Søren Kierkegaard: “Amar y recordar a un difunto”

Søren Kierkegaard (1813-1855)

Søren Kierkegaard (1813-1855)

«Ah, mucho se habla en el mundo de que el amor debe ser libre; que no se puede amar tan pronto como haya la menor coacción; que respecto del amor no se debe obligar en absoluto. Pues bien, vamos a ver entonces cómo se las compone, al fin y al cabo, el amor libre, cómo se recuerda a los difuntos en el amor; ya que un difunto no le compele a uno en absoluto. Desde luego, en el instante de la separación, cuando uno no puede prescindir del difunto, entonces se grita. ¿Es esto el tan cacareado libre amor?, ¿es esto amor al difunto? Y después, poco a poco, a medida que el difunto se descompone, se va deshaciendo también el recuerdo entre los dedos, sin saber dónde fue a parar; uno se va liberando poco a poco de este arduo recuerdo. Mas ¿será éste modo de liberarse el libre amor?, ¿es esto amor al difunto? Sin duda, el proverbio dice: “A espaldas vueltas, memoria muerta”. Y puede uno estar seguro de que un proverbio siempre dice en verdad lo que acontece en el mundo; otra cosa distinta es que todo proverbio sea falso si se lo entiende cristianamente.

Si fuese cierto todo eso que se afirma acerca de amar libremente, es decir, si eso aconteciera, si se pusiera en práctica y los seres humanos estuviesen acostumbrados a amar de esa manera, entonces los seres humanos amarían también a los difuntos de un modo distinto a como lo hacen. Pero la cosa suele estar, la mayor parte de las veces, en que, en relación con otro amor humano, va incluido algo que compele, aunque no sea más que el verse todos los días y la costumbre, y por eso no es posible ver con precisión hasta qué punto es el amor el que sujeta a su objeto, o si es el objeto el que echa una mano al compeler en una u otra forma. En cambio, en la relación con un difunto todo se pone de manifiesto. Aquí no hay nada, absolutamente nada, que compela. Al revés, el recuerdo amoroso de un difunto tiene que defenderse contra la realidad circundante, no sea que ésta, gracias a impresiones siempre nuevas, consiga poder absoluto para aniquilar el recuerdo. Y tiene que defenderse del tiempo. En una palabra, uno tiene que defender su libertad de recordar contra aquello que pretende compelerlo a que olvide. Y el poder del tiempo es grande. Quizá eso no se note cuando uno está dentro del tiempo, pues el tiempo astutamente le va timando algo a uno cada vez (…). Sí, el tiempo es un poder peligroso; en el tiempo el hecho de volver a empezar es factible de modo bien sencillo, olvidando así dónde se había quedado uno. Por eso, incluso el que empieza a leer un grueso volumen y no se fía verdaderamente de su memoria, pone señales. ¡Oh, sin embargo, cuántas veces no se olvida un ser humano, respecto de su vida entera, de poner señales para tomar buena nota! Y ¿qué diremos ahora de tener que recordar en el decurso de los años a un difunto, ay, cuando él no hace nada por ayudarle a uno? Más bien sí hace algo, o bien al no hacer absolutamente nada, lo hace todo para mostrarle a uno lo indiferente que le resulta. No obstante, las diversas exhortaciones de la vida le hacen señas a uno, y los vivos le hacen señas a uno, diciendo: “Ven con nosotros, que te vamos a querer”. Por el contrario, el difunto no puede hacer señas; incluso aunque lo deseara, no puede hacer señas; no puede hacer nada en absoluto por atraernos hacia sí; ni siquiera es capaz de mover un dedo; yace descomponiéndose. ¡Que fácil para los poderes de la vida y del instante superar a semejante impotente! ¡Ah, nadie hay que esté tan desamparado como un difunto, cuando además su desamparo no contiene ni lo más pequeño de compulsión! Y por ello no hay ningún amor que sea más libre que la obra del amor de recordar a un difunto; ya que recordarlo es algo distinto de no poder olvidarlo en la primera época.

