Entrevista al poeta y escritor cubano José Emilio Fernández

Tú y yo somos una isla

Por Andrés Isaac Santana.

SimulacionEl más reciente poemario del escritor cubano residente en Miami, José Emilio Fernández (Santa Clara, Cuba, 1974), En la hora de los peces, ve la luz bajo el sello editorial Verbo(des)nudo, Santiago de Chile 2015. Hablamos de medio centenar de páginas en las que el autor de estos versos no atiende a la literalidad del lenguaje para habitar, con goce y hasta con cierta cuota de ternura, el espacio frondoso de la metáfora. Ese sitio de desplazamientos y desfiguraciones retóricas donde la palabra escrita se camufla entre los infatigables espejos del deseo y de la ilusión. No se trata de un libro que pretende revelar el rostro absoluto de la poesía y su reinado. Es, por el contrario, un gesto de afirmación, un ensayo de ambición discursiva, un certificado –sin alardes extremos– de amor incondicional al verbo. Fernández se extravía dentro del texto, como el Minotauro en su laberinto. Asume en su interior, en ese raro cruce de tropos, múltiples rostros. Lo mismo que nos invita a hacer uso de un despliegue de máscaras cuyos vencimientos ya han sido decretados con antelación.

Es allí, en esa filigrana de palabras que copulan en el espacio de la utopía y del sueño, de donde emergen dos personajes creados en el agua: Isabel y Fénix. Sin duda alguna, una alusión que refrenda con fuerza nuestra eterna condición (allí dónde estemos) de seres de isla: sujetos domesticado por el agua, salvados por ella, castigados por esta, limitados y liberados a un tiempo en su expansión y grandeza. El horizonte se hace inasible, se escapa, huella de la contingencia de la pancarta y de la consigna política o publicitaria para consagrarse en el ojo del poeta. El agua se convierte así en texto, en escritura, en escenario, en el pedestal que sustenta una memoria –personal y colectiva– en la que todos, de algún modo, advertimos parte del rostro que somos o de lo que fuimos. Isabel y Fénix son, tan solo, una contracción, una síntesis revelada (y reveladora) de una gran multitud, una humanidad que se pierde y se encuentra asumiendo el énfasis cíclico de la vida, de la historia y de la muerte. Su mundo es el agua. Ella decreta la idoneidad de su existencia. Ella rehace el relato de las vidas truncadas, de las pérdidas, de los hallazgos, de la necesidad de amar y de perpetuar el yo en la intemperie global de las emociones.

En la hora de los peces, debe leerse como un todo, pues existe una evidente unidad entre los diferentes elementos sobre los que se orquestan la enunciación de la voz y el lugar del sujeto poético. De ahí su gracia (y también su audacia). Estas páginas, sensibles en su formación y apego a las emociones, trazan el camino de dos seres que miran el mundo como lo harían los peces sobre el asfalto. Y es que como lo dice el propio Fernández, con ese don de decir lo que no se nombra, “por tu garganta los peces enlutan/ Y no eres culpable, el río se ha escondido en tus ojos”.

– ¿Por qué “En la hora de los peces”?

En la hora de los peces” es mi peregrinar por el verso a través de las artes plásticas. Nace a raíz de una obra de arte que me agasajo por mi cumpleaños, donde visualicé la creación del mundo, de mi mundo, a través de una mujer, un ancestro, una deidad arraigada a la vida y sus aguas, y por momento a mis matices. Ella, Isabel, es la culpable de la creación y del emigrar constante entre la vida, la muerte y la resurrección. El pez, un aliado del tiempo, como imagen artística, pagana, y por momento glorificada en salmos y rituales litúrgicos. El pez en su eterna perspectiva de estación, rodeado de aguas, suntuosidad y sexo, reivindica su constante aleteo, desde una época distante pero a la vez tangible, al menos para mis ojos. “En la hora de los peces” es mi discernimiento surreal de la creación, más allá de mis partículas, la luz y las aguas, delimitando todos los espacios duales de mi carne y los ancestros.

– ¿Qué supone la poesía, su ejercicio, para José Emilio Fernández?Future Curve, detail

La poesía define mi condición existencial de hombre frente al espejo, del mundo que me invento para exiliarme dentro de mi mismo. Es una nostalgia de voces libertinas y renovadoras. La poesía presume de mis silencios y también de las memorias atávicas de mis ropas carnales. Es un ejercicio acústico, totalmente antiguo, pero liberador, que llega a través de las cadencias e intuye el verso, sin ataduras ni condiciones. Su ejercicio me permite vivir, también padecer, disímiles vidas en tan solo un espacio perecedero del tiempo, y de ahí, su majestuosidad inevitable.

