David Hume: “De la razón de los animales”

David Hume (1711-1776)

David Hume (1711-1776)

«Todos nuestros razonamientos acerca de las cuestiones de hecho están fundados en una especie de analogía, que nos hace esperar de cualquier causa los mismos efectos que hemos observado resultan de causas similares. Cuando las causas son absolutamente iguales, la analogía es perfecta, y la inferencia que se saca de ella es considerada como cierta y concluyente. Un hombre no duda, al ver un trozo de hierro, de que tendría peso y que sus partes serán coherentes, como en todos los casos que han caído bajo su observación. Pero donde los objetos no tienen una semejanza tan exacta, la analogía es menos perfecta y la inferencia menos concluyente, aunque tiene alguna fuerza en proporción al grado de semejanza y de parecido. Las observaciones anatómicas sobre un animal, por esta clase de razonamiento, se extienden a todos los animales, y es seguro que cuando se demuestra claramente que tiene lugar la circulación de la sangre, por ejemplo, en una criatura, como una rana o un pez, se forma la fuerte presunción de que el mismo principio tiene lugar en todos. Estas observaciones pueden ser llevadas más lejos, incluso a la ciencia que ahora estamos tratando. Cualquier teoría por la que explicamos las operaciones del entendimiento, o el origen y la conexión de las pasiones del hombre, adquirirá autoridad adicional si encontramos que la misma teoría es necesaria para explicar los mismos fenómenos en todos los demás animales. Intentaremos hacer esto con la hipótesis con la que hemos procurado, en el precedente discurso, dar una explicación de todos nuestros razonamientos experimentales, y se espera que este nuevo punto de vista servirá para confirmar todas nuestras observaciones previas.

En primer lugar, parece evidente que los animales, como los hombres, aprenden muchas cosas de la experiencia e infieren que los mismos sucesos se seguirán de las mismas causas. Por medio de este principio se familiarizan con las propiedades más asequibles de los objetos externos, y gradualmente, desde su nacimiento, acumulan conocimientos sobre la naturaleza del fuego, del agua, de la tierra, de las piedras, de las alturas, de las profundidades, etc., y de los efectos que resultan de su operación. La ignorancia e inexperiencia de los jóvenes, aquí, puede distinguirse fácilmente de la astucia y sagacidad de los viejos, que han aprendido por larga observación a evitar lo que les duele y buscar lo que les produce comodidad y placer. Un caballo acostumbrado a la caza se familiariza con la altura que puede saltar, y jamás intentará lo que excede de sus fuerzas o habilidad. Un viejo galgo confiará la parte más fatigosa de la persecución a los más jóvenes y se colocará al alcance de la liebre cuando ésta comience a correr en círculos. Y tampoco las conjeturas, que forma en esta ocasión, se fundan en otra cosa que la observación y la experiencia.

Esto resulta aún más evidente teniendo en cuenta los efectos de la disciplina y educación de los animales, a los que, mediante la adecuada aplicación de castigos y recompensas, puede enseñarse cualquier clase de acción, incluso la más opuesta a sus instintos y tendencias naturales. ¿No es la experiencia la que hace al perro temer el dolor cuando se le amenaza o se levanta el látigo para azotarle? ¿No es, incluso, la experiencia la que le hace contestar por su nombre e inferir de un sonido arbitrario que uno se refiere a él y no a cualquiera de sus compañeros, y que se tiene la intención de llamarle cuando la pronuncia en cierta manera y con cierto tono y acento?

En todos estos casos, podemos observar que el animal infiere algún hecho más allá de lo que inmediatamente impresiona sus sentidos, y que esta inferencia se basa totalmente en la experiencia previa, en la medida en que la criatura espera de un objeto las mismas consecuencias que siempre ha visto resultar de objetos similares.

En segundo lugar, es imposible que esta inferencia del animal pueda fundarse en cualquier proceso de argumentación o razonamiento en virtud del cual concluya que acontecimientos semejantes han de seguirse de objetos semejantes y que el curso de la naturaleza será siempre uniforme en sus operaciones. Pues si en la realidad hubiera cualquier argumento de esta clase, desde luego sería demasiado abstruso para la observación de entendimientos tan imperfectos, puesto que bien puede ser necesario el máximo cuidado de un genio filosófico para descubrirlo y observarlo. Por tanto, los animales no se guían en estas inferencias por el razonamiento; tampoco los niños, como tampoco la mayor parte de la humanidad en sus acciones y conclusiones normales. Tampoco se guían por él los mismos filósofos, que en las dimensiones prácticas de la vida son, por lo general, iguales que el vulgo y se rigen por los mismos principios. La naturaleza tiene que haber proporcionado algún otro principio de uso y aplicación más general y más fácil. Por otra parte, no puede confiarse una operación de tan enorme transcendencia en la vida, como lo es la de inferir efectos de las causas, al proceso incierto del razonamiento y de la argumentación. Si esto resultara dudoso en el caso de los hombres, no parece admitir ninguna duda en el de las criaturas irracionales, y habiéndose en un caso establecido esta conclusión firmemente, tenemos una fuerte presunción, a partir de las leyes de la analogía, que ha de admitirse universalmente sin excepción ni reserva. Es la costumbre tan sólo la que induce a los animales a inferir de todo objeto que se presenta a sus sentidos su acompañante habitual y la que lleva su imaginación de la aparición del uno a representación del otro, de aquella manera particular que llamamos creencia. No puede darse otra explicación de esta operación en todas las especies elevadas, así como en las infererios, de seres sensitivos que caen bajo nuestra observación que caen bajo nuestra observación y atención.

Pero aunque los animales extraen gran parte de sus conocimientos de la observación, también hay una porción de ellos, de los que la naturaleza les ha dotado desde sus orígenes, que exceden en mucho la capacidad que manifiestan ordinariamente, y con respecto a los que mejoran en poco o en nada a causa de la más dilatada experiencia y práctica. A éstos llamamos instintos, y tendemos a admirarlo como algo muy extraordinario e inexplicable por las disquisiciones del entendimiento humano. Pero quizá cese o disminuya nuestro asombro cuando tengamos en cuenta que el mismo razonamiento experimental, que poseemos en común con las bestias y del cual depende toda la conducción de nuestra vida, no es sino una especie de instinto o fuerza mecánica que actúa en nosotros sin que la conozcamos, que en sus operaciones principales no es dirigido por ninguna relación o comparación de ideas, como lo son los objetos propios de nuestras facultades intelectuales. Aunque se trate de un instinto diferente, de todas formas es un instinto lo que enseña al hombre a evitar el fuego, tanto como lo es el que enseña a un pájaro con tanta precisión el arte de incubar y toda la estructura y orden del nido».

(Fuente: “Investigación sobre el conocimiento humano”, sección 9: “De la razón de los animales”, David Hume, Alianza Editorial)

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