Un fantasma en mi escuela

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Por Eric Esley.

librosTodos nos dimos vuelta a la vez, como si hubiéramos escuchado el choque de un auto o alguien hubiera pedido auxilio desde la calle. Necesitábamos confirmar nosotros mismos las palabras de la profesora, incluso cuando nadie de los presentes creyó en la noticia en primera instancia. Entonces la vimos. Sentada en una esquina alejada del curso, usando un buzo grueso y oscuro en pleno diciembre mendocino, callada y sin molestar a nadie, estaba ella, Alejandra, tan inmóvil como la injusticia. La vimos en ese momento y para siempre, y nunca más se borró de nuestras memorias.

Ella no lo notó, pero siete personas la observaban por detrás, mirándola sin poder creer, concentrados en su figura como quien ve el momento culmine de una película. Nadie se animó a mover un musculo. Nos quedamos helados, sin poder asimilar lo que estábamos viendo, esperando la explicación que nunca íbamos a tener.

Para ella era un día normal; se había quedado dentro del curso como era su costumbre en los recreos, sentada en su banco sin molestar a nadie, sola en el inmenso mundo que había construido con su enorme imaginación de introvertida, y ni siquiera parecía emocionada por estar viviendo el último día de clase. Tan absorta estaba del mundo que no sintió ninguno de los catorce ojos mirándola desde fuera del curso, los cuales parecían querer penetrarla y adentrarse dentro de ella para saber por qué, cómo había sucedió, qué pudieron haber hecho para impedirlo. Nada de eso le importaba. Alejandra, simplemente, ajena a nuestra conmoción y al mundo en general, esperaba en silencio el final del recreo, como había hecho todos los días de ese último año de escuela, pacientemente.

Alejandra era una chica inolvidable. Tímida al extremo, siempre hablaba como si estuviera pidiendo permiso y se presentaba con los extraños como si un pollito asustado, pero eso no le impedía ser encantadora para quien sabía esperar a que se destrabe socialmente. Luego, cuando entraba en confianza, no se guardaba sonrisas para con los demás y sacaba a relucir su asombrosa habilidad de contagiar alegría a quién cambiara un pensamiento con ella. Era hija única de una pareja de personas mayores. Vestía remeras de Evanescence, que por esa época era una banda muy popular, y siempre complementaba su atuendo con ropas negras y tachas. Eso era gracioso, porque la oscuridad de sus prendas de vestir contrastaba con la extrema blancura de su piel, que era tal que hasta podía ser la cara de una marca de jabón de ropa. Hablaba de misterios y de eventos paranormales con un entusiasmo y una convicción tan grande que hasta el más furioso escéptico de lo sobrenatural hubiera deseado que todas esas fantasías fuesen reales, solamente para no tener que ver a la niña con los ojos caídos y el corazón desilusionado. Tenía su pieza empapelada de sus bandas favoritas, fiel reflejo de su pasión por la música, y era una convencida del buen espíritu de las personas, aunque, según ella, ni siquiera las malas personas sabían todo lo bueno que eran en su interior. Era un ser irrepetible, y recién a esta edad uno se da cuenta lo difícil que es encontrar alguien así.

Yo no sólo la conocía desde que entré a la escuela, hacía dos años atrás, sino que había ido a su casa y hasta compartí varias charlas con ella. Fue gracias a Gabriel, uno de mis dos mejores amigos en ese colegio y quien era novio de ella por aquella época, que tuve la oportunidad de conocerla fuera del ámbito escolar. Eso nos dio algunas juntadas ocasionales. Pero al cabo de una temporada terminaron cortando y, como suele suceder cuando se inicia una relación en un determinado contexto y eso prefija el registro del trato, luego fue imposible retomar una amistad solo nosotros dos.

La conocí en el penúltimo año de escuela. Por suerte para mí, ese año y el siguiente pasaron en un abrir y cerrar de ojos, y en menos tiempo de lo pensado estaba viviendo el último día del último año de escuela. Esperé con ansias ese momento, contando los segundos que faltaban para tener la seguridad que nunca más iba a tener que pisar ese insoportable calvario llamado escuela, el lugar donde el asco de aprender se hace virtud y los poetas se terminan trasformando en empleados públicos. La felicidad hubiera sido acorde al deseo de la espera, que por ese entonces era tan grande que hasta pensaba celebrar quemando todas las intuiciones escolares a las que fui en Mendoza, pero la noticia de la profesora me cambió el humor de forma súbita. Ella nos reunió a mis compañeros y a mí cuando salíamos del curso en el último de nuestros recreos y nos alejó un poco del aula para que nadie más escuchara lo que nos iba a decir. Le hicimos caso. Nos quedamos en el pasillo, al lado de la puerta de entrada del curso, esperando su anuncio para poder salir al patio y celebrar el fin de una época.

—Chicos, saluden a la Ale— nos dijo —desde mañana, va a estar internada en el hospital por anorexia crónica—

Entonces nos dimos vuelta y observamos a Alejandra a través de los enormes ventanales que hacían de pared en el curso, y la vimos de perfil, tan nítida que parecía irreal.

