Sócrates, un ciudadano honesto

Por Mariano Velasco

 

Un magistral José María Pou lleva a escena en Madrid —tras su éxito en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida— Sócrates. Juicio y muerte de un ciudadano, representación del proceso judicial y de las últimas horas de vida del filósofo griego que todavía hoy es considerado como el eterno buscador de la verdad y defensor de la honestidad, muy a pesar de sus debilidades, contradicciones y dudas, sobre todo dudas, tan propias del ser humano que era y que esta obra también saca a relucir.

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Con texto de Mario Gas y Alberto Iglesias, y bajo la dirección del primero, el principal reto al que se enfrenta la escritura de este Sócrates es la ausencia de referencias escritas por el propio personaje histórico, a quien conocemos hoy por lo que de él escribieron sus discípulos y seguidores, cuyas opiniones y relatos además no siempre resultan  coincidentes. Aquí los autores toman como base textos de Platón y del historiador Diógenes Laercio.

Dificultad máxima, por tanto, para afrontar una obra que se ve obligada a no profundizar en algunos detalles del personaje, sobre todo de su vida personal, así como sobre la imprecisa acusación que pesa sobre él (despreciar a los dioses y corromper a la juventud) y que le conduce a la muerte (399 a. C.). Tal vez sea esta también la causa de que el texto no se recree en exceso en el arte de la dialéctica y en el famoso método socrático, sino que parece encontrar más seguridad y comodidad en el uso del monólogo. Brillantes monólogos, eso sí, en la mayor parte de los casos, pero mucho menos comprometidos y arriesgados que cualquier diálogo, dónde va a parar.

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También evita el texto, en este caso con suma habilidad, el caer en el elogio gratuito del personaje y en el dejarse arrastrar por la corriente de admiración hacia personalidad tan cautivadora, y así se nos presenta a un Sócrates lo suficientemente desmitificado como para hacerlo más creíble. Sortea pues la tentación de presentarlo como demócrata perfecto y ciudadano ejemplar, pues a este Sócrates le pierde, sin ir más lejos, su arrogancia. Y al final, logra convertir al personaje en mucho más humano haciendo hincapié en esa duda constante que le corroe, esa que incluso le hace tambalearse ante la posibilidad de engañar o no a las leyes y traicionar sus propios principios, los principios de un hombre honesto.

Acierta el texto plenamente en el uso de alguna de las anécdotas que, verdad o mentira, se le atribuyen al filósofo, entre las que destaca la frase que, muy acertadamente, pone fin a la obra (y a la vida) de Sócrates, y que resulta de lo más elocuente y reveladora sobre la honestidad de este hombre:

Critón, le debemos un gallo a Asclepio. No seas descuidado y págaselo.

Con una escenografía sencilla pero efectista, que trata de hacer partícipe al público de la acción que se desarrolla sobre el escenario, la obra comienza y termina con un desdoblamiento temporal que da pie a introducción y epílogo del Sócrates narrador, quien se permite dirigirse al patio de butacas como si este formara parte del ágora —muy bien hasta ahí— pero que cae en el error —y con ello se rompe a mi juicio toda la magia antes creada— de aprovechar la situación para llamar la atención sobre el uso de los dichosos teléfonos móviles durante la función. Una reivindicación tan necesaria como inoportuna.

Hay una última dificultad en la empresa, muy bien salvada a mi juicio en este caso, y es que la comparación, casi inevitable, entre la democracia de Atenas y el sistema actual pudiera haber empujado a los autores a una excesiva simplificación y a pasar por alto, por consiguiente, las particularidades y, sobre todos los defectos, de la primera. De los de la segunda ya todos somos más conscientes. Aquí el texto de Gas e Iglesias sí corre más riesgos para, de manera brillante y sin caer en excesiva carga de datos históricos, transmitirnos que en aquella democracia ateniense, modelo de participación ciudadana, en realidad solo participaban los elegidos, quienes tenían la condición de ciudadanos en una sociedad que despreciaba a esclavos, extranjeros y —aquí  pone el acento el texto— sobre todo a las mujeres.

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Aportemos ahora algunos datos históricos: antes del comienzo de la Guerra del Peloponeso (431-404 a. C.), la población de Atenas rondaba los 335.000 habitantes, cifra que después de la guerra se redujo hasta los 220.000. De ellos, 60.000 eran esclavos, 30.000 eran metecos (extranjeros residentes en Atenas), y de los 130.000 restantes, sólo 30.000 eran ciudadanos varones, es decir, con derechos políticos plenos. Habrá por tanto quien diga, no sin falta de razón: ¡vaya mierda de democracia!

Con todo, qué duda cabe que estamos ante un montaje imprescindible para conocer mejor una época y un momento histórico, con sus luces y sus sombras, que sienta las bases de gran parte del sistema político de hoy en día. Y qué mejor momento que este que ahora atravesamos para echar la vista atrás y reiterarnos en la necesidad de mantener vivos valores como la continua búsqueda  de la verdad y para ser conscientes, sobre todo, de que la verdadera honestidad comienza por nosotros mismos.

1399_fichero_1-1Sócrates. Juicio y muerte de un ciudadano

Texto: Mario Gas y Alberto Iglesias

Dirección: Mario Gas

Intérpretes: José María Pou, Carles Canut, Amparo Pamplona, Pep Molina, Alberto Iglesias, Ramon Pujol, Guillem Motos

Escenografía: Paco Azorín

Iluminación: Txema Orriols

Figurinista: Antonio Belart

Del 5 al 28 de febrero. Jueves 25: Encuentro con el público.

Sala Fernando Arrabal, Naves del Español, Matadero de Madrid

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