La guerra civil en un “Laberinto mágico” de tragedia y celebración por una causa justa

Por Horacio Otheguy Riveira

Quince actores sensacionales en el maremágnum de la guerra civil representando a muchos personajes y variadas situaciones. Un tiempo de grandes esperanzas, de ilusiones a brazo partido, de conflictos internos y sórdido final. Un espectáculo de gran audacia y constante dinamismo en torno a la obra maestra de Max Aub, El laberinto mágico. (Estrenada en 2016, realiza gira en 2017: de octubre a noviembre, Alicante, Barcelona, Valencia y Moscú, Rusia).

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Max Aub nació en París, de origen franco-alemán recaló en Valencia y optó por la República y por la lengua castellana. Con ciudadanía mexicana allí murió a los 69 años, en 1972, después de escribir muchas páginas admirables de esas que se pueden releer tan a gusto y con el corazón en la mano y la cabeza en su sitio: emoción y reflexión con mayoría de historias sobre España. Dominó la lengua y amó sus mil y un entuertos que plasmó de manera excepcional en El laberinto mágico, seis novelas atípicas, algunas de ellas antinovelas por su libertad estructural, y todas apasionantes, mechadas de muy buenos diálogos, de personajes de gran riqueza y una voluntad grande de plasmar el conflicto desde sus orígenes hasta la posguerra con la mejor intención posible por parte de un escritor: dar la visión de la vida cotidiana, de la lucha heroica y a veces miserable, con sus luces y sombras, de los republicanos con sus diversas maneras de pensar y sentir.

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El escritor y hombre de teatro José Ramón Fernández se empeñó con gran generosidad en amar, estudiar y analizar semejante caudal de narraciones que cabalgan entre la ficción más espléndida y el periodismo literario más concienzudo, para adaptarlo a unas 10 horas de teatro. El colosal esfuerzo pasó a manos del Laboratorio Rivas Cherif del Centro Dramático Nacional y bajo la dirección de Ernesto Caballero se trabajó el material con un grupo de actores de gran capacidad de trabajo. La reducción fue muy grande: quedó en 2 horas cacheadas con cierta cantidad de público que sugirió cambios, pidió añadidos, que si las novelas, que si estas situaciones o aquellas otras…

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Bella, sensual, encantadora Macarena Sanz presentando a un personaje junto a los de sus compañeros en una magnífica primera parte.

Una experiencia única en España que merece continuidad. Pero, de momento, lo que tenemos es una maravilla de gran complejidad en su contenido, y laboriosa composición teatral, a ratos con altibajos de enganche, pero todo ello brindando un conjunto óptimo, porque además así son las seis geniales novelas de Max Aub: un universo que nunca termina de cerrarse del todo con multitud de historias que se buscan entre la vibrante comunicación de quienes confían en ganar la guerra frente al avance fascista y el acoso y derribo de los golpistas.

Max Aub aúna gran cantidad de datos maquillándolos de ficción, siempre con un afán característico del maestro Jean Paul Sartre con aquello de “Tengo la pasión de comprender a los hombres”. Por faltar faltan muchas cosas, y entre las más importantes ninguna referencia a las Brigadas Internacionales, y es que no estamos ante un mamotreto historicista, sino ante un palpitante testimonio. Por eso los altibajos en carga dramática o acento ideológico se encuentran superados por los aciertos indudables en muchos de los emocionantes pasos de esta cofradía sin dios que llevarse al corazón, en medio de una guerra entre hermanos.

El gran acierto de José Ramón Fernández —y luego del director Ernesto Caballero— consiste en una plasmación del Laberinto mágico en ráfagas, sin ambición de totalidad, ni de resumen.

La selección de situaciones y personalidades funciona muy bien, y cuando no funciona del todo, cuando se cae en un desequilibrio de masas e intimismo también está bien: es lo que produce un sentimiento de fraternal búsqueda de renovadas reflexiones en pos de una mayor comprensión de un fenómeno siniestro, el de la guerra civil, que aún nos persigue en un país con gran cantidad de gente que todavía busca los restos de sus familiares, víctimas de un asesinato masivo, de un terrorismo de estado que fue aceptado por Europa y aún es aplaudido por el partido en el gobierno que se niega a asumir el desprecio por la dictadura franquista, algo único en la UE, después de la Segunda Guerra Mundial, pues la transición “socialista” se negó a juzgar a los criminales de guerra supervivientes.