Estaba sentada en su banco de siempre, jorobada como si no pudiera aguantar su propio peso y con los brazos tirados en el pupitre. Las facciones de la cara eran esqueléticas, lejos de los gestos risueños y las mejillas rosadas que hacia resplandecer cuando sonría. El enorme buzo negro contrastaba con la insoportable delgadez de sus muñecas. Sus labios secos, sus ojos sin vida y su espalda doblada hacia delante, daban la impresión de poseer cuerpo en descomposición, a punto de empezar a podrirse. Miraba a la pared con la boca entreabierta, absorta de todo, con la mirada vacía.

Al igual que uno siente las sensaciones del pintor cuando ve un cuatro que lo conmueve, sentí, apenas la vi, todo lo que tuvo que pasar aquella niña para llegar a tener esa figura desfigurada por la enfermedad, casi como si fuera una revelación de algún Dios: sentí las noches de llanto en su cama, la angustia de estar rodeada por un grupo de personas gritonas ignorándola todos los días en todo momento, la culpa de no sentirse deseada por nadie, una oscura tristeza abrazando las esperanzas de un futuro mejor.

Por mi parte, y a diferencia de mis compañeros que parloteaban como viejas de barrio, quedé mirándola sin hacer comentario alguno, duro como una roca, quizás porque recién ahí entendí que las palabras tienen significado solo cuando son usadas en el momento justo.

Era una escena de una película de terror. Pero lo que más nos alarmó no fue el hecho de estar viendo a nuestra compañera deformada por una enfermedad hasta parecer irreconocible, sino que habíamos pasado todo un año encerrado en el mismo curso con ella y nadie se percató de su trasformación. Nadie le habló, nadie la saludó. Nadie siquiera se dignó a mirarla en todo un año de cursada. Pasó todo un año marchitándose como una flor en el desierto, consumiéndose lentamente en cuerpo y en alma, mientras nosotros, sus compañeros, hablamos todos los días alrededor de ella sobre nuestros propios problemas. Después entendimos que solamente una palabra hubiera podido reducir aunque sea un poco su estado de deterioro, una sola palabra, la cual nadie dijo.

Me hubiera gustado saber cómo fue su internación, conocer cómo iba a ser su lenta recuperación hasta volver a ser la misma niña risueña de antes, pero al poco tiempo del altercado me fui a vivir a Buenos Aires y no solo perdí contacto con ella, sino con todos mis conocidos. Por algunos años no volví a saber de nadie que representara mi pasado en aquella provincia; me escapé de Mendoza como quien pide permiso para salir de la cárcel. Lo que sí, jamás olvidé sus charlas y siempre tuve la esperanza que, algún día, cuándo volviera de vacaciones a mi ciudad natal, restablecería todas las relaciones que destruí al irme de forma tan estrepitosa.

Pasaron los años y de a poco fui recuperando mis amistades en tanto mediante mis viajes a Mendoza se hicieron más seguidos. También con ella intenté contactarme más de una vez, pero los años entierran las relaciones más profundas de lo que uno cree y al final uno termina por no encontrar una pala tan grande para recuperarlas a todas.  

Al que sí volví a ver fue a Gabriel. Lo encontré en una de las muchas calles que recorríamos cuándo nos rateábamos de chico. Me contó las novedades al segundo de haber entablado la conversación; me dijo que él se había vuelto un consumado músico, que seguía tocando con Carajo y Almafuerte cuándo venían a Mendoza, que había recuperado la relación con su madre y que había vuelto a noviar con Alejandra, poca antes de que ella muriera de anorexia, hacía una semana. Para entonces pesaba veinticinco kilos. Dejó de responder a los medicamente de los doctores y su metabolismo no pudo procesar las vitaminas de los alimentos; abrió las puertas de su organismo para que cualquier enfermedad entrara en ella e infectara sus órganos. Sus ancianos padres, que hasta el final guardaron las secretas esperanzas de verla recuperada, vieron como extraños de batas blancas, miradas distantes y manos huesudas, desnudaron y manosearon a su pequeña niña frente a de sus ojos, pasando a tener luego la trabajosa tarea de enterrar el cuerpo sin vida de su única hija. Cuando en realidad ella tenía la edad perfecta para dormirse todas las noches escondiendo una cálida sonrisa entre las sabanas, anticipando para su futuro un montón de viajes a países lejanos, un sinfín de amores apasionados y una hermosa vejez tomado de la mano junto a su verdadero amor, Alejandra cerró los párpados para siempre en la solitaria cama de un hospital público, con una mueca de insoportable angustia en el rostro, preguntándose hasta el final por qué el mundo había sido librostan injusto con ella.

Adiós, Alejandra. Perdón por haber tardado tanto en escribirte. Estoy seguro que ahora, por fin, debes estar volando feliz.

_ eric.esley@gmail.com

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4 respuestas a Un fantasma en mi escuela

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    Marilu
    19 julio 2016 at 21:15 pm

  3. mattiasOm du läser hela disskutionen här så får du ett svar på vad vi tänkte med. Angående ditt påstående om att vi är den löjligaste supportergrupperingen i Sverige så får det stå för dig. Vi kommer göra allt vi kan för att motbevisa dig!

  4. Penso que deve ser um livro deveras interessante e instrutivo , que nos ensinará a fazer refeições saudáveis ,pois a maior parte de nós não sabe comer ! Parabéns CLOSE-UP !!!

    everest national
    20 mayo 2017 at 18:47 pm

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