María Zambrano: “Sobre la esperanza y la objetividad”

María Zambrano (1904-1991)

María Zambrano (1904-1991)

«El hecho de la cultura humana se funda en la esperanza, y la esperanza revela un nacimiento incompleto en una realidad inadecuada y aun hostil. Cosa que se hace visible en algo previo a toda filosofía, a toda ciencia, algo que es común a todas las religiones -verdaderamente religiones-, y que se encuentra también en los mitos de la antigua Grecia y, sobre todo, en las almas que acudían a los ritos de purificación y en el horror del nacimiento. El hombre ha sentido el horror de su propio nacimiento al mismo tiempo que la nostalgia de un mundo mejor perdido, se llame Paraíso, Edad de Oro, o se manifieste en un origen divino del hombre, como en el mito de Dionysos y los Titanes; en cualquiera fábula, o relato sagrado, alienta el doble sentimiento que tiene la humana criatura cuando parece despertar acá abajo: horror de haber nacido, nostalgia de lo perdido.

Y ante este horror descubre dos salidas: desnacer a la manera de Buda y todas las religiones que quieren ante todo borrar el hecho del nacimiento y anularlo. O existir, nacer de nuevo, ser engendrado nuevamente; de donde ha salido toda la cultura occidental, desde Grecia. La Filosofía en Grecia trata de engendrar al hombre, haciéndole nacer a la conciencia, como es visible en Sócrates, Platón y Plotino; también en los estoicos y en toda la Filosofía de preparación para la muerte, pues el “esstar maduro para la muerte” de Platón y los estoicos, no es sino un segundo nacimiento, como después veremos más de cerca.

Y de la nostalgia de una realidad perdida, al par que del anhelo y la necesidad de hacerse un mundo, se desprende algo que es como una medida, ese algo incorruptible que hay en el fondo de cada uno y que jamás puede ser engañado; lo que nos avisa de lo monstruoso de la realidad que nos rodea y más aún de la construida por el hombre mismo, lo que se queja y se rebela. Este fondo insobornable de todo hombre, por plagada de errores que esté su vida, es lo que no puede jamás acallarse y protesta de toda iniquidad. Un fondo de pureza que rebosa en felicidad cuando encuentra algo adecuado y semejante, y que es, al par, la medida no engendrada, por cuya exigencia no podemos detenernos en parte alguna. La exigencia por la cual el hombre, sumergido en la historia, es capaz de disentir de ella y de apetecer salir de ella, como apeteció salir de la naturaleza.

Todas las creencias y también las ideas, que se refieren al orden del mundo, la figura de la realidad, están sostenidas por la esperanza. El hombre, que es al mismo tiempo algo fallido y solitario, necesita hacerse una realidad entera donde vivir. Por eso edifica una objetividad. Objetividad que es la estabilidad vigente, el orden que a todos llega y cobija, que todo lo ordena y aquieta.

La esperanza se dirige también al tiempo, en el que transcurre nuestra vida, pues este tiempo recobrado sería nuestra cumplida unidad. Mas también aquí hay el desnacer y el renacer; el desprenderse del tiempo y el querer recogerlo todo entero. La esperanza que quiere borrar el tiempo y la que se vuelve angustia de recogerlo en su dispersión de instantes idos uno a uno. (…)

Esperanza del pasado, esperanza que se fija en el recuerdo para alimentarse ávida de recobrarlo todo. Y es que en la esperanza está, sin duda, todo lo que nos lleva a dirigirnos hacia una totalidad, sea del tiempo, del mísero tiempo de nuestra, sea de la hermosa totalidad del mundo, de la universalidad del universo.

La objetividad y sus crisis

Como no encontramos nada a nuestra medida, nos es es necesario hacerlo, construir un mundo habitable y que en cierto modo supla lo que nos falta, y haga a la vez soportable nuestra condición de seres nacidos prematuramente. Cuando se ha logrado, cuando se ha levantado por fin una serie de conveniencias y una serie de idealidades, estamos viviendo bajo seguro, a pesar de la angustia e inquietud que lleva consigo aun la más feliz de las vidas.

Pero si tal cosa puede llegar a suceder, si es posible este “universo el mismo para todos” -según decía Heráclito- en el que nos encontramos cuando salimos del oscuro rincón de nuestros sueños, es porque somos capaces de elevar la confusa y hasta enemiga realidad, a objeto. Toda objetividad histórica es posible por la objetividad anterior a todas, por la capacidad que el hombre tiene de transformar lo que le rodea en objeto. Es decir, de sostenerlo y limitarlo.

