‘Un ojo siempre parpadea’, de Miguel Carcasona

Por Víctor González (@libresdelectura)

9788496911833Quien es poeta nace, vive y muere siéndolo. Es una marca que acompaña toda la vida y que impregna todo lo que se toca, aunque se intente evitar. Un ojo siempre parpadea es poesía disfrazada de relato. Es ritmo, juego de velocidades, malabar de sonidos, dentro de una prosa que se sabe bañada completamente de poesía. Un ojo siempre parpadea es la nueva obra de Miguel Carcasona, publicada por Tropo Editores.

 
Al encontrarte con el título en la – ¿qué adjetivo le ponemos ya? – portada de Oscar Sanmartín, es inevitable parpadear. Como si Carcasona quisiera que humedeciéramos los ojos antes de emprender el viaje, que nos preparáramos para un inolvidable rato de lectura sin pestañeo. Porque no hay cabida en esta obra para el cierre espontáneo de los ojos, o sí – quién sabe –, pero deja la sensación en quien la lee de que ha estado todo el rato observando, atento, el devenir de unas narraciones que desprenden sin descanso maestría por el reflejo de la emoción en una realidad, o en muchas, distorsionada por la sensibilidad. Miguel Carcasona consigue llenar sus relatos de una hipersensibilidad que toca, que llega a anudarse a la del lector para hacer sentir lo que gritan sus palabras. La prosa de este escritor oscense habla, emite emociones.

 
Desde un primer relato repleto del grito verde de la periferia ante la colonización del cemento, con cansancio por la soledad y abochornado a causa del ahogo por la decadencia humana, pasando por un amor trágico hacia la hermana de la novia o por la muerte fruto de la inconsciencia juvenil, hasta llegar a dos viajes al pasado, con uno cargado de ficción y otro rozando lo autobiográfico; Miguel Carcasona construye un libro donde el hilo conductor es la pesadumbre por una existencia que siempre lleva al personaje hacia el socavón en el que tropezarse. Un ojo siempre parpadea son diez relatos donde el protagonista absoluto es el temblor del alma, donde todas las tramas están afianzadas sobre el infinito desolador de la catástrofe: ese infinito alejado pero siempre presente, como aquel lugar al que se dirigen las casas de madera en la portada, como aquel lugar al que mira el dálmata.

 

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