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Desarrollado en un escenario mucho mayor que la grada establecida para sólo 150 espectadores (en lugar de los 500 habituales) tiene tan gran componente emocional que la puesta en escena de Ernesto Caballero se ocupa bien de tomar distancia brechtiana (como una continuidad de su versión de la reciente Vida de Galileo), entonces los personajes hablan de su vida y de su muerte, luchan, avanzan, saborean una victoria que no llega, mojan sus pies en playas imaginarias, se entregan a una libertad sexual que desborda de placidez y aventura, son fusilados o se suicidan, siempre con el vigor de alcanzar alguna especie de futuro…  Historias cruzadas en las que siempre prevalece la tozudez de la sed de victoria en una causa justa con sus traiciones y sus mezquindades, como cualquier evento humano que se precie, pero con prioridades para la defensa de un mundo nuevo.

Esta singular celebración de la esperanza, incluso cuando ya no la hay, cuenta con un  gran reparto. Actores con quienes los espectadores habituales de teatro nos sentimos a gusto, con un sabor a confortable amistad a través de la creación felizmente compartida. Entre la algarabía de figuras recreadas por todos ellos con diáfana precisión, hay dos veteranos muchas veces aplaudidos, que tienen a cargo personajes muy destacados entre todas las novelas: Alfonso Torregrosa y Chema Adeva, a cargo respectivamente de José Rivadavia y Julián Templado. Desde el mínimo gesto a los textos vocalizados con exquisita calidad, ambos parecen surgidos espontáneamente de la presentación escrita en la tercera novela, Campo de sangre:

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Chema Adeva y Alfonso Torregrosa en la escena de los fusilamientos del 37.

 

Barcelona, 31 de diciembre de 1937

—Un fusilamiento es algo muy desagradable; tres, todavía se pueden aguantar.

— Muy optimista tan temprano.

Sobre el pavés de un mar de acero, en el trocatinte nublo del horizonte, el sol renaciendo como un pezón, y su areola sonrosada. José Rivadavia (juez de la República, toroso y pie plano, alto de color, salpimentado el cabello, las manos cruzadas descansando sobre las posaderas; las aletas del gabán al aire, batiendo el unto de una panza bien establecida) baja, paso ante paso, el recuesto del fuerte de Montjuich contestando a Julián Templado, de estatura no más de mediana, paticojo, miope, bamboche, vedijoso, sentenciero; médico por más señas, mal hablado y amigo de las mujeres: cuanto menos decentes, más.

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El director de la función dando indicaciones en un ensayo.

En definitiva, un trabajo colosal bien recibido por una corriente de público entusiasta, capaz de compartir con todo el equipo la poesía dramática de una derrota, pues de la amargura y el dolor, Max Aub y todos ellos han sabido sacar la fuerza suficiente para rendir homenaje a tanta gente de a pie, que aún hoy sigue luchando para que no vuelva a repetirse. Y a esta altura bueno es recordar la labor de otro hombre de teatro, Juan Carlos Pérez de la Fuente, quien en 1997 estrenó San Juan, de Max Aub (un gran drama que transcurre en el barco homónimo que transportaba refugiados judíos que ningún país aceptaba). Desde entonces, silencio total sobre la obra del autor, hasta que Pérez de la Fuente asumió la dirección del Teatro Español el pasado año y puso su nombre a una de las salas de Matadero, además de facilitar el estreno de dos trabajos extraordinarios: Tengo tantas personalidades que cuando digo te quiero no sé si es verdad y De algún tiempo a esta parte… Es de esperar que estos esfuerzos no queden en el vacío y continúe entre nosotros la viva presencia de uno de los mayores creadores españoles del siglo XX, con esa generosidad tan grande de escoger nuestra lengua y nuestra historia para fortalecer una carrera literaria.

 

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Autor: Max Aub

(Obra integrada por las novelas:  Campo cerrado, Campo abierto, Campo de sangre, Campo francés, Campo del moro, Campo de los almendros)

Versión teatral: José Ramón Fernández

Dirección: Ernesto Caballero

Ayudante de dirección: Víctor Velasco

Intérpretes (por orden alfabético): Chema Adeva, Javier Carramiñana, Paco Celdrán, Bruno Ciordia, Paco Déniz, Ione Irazabal, Borja Luna, Paco Ochoa, Paloma de Pablo, Marisol Rolandi, Macarena Sanz, Alfronso Torregrosa, Mikele Urroz, María José del Valle, Pepa Zaragoza

Músicos: Paco Casas, Javier Cobleimagen_blog_espectaculos_El-Laberinto-Mágico-Max-Aub-superlativo-en-un-teatro4

Música y espacio sonoro: Javier Coble

Escenografía y vestuario: Monica Boromello

Iluminación: Ion Anibal

Fotos: marcosGpunto

Producción: Centro Dramático Nacional

Teatro Valle Inclán. Del 7 de junio al 10 de julio de 2016

Gira en 2017: del 14 de octubre al 11 de noviembre, Alicante, Barcelona, Valencia y Moscú, Rusia.

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