Ley matinal, de Isabel Moreno García

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Por Ana Prieto Nadal.

Isabel Moreno García

Plaza y Valdés

Madrid, 2016

94 páginas

9788416032860“Siento que ahí está el lenguaje, esperando como un exceso a punto de concretarse. Entonces aflora la tentación de no dejar inédito el susurro de las cosas para seguir explorando la invisibilidad de las palabras adheridas a su superficie. Todo está lleno de dioses, de vocablos, de frases reacias a subsumir el caos como estigma del dolor”.

Isabel Moreno García se dio a conocer como escritora con Pasos (Plaza y Valdés, 2013), una colección de microrrelatos de apenas un centenar de páginas que “aspira a la liviandad”. Compuesta de retazos de encuentros fortuitos, impresiones y recuerdos,  Pasos se consagra a la búsqueda y captura de “momentos que condensan la totalidad de una experiencia […] instantes delicados en los que cuaja y se cierra el destino de una situación”. En esta primera obra, que invita a la contemplación y al arrobo, se perfila una voz autoral que, diseminada en instancias narrativas diversas, “al margen del ruido y las palabras vacías”, se abre paso por imágenes y visiones amadas: cafés antiguos, jardines botánicos, mujeres bajo la lluvia o junto a un río, niñas en los columpios, álbumes de fotografías antiguas y descoloridas, las azoteas, los museos, la niebla, educados desencuentros y separaciones, fugaces epifanías, correspondencias cuidadosas y esmeradas. La lectura y la escritura, pero también la conversación franca y respetuosa, abierta a la sorpresa y al misterio, se conciben como travesías reparadoras, capaces de recoger “el eco de una alegría que tienta desde el recuerdo”.

También Ley matinal (Plaza y Valdés, 2016) destaca por la delicadeza con que se retrata la sencillez de los ritos cotidianos y los pequeños gestos reveladores. Esta nueva entrega de ficciones breves, con títulos tan sugerentes como “El rostro espera”, “Miniatura”, “Daimon”, “Volver la vista al cielo”, “Fuga cromática” o “Linde”, remite a un yo plural y ficticio que aun así delata la continuidad de la voz autoral. El estilo se caracteriza por un lirismo sutil, nada aparatoso ni afectado, que se abre paso a través de una adjetivación medida y discreta, sutilmente denotativa, en evocaciones de una depurada belleza. Sin la menor voluntad de apabullar ni epatar con imágenes, la escritura de Moreno García trasluce una indisimulada pasión, procedente de la poesía, por la palabra exacta, y crea un efecto de ingravidez por cuanto, más que incidir, sobrevuela las relaciones y modos humanos para detenerse, fijándolos, en un gesto o una mirada.

Una serena dicha de estar vivo se esparce por estas páginas, que consignan y evocan confluencias aparentemente insignificantes: conversaciones generosas que se atesoran en el recuerdo; trayectos compartidos con personas desconocidas; amistades del pasado que no llegan a reconquistarse porque se pierden en prisas y afectaciones; el llanto de un niño como una llamada de atención sobre el dolor que se arremolina y cierne, inescrutable, sobre los otros —“en la atención que podemos conferir al mundo, un gemido infantil nos hace concebir la vibración del sufrimiento ajeno”—; visiones de duermevela que tienen la nitidez de un paisaje contemplado, etc. Dándole relieve y transcendencia a los detalles cotidianos y a los encuentros fugaces, siempre en la intersección con el otro, que se cierne como misterio y promesa, Moreno García entona un sobrio canto a la vida, y reivindica la literatura como un modo de indagación de lo que permanece oculto.

En el relato “Que llegue la hora”, se nos dice que “Cada cita posee el hechizo de una improvisación, pero hay unos minutos al inicio que nos embriagan de una posibilidad insospechada”. Un poco eso es lo que ocurre con las narraciones de Moreno García, que nos abren el apetito sin llegar a colmarlo. Caemos rendidos ante el sortilegio de su escritura luminosa y contemplativa, pero querríamos que se nos permitiera transponer esos umbrales dorados y profundizar en la experiencia. Se mantiene, respecto de Pasos, el tono íntimo, y se incrementa la precisión de las imágenes abstractas. Como en la primera obra, se persigue aquí la mostración de instantes de percepción privilegiada, “ofrendas del mediodía” y “epifanías de su vida cotidiana” que nos reconcilian con el presente. Se diría que Ley matinal, más vitalista y sentenciosa, empeñada en arrancarle destellos a cada pequeña situación, sólo admite transitar por la esperanza. Desde su título mismo, la obra se reivindica como la plasmación de aquella disposición emocional y perceptiva que, interferida aún por jirones de sueños recientes y remembranzas e intuiciones de duermevela, enfrenta con gratitud lo que vaya a deparar el nuevo día.

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2 respuestas a Ley matinal, de Isabel Moreno García

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