Reconocer algo como objeto es detenerse ante ello; quedar hechizado, prendido, darle crédito; quedar, en cierto modo, en modo, enamorado. No podría haber realidad afirmada en objeto, con esa especie de invulnerabilidad transparente que tienen los objetos, si no hubiese este género de amor hacia la realidad que es capaz de atravesar el fracaso. Pero sin duda, la confianza primera que hemos señalado ha sido alguna vez desmentida, lo sigue siendo. Muchas cosas nos engañan. Engaño que es la experiencia necesaria para que algo se transforme en objeto. El objeto, quiere decir, según es sabido, algo frente a nosotros, algo que tiene independencia, que se ha desprendido de nosotros y existe desde sí mismo.

Al despertar del engaño producido por las apariencias es cuando realmente encontramos los objetos, cosa que, como se sabe, no todos los hombres ni todas las culturas han sabido ni querido hacer. Grecia es también esto nuestro origen, pues sus pensadores elevaron la realidad a objeto, más allá de las fantasmagóricas apariencias, en vez de relegarla definitivamente al reinado de las sombras. La historia de este proceso, tan dramático y aun conmovedor, por ser uno de los mayores actos de generosidad que el hombre haya realizado en su historia, es en realidad, la historia de la Filosofía griega desde Parménides a Plotino.

Objeto es algo frente a nosotros, algo, por tanto, que nos limita ante lo cual tenemos que quedar detenidos. No podría existir sin un cierto enamoramiento que es siempre un detenerse y un aniquilarse a sí mismo para dejar sitio a lo que no podría existir para nosotros en toda su plenitud, si no fuera por esta especie de vacío que hacemos negándonos; que no podía estar ahí como está, si irrumpiese en ello. Así como en esa esclavitud de que hemos hablado tenemos la realidad, esta realidad más invulnerable y transparente que es un objeto, se nos hace presente por una cierta esclavitud. Se trata de la relación entre amor y conocimiento, sobre lo cual poco se ha dicho desde Platón. Y en definitiva, lo que él nos dice vendría a ser que el enamorarse de un ser concreto, de un semejante, sería la experiencia necesaria para llegar a encontrar las ideas, el conocimiento de la verdadera realidad: la realidad invulnerable.

Y parece ser de esta manera. Es el género de amor que funda las ideas -ideas que nos dan la máxima objetividad-, un amor formado en un fracaso de la realidad inmediata, y que ante él no sucumbe sino que se afirma y extrema y quiere encontrar una realidad que no puede ser vencida, a cubierta de todos los riesgos, aun de los que pueden sobrevenirle a causa de nuestra condición. A no ser por este amor, ¿habría objetos, habría ideas también, trasuntos de la realidad cuando nos falla? No nos ha bastado con la realidad encontrada en la primera confianza y hemos descubierto la idealidad donde la realidad se hace invulnerable, invencible, donde ya a salvo de contradicción nada le amenaza…Mas, esto que es el nacimiento no sólo de la Filosofía, sino de la “idea”, de la idealidad, no puede ser aquí desenvuelto. Solamente hemos de dejar apuntado que lo que el hombre moviliza para engendrar la objetividad es religioso, como lo que hay en la base y fundamento de todo nuestro apego a la realidad y a la transformación que la hacemos padecer crear nuestro mundo.

Sobre esta escondida fuerza religiosa, sobre esta esperanza que engendra nuestras creencias, creencias en las que se afirma un orden del mundo, en que la realidad oscura ha adquirido transparencia, permanencia y sentido, surge la Filosofía. Y Filosofía es razón, lo fue al menos en su comienzo. Y éste es el drama.

Porque la objetividad, en que se apoya la esperanza, también la imita y aun la encierra. Pueden llegar a encontrarse en contradicción y aun en contienda. La llama de la esperanza todo lo consume y existen los misteriosos cambios habidos en la raíz misma de nuestra vida, en las entrañas donde existen la confianza y la desconfianza, la esperanza, el amor que nos esclaviza a la realidad y el anhelo de reducirla a razón que nos libere. Hay una objetividad en crisis, objetividad quizá muy pulida y acabada por el trabajo del pensamiento, que ya no es el depósito de la esperanza, ni promete ese nuevo engendramiento de que hemos hablado. Hay instantes de disolución de toda objetividad en que el hombre ya no acepta nada, ni se hace solidario de cosa alguna. No permite que nada permanezca y sea verdaderamente, porque ya no quiere esclavizarse. Y toda objetividad nos esclaviza de algún modo. Son los más terribles conflictos, éstos que tienen lugar entre la objetividad ya establecida razonablemente y la esperanza. La esperanza por la que quiere realizarse nuestro inacabado ser.

