinta, la que se separa de un hombre tan bueno, tan bueno que acaba dándole asco, y puja por entrar en un territorio fascinante e inexplorado.

Paloma es la menor, la chica ignorante, “la sin título”, la dulce y a la vez ansiosa con psicoterapia y diazepán, temerosa de todo y, probablemente, más valiente que ninguna. La interpreta con emotivo encanto Almudena Mestre que tiene a su cargo el inesperado final.

Es como hacer un agujerito en la pared de una casa, para ver lo que son (lo que somos) sin pretender nada más. Contemplar las grandezas y miserias de cada uno de nosotros y tratar de entender por qué elegimos vivir como vivimos. Es un retrato de un hogar español, plagado de ironía, ruido, perdones, buenas intenciones, risas y decepciones. 

Amor y dolor a partes iguales con una búsqueda común y desesperada de eso tan incierto que llamamos felicidad. (Carolina África)

 

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Texto y dirección: Carolina África

Ayudante de dirección: Laura Cortón

Intérpretes: Carolina África, Lola Cordón, Pilar Manso, Laura González Cortón, Almudena Mestre

Escenografía: Almudena Mestre

Vestuario: Vanessa Actif

Iluminación: La Belloch Teatro

Espacio sonoro: Nacho Bilbao

Fotos: Geraldine Leloutre/Daniel Alonso

Producción: La Belloch Teatro

Centro Dramático Nacional. Teatro Valle Inclán. Sala Francisco Nieva hasta el 21 de febrero de 2016.

REPOSICIÓN Teatro Galileo. Del 20 de mayo al 4 de junio 2017

 

 

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2 respuestas a “Verano en diciembre”, un abrazo fraternal que mueve montañas

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