‘Solo pido un poco de belleza’, de Bru Rovira

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Por Ricardo Martínez Llorca

Solo pido un poco de belleza

Bru Rovira

Ediciones B

Barcelona, 2016

250 páginas

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Existe, aunque parezca una paradoja, la estética de los desamparados. Chaplin la convirtió en un humor muy serio, sobre todo en su mejor película, La quimera del oro. Kapuściński la elevó a los altares de la divulgación periodística, de los mejores reportajes, y creó una escuela a la que pertenece Bru Rovira (Barcelona, 1955); su Áfricas le pisa los talones a Ébano. Sin embargo, el hábito del reportero, encumbrado en el reportero del Tercer Mundo y mayormente de África, como Rovira, es cuestionable y, de hecho, es cuestionado en esta obra por un inmigrante chadiano: ¿cómo es posible que un paracaidista que apenas cae en el Chad durante unos días pueda hacerse oír como si fuera un especialista, con más contundencia de la atención que prestaríamos al africano? Ser africano es algo más que una profesión. Eso le reclaman a Bru Rovira, y por eso en lugar de viajar hasta el corazón de las tinieblas, en esta ocasión lo busca, con muchísima ternura, aquí, en la puerta de al lado.

Solo pido un poco de belleza es un homenaje a la vida, protagonizado por los humillados y ofendidos que nos habitan. A no ser que hagamos de nuestra piel una frontera. Con mucho oficio, con pinceladas breves y precisas, Rovira nos presenta a un grupo de alcohólicos con los que establece un quid pro quo: ellos le hablan de su vida, agarrados a la barra del bar, y él les cuenta sus viajes por África. Pero la grabadora que media entre ellos, durante los registros de voz solo conserva la humanidad que existe en cualquiera de los brotes anímicos que escuchamos. Todos ellos justifican la vida, o el haber vivido, en minúsculos instantes de felicidad, que son aquellos en los que amaron.

Rovira parte de un personaje central, un inmigrante italiano, antiguo legionario, a partir del cual concatena sus crónicas. El efecto es expansivo. Este personaje posee un don de liderazgo alrededor del que se reúnen más perdedores, más amores frustrados. Y poco a poco vamos alejándonos de él, aunque nunca terminamos de cortar el cordón umbilical que Rovira propone como nexo de unión entre el lector y el texto, y nos adentramos en la vida de la mujer rumana que cuida a ancianos, o en la neurosis de seres volátiles a los que se enterrará sin lápida o que tratarán de suicidarse bebiendo alcohol. No cesamos de pasar de la precisión de la culpa a la redención mediante el reencuentro con la dignidad. Tal vez esa sea la única interpretación que merece la pena de la parábola del hijo pródigo. Rovira se empeña en comprobar que la miseria del alcohol no es incompatible con el espíritu del poeta, y que no basta con las buenas voluntades, pues son armas romas contra el filo de los giros del planeta. Rovira no es el primero en ser consciente de la misión de dar voz a quien no la tiene como objetivo del escritor. Pero es, seguro, uno de los que mejor saben interpretar esa música. De hecho, es de los pocos capaces de encontrar música en esa labor.

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