Crisis de la esperanza

Si la objetividad -toda cultura en su madurez y armonía- tiene sus crisis, al menos entre nosotros los hombres de Occidente, los que pedimos renacer, si tienen su crisis por perfecto que sea su orden y por fielmente que haya sido creído, no podrá ser ajeno a la esperanza que hemos descubierto como la última sustancia de nuestra vida. Agonía de la esperanza que no siempre sabe lo que pide. (…)

No lo sabemos, no sabemos qué es lo que clama por realizarse. Bajo la objetividad, sobre todo cuando ha llegado a ser complicada y minuciosamente establecida, alguna esperanza ha quedado aprisionada. Mas, como no lo sabemos quizá pedimos por otra diferente y aun contraria. La vida entonces se transforma en un enigma monstruoso, del que hay abundantes símbolos. La esperanza no encuentra, y se revuelve destruyendo, aniquilando.

Cuando vacila la esperanza y se detiene, cuando se encrespa y se confunde, estamos en una crisis que dura mientras la esperanza anda errante, mientras los hombres no se entre sí acerca de aquello que esperan, y entonces tampoco se entienden consigo mismos.

Mas, ¿por qué vacila la esperanza? ¿O acaso es que en los momentos de crisis ha huido o ha disminuido? La ardiente desesperación más bien muestra lo contrario; más bien diríamos que hay un ensanchamiento de la esperanza, o una esperanza nueva que envuelta y confundida, tímidamente aflora. Una esperanza nueva, una fase nueva de nuestras esperanzas, que puede aparecer confundida con el delirio, con la insensatez, con el absurdo.

Son los momentos en que la esperanza cobra mayor anchura, y sin embargo, no tiene donde fijarse. Momento de creencias sin credo, de fe desasida y esperanza errante. El hombre es en ellos más que nunca un ser sin asilo, un refugiado errabundo.

Están en crisis la esperanza y la objetividad; también la Filosofía y la Religión. Porque Filosofía y Religión se vienen disputando la realización de las esperanzas humanas. La Filosofía ha sido tradicionalmente razón, el intento de hacer el mundo habitable, rebajando de las esperanzas humanas su delirio, para lograr en cambio aquello que es posible: “la posibilidad” de que tanto habla la Filosofía, en la que quizá tenga su íntimo sentido. Filosofía es, ha sido más que nada, “entrar en razón”, como lo entiende el pueblo, al menos el pueblo español que entiende por Filosofía lo que llega después de la ilusión desenfrenada, la medicina amarga y saludable.

Filosofía medicinal, que no es siempre la Filosofía, pues hay otra, que lejos de querer moderar la esperanza, ha sido su depositaria en algún momento. Tratándose de Grecia, la ha sometido siempre a razón; tal Platón y Plotino. Filosofía salvadora de la esperanza, de salvar el mundo por la justificación de las apariencias, y de engendrar por entero al hombre en la inmortalidad del alma.

La Religión, es verdad, ha sido la tradicional depositaria de las esperanzas humanas, de las más imprescindibles, es decir, de las más verdaderas y entrañables. Pero así como hay Filosofías que han querido realizar por la razón el delirio, también hay religiones que han tomado a su cargo desengañar al hombre, imbuirle resignación, adormirle en su desesperación. Y es que Filosofía y Religión no se distinguen del todo, por ser la una depositaria de la esperanza y la otra su amargo despertar. Siempre en verdad habrá entre ella este matiz, especialmente si se toman algunas de sus especies extremas, tal como Filosofía estoica y Religión cristiana. Porque hay algo previo, que ya dijimos: el querer desnacer o el querer renacer. Hay religión del desnacer y el renacer. Hay una Filosofía del renacer, dudamos que la haya del desnacimiento. Lo que las separa es el cómo, la manera como acogen la esperanza y prometen cumplirla. Y este cómo es lo más grave, tan grave, que ciertas esperanzas, las más entrañables y verdaderas, han podido por ello, quedar al margen de la Filosofía.

Porque la historia de la criatura humana partiendo del horror del nacimiento es una lucha entre el desengaño y la esperanza, entre realidades posibles y ensueños imposibles, entre medida y delirio. Pero a veces, es la razón la que delira.

Cuando se llega a la embriaguez del delirio se hace necesario despertar, volver a despertar. El despertar de la filosofía fue primera “entrar en razón”: Mas, cuando la razón se ha embriagado, el despertar es “entrar en realidad”; tal vez sea por el momento hacer memoria, hacer historia, recoger de las tribulaciones, la experiencia».

(Fuente: “La vida en crisis”, en “Hacia un saber sobre el alma”, Alianza Editorial)

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