La obra de amor que consiste en recordar a un difunto es una obra del amor “más fiel”

Para comprobar verdaderamente si el amor que hay en un ser humano es fiel, hay que eliminar todo aquello que contribuya a que el objeto pueda ayudarlo de alguna manera a ser fiel. Ahora bien, todo esto precisamente desaparece en la relación con un difunto, ya que éste no es ningún objeto real. Si a pesar de todo el amor continúa, entonces se trata del más fiel. Con bastante frecuencia se habla de la falta de fidelidad en el amor entre los seres humanos. Así, se echan la culpa unos a otros diciendo: “No fui yo el que cambió, fue él quien cambió”. ¡Sea! Y ¿qué más? ¿Te mantuviste tú entonces sin cambiar? “Claro que no, era una consecuencia natural que yo también cambiase”. No queremos ahora dilucidar aquí la enorme falta de sentido que entraña esta presunta consecuencia natural, la cual permite concluir de una manera lógica que yo cambio porque otro cambia. No, aquí estamos hablando de la relación con un difunto, y aquí sí que es claro que no puede haber discusión acerca de si fue el difunto el que cambió. Por tanto, si se produce un cambio en esta relación, tendré que ser yo el que ha cambiado. Por esta razón, si deseas comprobar si amas de manera fiel, presta atención a la manera en que te relacionas con un difunto.

Pero el problema está en que es una tarea verdaderamente difícil mantenerse invariable en el tiempo. Y, además, lo que los seres humanos aman es engañarse a sí mismos en toda clase de quimeras, más de lo que aman a vivos y muertos juntos. ¡Oh, cuántos habrá viviendo en la firme convicción, por la que apostarían la vida, de que si el otro no hubiese cambiado, también ellos habrían permanecido invariables! Ahora bien, ¿es esto así? ¿Realmente se mantiene invariable cada uno de los vivos en la relación con un difunto? ¡Ay!, quizá no haya ninguna relación en que el cambio sea tan notable, tan grande, como el que se da en la relación entre un vivo y un difunto, mientras que es indudable que no es el difunto el que ha cambiado.

Cuando dos vivientes se mantienen unidos en el amor, el uno retiene al otro y la unión a ambos. Mas con el difunto es imposible toda unión. En el primer instante posterior a su muerte, quizá pueda afirmarse todavía que lo retiene a uno; es una secuela de la unión y, por eso, también suele ser lo más frecuente, lo corriente, que se le recuerde también durante esta época; pero con el transcurso del tiempo, deja de retener al vivo, y la relación cesa, a no ser que el vivo lo retenga.

Y ¿qué es la fidelidad? ¿Es acaso fidelidad que otro me retenga? Cuando la muerte, pues, separa a dos, en un primer momento el superviviente fiel se afirma en la postura de que “él no olvidará al muerto jamás”. ¡Oh, qué imprudencia, pues, en verdad, un difunto es un hombre astuto cuando se habla con él, sólo que su astucia no es como la de aquel de quien se dice: “¡Mal te verás para tomarlo donde lo dejaste!”, ya que la astucia del muerto consiste cabalmente en que por nada se le pueda apartar de allí donde se le puso! A menudo está uno tentado de creer que los seres humanos se han hecho a la idea de que a un muerto se le puede decir poco más o menos lo que a uno se le antoje, considerando que está bien muerto, no oye nada y nada responde. Y, sin embargo, ten muchísimo cuidado, el mayor posible, con lo que dices a un difunto. Porque quizá puedas decir a un vivo con toda tranquilidad: “Nunca te olvidaré”. Casi seguro, al cabo de algunos años, que los dos habréis olvidado felizmente todo, y cuando menos, sería rarísimo que tuvieras tan mala suerte como para tropezarte con uno que fuera menos olvidadizo. Pero ¡ten mucho cuidado con cualquiera de los difuntos! Pues el muerto es un hombre concluido y resuelto; no está, como todos nosotros, de aventura, en la cual podemos vivir muchos sucesos estrafalarios y olvidar dieci­siete veces lo que dijimos. Cuando le dices a un difunto: “Nunca te olvidaré”, es como si él te respondiera: “Bien, puedes estar seguro de que yo nunca olvidaré esto que has dicho”. Y aunque aquellos que más se compenetran contigo te aseguraran que el muerto lo ha olvidado, nunca lo oirás de boca del muerto. No, él va a lo suyo, mas no cambia. A un difunto no le podrás decir que ha sido él quien se ha ido haciendo viejo, y que ésa es la explicación de que tu relación con él haya cambiado, ya que un difunto no envejece nunca. A un difunto no le podrás decir que ha sido él quien en el transcurso del tiempo se ha ido enfriando, ya que él no se ha enfriado más de lo que estaba, cuando tú eras tan cálido; ni tampoco que ha sido él quien se ha vuelto más repugnante, y que por eso ya no puedes seguir amándole, ya que esencialmente no se ha vuelto más repugnante que cuando era un hermoso cadáver, el cual tampoco es objeto apropiado de la pasión amorosa; ni tampoco, que ha sido él quien se ha liado con otros, ya que un muerto no se lía con otros. No, ya sea que pretendas volver a empezar donde os habíais quedado, como que no lo pretendas, un difunto vuelve a empezar con una exactitud puntualísima justo donde os habíais quedado. Pues un difunto es, aunque no lo parezca, un hombre fuerte: posee la fuerza de la inmutabilidad. Además, un difunto es un hombre orgulloso. ¿No te has fijado en que el orgulloso precisamente en la relación con aquel a quien desprecia más profundamente es donde más se esfuerza por no dejar que nada se trasluzca, por parecer enteramente inalterado, actuando como si nada, abandonando así al despreciado mientras se hunde cada vez a mayor profundidad? Porque el orgulloso solamente respecto de aquel por quien siente cariño está dispuesto a hacerle ver su injusticia, su equivocación, ayudándole así a dirigirse hacia lo justo. ¡Ah, pero un difunto…! ¿Quién como él es capaz, de manera tan orgullosa, de no dejar traslucir absolutamente nada, aun cuando desprecie a un vivo que le olvida y olvida las palabras de despedida? Sin lugar a dudas, ¡un difunto lo hace incluso todo para que se le olvide! El muerto no se llega hasta ti haciéndote recordar; no te mira al pasar; nunca te topas con él. Y si te topases con él y lo vieses, entonces en sus gestos no habría nada involuntario que pudiera delatar contra su voluntad lo que él opina y juzga acerca de ti, ya que un muerto tiene un total dominio sobre su rostro. Ver­daderamente que haríamos bien en guardarnos de conjurar a los muertos a la manera del poeta, y traerlos así a la memoria. Lo más aterrador consiste cabalmente en que el difunto no deja traslucir absolutamente nada. Por eso ¡teme al difunto, teme su ingenio, teme su resolución, teme su fuerza, teme su orgullo! Pero si lo amas, entonces recuérdalo amorosamente, y no tendrás ningún motivo de temor; así aprenderás del difunto, y cabalmente en cuanto difunto, el ingenio en el pensamiento, la resolución en la expresión, la fuerza en la inmutabilidad y el orgullo en la vida; cosas que no podrías aprender así de ningún ser humano, ni siquiera del más poderosamente dotado.

