La rosa tatuada: un mágico canto a la vida rodeado de pequeños detalles

Por Mariano Velasco

Subraya con acierto Carme Portaceli, al hablar de esta rosa tatuada —que dirige con éxito en el Centro Dramático Nacional (Teatro María guerrero) hasta el día 19 de junio— que Tennessee Williams escribió la historia de Serafina de la Rosse de principio a fin en Barcelona, junto al mar, enamorado hasta las trancas de un italiano. Por eso, entre otras cosas, es por lo que no duda en definirla como “un canto a la vida”.

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Acostumbrados como estamos a los personajes atormentados, con pasado oscuro, tan característicos del teatro de Williams, sorprende de La rosa tatuada un a veces muy fino y a veces del todo disparatado sentido del humor que recorre toda la función, así como su marcado espíritu optimista, más cercano al ambiente mediterráneo que al atlántico, pese a estar situada la acción en una Nueva Orleáns  posterior  al  Katrina.

Pero es que para hacer de ella una gran obra, no podemos olvidarnos además de una serie de pequeños detalles muy bien cuidados en esta versión, esparcidos por las casi dos horas de duración de la representación, que hacen que lo que pudiera parecer a priori un texto menor de Williams se convierta en una de sus obras más universales, por transmitir de manera tan cercana al público valores tan fácilmente identificables como el sufrimiento, la contención, la hipocresía, el deseo, la represión, el qué dirán y, al final, la explosión de felicidad.

Lo dicho, no nos olvidemos y comencemos ensalzando el muy agradable, sonoro y más que creíble italiano de Aitana Sánchez Gijón. Son solo unas breves expresiones y remarcados acentos, lo justo para no entorpecer el seguimiento de los diálogos, pero le confiere tal veracidad a estos que a veces uno se cree que tiene delante a la mismísima Ana Magnani, protagonista de la versión cinematográfica.

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El decorado constituye otro de los grandes-pequeños aciertos del montaje de Portaceli. Muy original el escenario en forma de casa desplegable, que permite el paso del ambiente cerrado al abierto con sorprendente facilidad y con el que se obtienen excelentes resultados y efectos visuales.

Un nuevo tanto habrá que apuntar en la casilla de vestuario, otro de los “pequeños” aciertos de la obra. Destacan los estampados de flores de los vestidos femeninos y, sobre todo, el sensual desaliño de una Aitana Sánchez Gijón capaz de resultar tan cómica como voluptuosa. Muy a la italiana todo.

Y para sencillez, la perfecta caracterización del personaje interpretado por  Roberto Enríquez quien, con la única e inestimable ayuda de unas simpáticas y casi imperceptibles orejas de soplillo, hace olvidar a los personajes más duros a que nos tiene acostumbrado en sus recientes papeles televisivos y construye un gracioso tipo tan rudo de fachada como tierno de fondo, perfecto para despertar lo que tenga que despertar en el corazón de la reprimida viuda.

Pero el más grande de cuantos pequeños detalles encierra esta obra es, qué duda cabe, su fino sentido del humor. Pequeño porque es cierto que el espectador va entrando en el código humorístico de la obra muy poco a poco, casi como con cierto reparo al principio, siendo conscientes de que es un drama lo que se nos está contando, de manera que uno apenas se atreve a sonreír con algunos de los gags de la primera parte. Pero grande porque a medida que la obra avanza, solo cabe rendirse ante el desparpajo de Aitana y la gracia de Roberto, dos verdaderos colosos sobre el escenario.

Es en ocasiones un humor tan surrealista que vuelve a traernos aromas mediterráneos y que recuerda en cierta manera a autores tan nuestros como Jardiel o Mihura, con esa capacidad tan recurrente en ambos de introducir objetos o situaciones aparentemente intrascendentes pero que acaban marcando el devenir de la historia. Es el caso de la urna (aunque aquí  también recuerde a esa característica de otras obras de Williams de representar al personaje/padre ausente), la figura de la Virgen (genial la escena en la que Aitana hace arrodillarse ante la imagen al novio de su hija) y, por supuesto,  la rosa tatuada.

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“La obra empieza hablando de magia y acaba hablando de magia; la magia de la vida”, destaca también Portaceli sobre el texto de Williams. Y ahí están, para defenderla, arropados por todos esos pequeños detalles, dos verdaderos gigantes de nuestra escena: Aitana Sánchez Gijón y Roberto Enríquez. Grandes y con mayúsculas.

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