– Dedicas los versos de este libro a tus padres y abuelos por el “ungüento y las palabras”. He advertido por las redes sociales, concretamente en Facebook, que tu madre es una soberbia artesana, una especie de poeta de la materia. ¿Crees que ha influido esa sensibilidad, ese modo de mirar la realidad desde lugares distintos, en la subjetivización de tu voz de poeta?

Al nacer, en ese preciso instante, traemos la piel, los ojos y nuestra historia cubierta por un ungüento muy denso pero de una pureza inevitable. Es el ungüento que nuestras madres nos proporcionan para protegernos y bendecirnos en este mundo fantasmagórico. El ungüento de mi madre fue la señal vernácula de mi andar por el mundo. A través de los ojos de mi madre la realidad se convierte en materia infinita y creación, real y sugerente. Es así como logro descubrirme entre sus dedos, en la amalgama de sus creaciones. Mi madre teje mis suspiros, su visión del mundo es objetiva, capaz de sobrepasar todas las distancias y temores para auxiliar a mis memorias en su andar reposado. Poseemos diferentes realidades, pero la misma historia y antepasados. Ella –mi madre, nuestra madre- es la acreedora de una tradición que engrandece la historia de sus antepasados por los pliegues de mi piel. “Soberbia artesana”, como bien dices, de sueños y apetencias que se confabularon para trenzar mis caminos, directa e indirectamente. Mi madre siempre discreta, abierta a las posibilidades y la aceptación incondicional, ella es la artesana de nosotros, los que nos creemos barro y cenizas, los que la amamos por el designio heredero. Entonces, para ella y por ella lo infinito, mis versos y el ungüento entre mis pestañas. Mi madre, la poesía y los destellos de luz.

Nunca dejes tu andar reposado y tus maneras ambiguas”, escribía Dulce María Loynaz y tú la citas a modo de apertura de tu letra. ¿Es que acaso este poemario se presume como grito, como revelación, como un secreto confesado?

La revelación de mis instintos conjugados con la veracidad y las ansias de besar el esmalte del espejo, es un secreto confesado, a través del verso y los espacios de silencios que se esconden entre líneas. Me complacen los gritos libertarios de mi sexualidad, de mi coqueteo constante entre lo desconocido y genética del tiempo. La ambigüedad, en algún momento, me consagró a las cenizas y al agua, para caminar por el mundo -mi mundo- sin miedos ni prohibiciones. Mi andar es mi libertad, el aura que se convierte en arcoíris en mis pestañas, y es así, sencillamente como llega la ambigüedad para cortejarme.

A20– Tú y yo somos hombres de isla, de tierra que flota a la deriva, de balsa perpetua que se aproxima a un horizonte inasible. El agua, en tanto que figuración metafórica, tiene una gran importancia en este libro. Responde ello a la idea de dibujar nuestra condición, nuestra eterna condición.

Tú y yo somos una isla, rodeada de agua de mar, bendecida de punta a cabo por la miel de nuestros ríos. Tú y yo somos una isla, el agua, la sed inevitable de emancipación y rescate. Caminamos aproximados a las memorias del hombre que se resiste al tiempo y se aproxima –inevitablemente- a su condición inmarcesible de creerse desnudo frente a las adversidades. Y es así, como logramos beber de esas aguas, para refugiarnos en nuestra condición de pez, se seres de agua, de transparencias autóctonas que esculpen esa inquietud en nuestros ademanes desahogados.

– ¿Concibes la escritura con sello territorial o, por el contrario, la escritura se te revela como un signo de los tiempos?

Los tiempos y sus promesas son la alegoría exacta de mis versos. Es allí donde me confieso desnudo y me crecen alas desde la punta de mis dedos hacia la antigüedad y el presente. Mi condición histórica y social fue un precinto en el semblante que por momentos te deja en sobresaltos, pero la mayor de las veces me ha permitido evolucionar y volver a mi rostro, a mi mundo, a mi pudor diferente, para revelarme asido al instante infinito de los tiempos. Y así, sencillamente, como se me revela la escritura, por las hendijas de mi piel, con sabor a tiempos, ausencias y sobresaltos imperecederos. Escribir es un entrenamiento diario, es volver a una vida y ejercitar el oficio de los fantasmas.

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[Ilustraciones del artista cubano Alex Lago, cuya obra se podrá ver en Madrid en la exposición “confines” en la galería La Isla, a partir del 23 de junio. Calle Doctor Fourquet 30].

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Una respuesta a Entrevista al poeta y escritor cubano José Emilio Fernández

  1. Mis Felicitaciones y Éxitos a mi amigo Pepe para nosotros,Fernández para el pueblo,me da mucho gusto y emoción ver sus obras literarias,lo imaginé un gran médico, pero Dios le regaló este Don y llega a nuestros corazones ,un abrazo y estaré al pendiente de cada escrito que llegue de su parte

    Beatriz Rodríguez Pita
    20 julio 2017 at 19:17 pm

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