El difunto no cambia; es impensable ninguna posibilidad de disculpa echándole toda la culpa a él; luego él es fiel. Sí, es la pura verdad; claro que él no es ninguna realidad, y por esta razón no hace nada, absolutamente nada, por retenerte; lo único que hace es no cambiar. Por tanto, si en la relación entre un vivo y un muerto intercede algún cambio, no puede caber ninguna duda de que es el vivo el que ha cambiado. Por el contrario, si no intercede ningún cambio, entonces es el vivo el que verdaderamente ha sido fiel, fiel recordándolo amorosamente, ¡ay!, mientras él no podía hacer nada por retenerte; ¡ay!, mientras él lo hacía todo como para darte a entender que se había olvidado de ti por completo y de lo que le habías dicho. Ya que ni siquiera aquel que realmente ha olvidado todo lo que se le ha dicho puede, como lo hace el difunto, expresar con mayor resolución que eso está olvidado; que toda relación en él está enteramente olvidada, que está olvidado todo asunto con él.

De esta manera, la obra del amor que consiste en recordar a un difunto es una obra del amor más desinteresado, más libre y más fiel de todos. Conque ve a practicarlo; recuerda al difunto, y aprende cabalmente con ello a amar a los vivos desinteresada, libre y fielmente. En la relación con un difunto tienes la escala con la que puedes medirte. Quien utilice esta escala podrá abreviar con facilidad la prolijidad de las situaciones más embrolladas, y aprenderá a sentir asco de todo ese cúmulo de disculpas que la realidad tiene, de ordinario, rápidamente a mano para informar de que es el otro el que es el interesado; el otro, el culpable mis­mo de que se le olvide porque nunca se hace recordar; el otro, el que es infiel. Recuerda al difunto y así tendrás, además de la bendición, que es inseparable de esta obra del amor, tendrás además el mejor manual para comprender la vida como es debido: que es nuestro deber amar a los seres humanos que no vemos, pero también a aquellos que vemos. El deber de amar a los seres humanos que vemos no puede cesar porque la muerte los separe de nosotros, ya que el deber es eterno; ahora bien, el deber que tenemos con los difuntos tampoco puede separarnos de tal manera de aquellos que más se compenetran con nosotros, que éstos ya no sean objeto de nuestro amor».

(Fuente: “Las obras del amor” -“La obra del amor que consiste en recordar a un difunto” (fragmento)-, Søren Kierkegaard, Ed. Sígueme)

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