Sonata a Kreutzer, de Lev Tolstói

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Por Rubén Angulo.

sonata-a-kPero amarse toda la vida, vamos, señores, afirmo que no se da más que en las novelas y que es un cuento para niños. Amar a una persona toda la vida es afirmar que una vela puede dar luz eternamente.

Quizás sea esta la tesis que da origen a Sonata a Kreutzer, a partir de la cual Tolstói discurre acerca del matrimonio, el sexo, los celos o el amor. Pero, ¡ojo!, que al mismo tiempo que desbarra nos atrapa, nos enreda en una trama que no deja de ser la excusa de Tolstói para explayarse a gusto.

No es más que una impresión, que me la ha dejado honda, y muy grata, esta pequeña novela del maestro ruso.

Comienza por el final. De manera espontánea se inicia la típica conversación en el compartimento de un tren, acerca de los tiempos que corren… Entonces Tolstói introduce la cuestión del matrimonio. Algunos pasajeros opinan, la conversación se torna interesante, pero parada tras parada se va vaciando el compartimiento hasta que solamente quedan dos pasajeros, Poznysev, protagonista único y narrador que hila la historia porque, en definitiva, la novela es la historia de su vida.

A mi parecer, Tolstói inventa una buena excusa para poner sobre la mesa sus ideas sin hacerlas cien por cien suyas. Quizás, hoy, sería insuficiente y exigiríamos una estructura narrativa menos imperfecta, pero, como dice Edith Wharton, “en cuestión de crítica literaria las modas cambian con la misma rapidez que en el vestir”.

Digamos que, desde el punto de vista moderno (y repito que ni soy, ni lo pretendo, experto en literatura), se exige que el narrador aporte más verosimilitud. Poznysev nos cuenta su vida sin apenas pausa mientras el narrador permanece callado y, solamente rara vez, apostilla lo ya dicho para dar pie a nuevos argumentos. Nos queda claro bien pronto que lo único que importa es el transcurrir de los acontecimientos y las reflexiones de nuestro buen Poznysev, aunque hoy nos parecería increíble que hablara sin la participación de su interlocutor. De alguna manera me recuerda al Marlow conradiano cuando, por ejemplo, en El Corazón de las tinieblas un grupo de marineros escucha sin chistar dejándose contar la legendaria historia de Kurtz.

Pero, obviando detalles, la historia nos parece creíble y la seguimos perfectamente en su transcurrir, arrebatados cuando Poznysev le dice a su interlocutor:

―Entonces, ¿quiere usted que le cuente mi vida?

Y comienza el formidable ataque a la institución del matrimonio, articulado en la vida de Poznysev de forma sistemática hasta un clímax criminal que ya conocemos porque es público y porque el mismo Poznysev lo confiesa desde el inicio. Primero habla de los jóvenes que atraviesan la pubertad y la adolescencia, a través de un reflejo de la sociedad de su tiempo, la prostitución, la hipocresía que lo encubre todo.

Los 10 mandamientos son para recitarlos delante de los curas.

Cualquier reflexión de Poznysev es tan discutible como razonable. No sale en defensa de las prostitutas, pero las iguala al resto:

Nos hallamos sumidos en un abismo tal de embustes, que es necesario, para que nos enteremos de la verdad, que nos caiga una teja sobre la cabeza.

Si comparáis a esas desventuradas con las mujeres de la clase más elevada, ¿qué veis? Los mismos tocados, actitudes uniformes, perfumes semejantes, escotes idénticos: brazos al aire y pechos al descubierto…

Unas y otras sólo buscan la atracción. Diré claramente que la mujer que cae sólo por interés, es despreciada de todos… la que peca toda la vida obtiene el respeto general.

Es aquí cuando veo la utilidad del narrador desconocido, y de Poznysev, para evitar la identificación de Tolstói con la extraña, ¡y aguda! filosofía que vierte en la novela.

Las jóvenes semejan la mercancía de un almacén en que los hombres tienen la entrada libre para escoger a su gusto. Las muchachas esperan allí, reflexionando interiormente y sin atreverse a decir en voz alta:

“¡Escójeme a mí, querido, y no a esa otra! ¡Mira mis hombros y todo lo demás!”

La exageración le viene pintiparada para seguir explorando. Llega a comparar la actitud de la mujer con la de los judíos:

“Nos permitís que nos dediquemos al comercio? De acuerdo; pues, por medio de los negocios, llegaremos a dominaros”, dicen los judíos.

“¿No queréis ver en nosotras más que un objeto sexual? Sea, pues por los sentidos os haremos nuestros”, dicen, a su vez, las mujeres.

La desgracia de nuestro protagonista Poznysev le lleva a desarrollar una extraña filosofía del amor en la que incluso cuestiona la perpetuación de la especie, a favor como quien dice de la propia extinción del hombre

Luego habla de la luna de miel, de los hijos, de la lucha por el dominio entre hombre y mujer, ¡de los celos!

Qué más decir, llenaría varias páginas con sorprendentes citas de la novela. ¡A qué esperáis para leer a Tolstói!

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