Tandil y la terminal

Terminal de tandilEl mesero tenía cara de no querer estar ahí. El bar de la terminal de ómnibus de larga distancia de Tandil no cierra nunca. Puede parecer obvio, pero en las ciudades medianas y pequeñas del interior de la provincia de Buenos Aires todo cierra a la noche excepto, probablemente, ese bar. Y la noche puede ser tanto la una de la mañana como, si es un pueblo chico, las once de la noche. El mesero trata de no mirarme para no tener que atenderme, pero mis gestos con la mano lo obligan a moverse.

Tandil para estas fechas es uno de los lugares más fríos de la Argentina, a pesar de estar en la franja central del país. En un agosto frío la ciudad puede alcanzar temperaturas de hasta 11 grados bajo cero. Llegar a la terminal de ómnibus de Tandil a las 5:30 de la mañana puede ser un problema serio. La espalda del edificio, la que da al lugar donde estacionan los transportes, es una pared vidriada de más de cinco metros de altura por cincuenta metros. Las puertas, falseadas, son como ráfagas polares que penetran la ropa. La mala salud baja los brazos en aquel salón de espera a la madrugada.

La gente usualmente avisa que llega a esa hora y un familiar lo pasa a buscar. Las esperas son breves y el que espera camina o se mueve. Pero si fuere el caso como el mío donde recién me esperaban a las 8 am, lo aconsejable es entrar a ese bar que nunca cierra y pedir un café atrás del otro. Yo cometí el error de aburrirme, y por eso molesté la abulia del mesero que me cobró con una forzada simpatía y desapareció enseguida para evitar ser reconocido por otros clientes. Pensé que era mejor tener frío que estar aburrido, pero me equivoqué.

El hombre que limpia los vidrios gigantescos de la terminal lo hace a esas horas. Yo lo vi. Es un hombre común que, aparentemente, está acostumbrado al ardor del hielo en el aire. Lo acompañan dos perros, sin embargo yo descreo que sean suyos, y apuesto a que viven en la terminal. No tenían un cuero extraordinariamente grueso, ni grandes pelajes, sino que eran perros comunes pero que curtirían cualquier emoción en el desamparo que los cobija día tras día. El frío duele menos cuando la soledad lo ocupa todo. El hombre que limpia los vidrios lo hace a una velocidad admirable. No sé cómo hará para limpiar los paños de más arriba, no veo que traiga escaleras o ascensores móviles.

Hoy afuera hace 4 grados, pero debe haber mucha humedad porque el frío corta. La neblina es tan densa que no se ve a media cuadra. Mis planes de salir a caminar hasta las 8 am desaparecen frente a esa nubosidad gris que hace más negra una madrugada que ya debería empezar a mostrar alguna luz.

Finalmente un celeste mortuorio comienza a ganarle a la cerrazón, pero el frío me está reventando los huesos, y suena mi teléfono. Son las 7:30, me pasan a buscar antes. Así debe sentirse cuando nombran por la radio los números del billete de lotería que nos temblequea en la mano. Me subo al auto y calentito me alejo, pero soy consciente de que mañana nuevamente el frío picaneará a los cautivos pasajeros con sus ráfagas heladas hasta subirles la fiebre. Y yo no voy a hacer nada por ellos.

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