‘Cada día es del ladrón’, de Teju Cole

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Por Ricardo Martínez Llorca

Cada día es del ladrón

Teju Cole

Traducción de Marcelo Cohen

Acantilado

Barcelona, 2016

142 páginas

 

“La gente ha aprendido a no preguntar”.

teju-coleEsa es, posiblemente, la frase clave de este libro en el que Teju Cole (Michigan, 1975) viaja a Nigeria con cierta ingenuidad, como si uno pudiera extraer de una visita la construcción de su identidad. Como si uno se pudiera ver reflejado en algún detalle escondido, que estuviera aguardándole a él. Confiando en que el azar, ese único dios razonable a juicio de Camus, desenrede la madeja. Y lo que se encuentra, en sus vínculos con las personas, es esta versión del río de Heráclito: antes la gente se relacionaba de otra manera. Ahora ni se atreven a pedir la hora. Sobre todo, por el riesgo de mostrar el reloj.

Teju Cole siente un poco de destrucción en su relación con el Tercer Mundo. Pues Nigeria tiene mucho en común con cualquier lugar en vías de desarrollo –espantoso eufemismo-, especialmente con los africanos. Y lo que siente es que allí todo es absurdo, que cualquier engranaje funciona sobre cimientos absurdos. En primer lugar porque es absurdo que exista esa pobreza. En segundo por el miedo al ladrón. La hipótesis sobre la que estudia su viaje es que la pobreza conduce a sujetar esquinas, que el mal ocio transforma a Caín y Abel en timadores, que cualquiera que disponga de un cierto poder aunque sea sobre un minuto de tu tiempo te sacará los cuartos, pues la marginación es consecuencia de la corrupción. O es la serpiente devorando su propia cola. Cualquier tipo de estafa está a la vuelta de la esquina: entre los policías, en los ciber-cafés o en quien tiene que poner un sello en el pasaporte.

Así es como Cole va volviéndose más y más triste, porque la tristeza es un sentimiento gemelo del miedo. Podríamos hablar de un estado fallido como causante, si bien desde Montequieu para acá cabe dudar de que exista un estado no fallido. Podríamos centrarnos en esa forma de vida que es la supervivencia, igualando la violencia de la misma con la ley de la selva. Aunque Cole presta más atención al país como museo de los desolados y escruta las líneas de privilegio. A las pocas páginas ya no se preocupa por conocer el país de origen de sus padres. Ya se centra en no ser víctima de la violencia. De ahí que el tema de esta obra sea el preguntarse, una y otra vez, qué ha podido ocurrir para que no quede rastro de nobleza, de honradez. Teju Cole sabe de antemano que para poder llegar allí debe recurrir a donde no alcanza la realidad, debe echar mano de la ficción. Porque nuestro narrador no es Teju Cole, sino un médico que tras quince años en Nueva York regresa a Lagos. Pero ese médico es la voz de nuestro querido Teju Cole.

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