Sobrevivir a Chopin

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Por César Alen.

libros-planeta-triatlonMuchas son las que se agotan, las que sucumben a una relación, las que perecen en el intento. Solo las almas grandes, los espíritus egregios superan el entregado anonimato, la desaparición en el lago oscuro y profundo de la fama del otro, la larga sombra de ser la esposa de…

Una de esas almas grandes fue George Sand, la gran escritora francesa, que superó el estigma de ser la mujer del músico polaco Chopin, conocido y reconocido universalmente. Pero ella lo hizo, y lo hizo con éxito, con coraje, con una absoluta entropía, que en un juego de contrastes la llevo a encontrase así misma.

Aurore Dupin (ese era su verdadero nombre), nació en 1804, hija de una vendedora callejera, con una vida azarosa y mundana, y del barón Maurice Francois Dupin de Francueil, miembro de la alta aristocracia, descendiente bastardo del rey Augusto II de Polonia. Una extraña mezcla que no fue del todo aprobada por la madre del barón. La propia Sand definía así a su madre: “Mi madre no venía de la clase de los trabajadores industriosos y concienzudos. Pertenecía a la raza degradada y vagabunda, a los bohemios del mundo”. Su padre murió cuando ella solo contaba cuatro años, aquella desgracia hizo que su abuela paterna la intentara apartar de su madre, de la que nunca se había fiado. La acogió en su gran mansión campestre de Nohant, en Berry en el centro de Francia. Allí pasó días felices, y aquel lugar fue crucial en su vida, una referencia, la idealización de un mundo perfecto, el lugar que le daba estabilidad. Se casó de forma inesperada y repentina con el barón Cassimir de Dudevant,  mayor que ella. Tuvieron dos hijos, Maurice y Solange, pero la ruptura era inevitable debido a sus caracteres irreconciliables, y pocos  años más tarde abandonó a su marido y la casa familiar, para instalarse en París con sus dos hijos.

Una vez en la capital, se interesa por las letras y frecuenta los ambientes literarios, en los que conoce a Jules Sandeau con el que escribe su primer libro Rosa y Blanco, y de quien probablemente toma el seudónimo. Opera en ella un complejo y hermoso proceso de transformación personal,  una transmutación alquímica. Despliega una personalidad arrolladora que cautiva por igual a hombres y mujeres. Rompió las convenciones sociales en todos sus órdenes, no se resignó  a hacer el tierno y estoico papel de mujer de su época, abocada a una posición constrictiva e irrelevante en la sociedad. Al dotarse de un nombre masculino culminaba esa transmutación en un  nuevo ser, arrogándose todos los derechos que parecían estar solo al alcance de los hombres. Por eso decidió ponerse ropa masculina, adoptar ciertos hábitos varoniles. Esa nueva identidad le divertía y excitaba, le permitía además, la entrada en lugares prohibidos a las mujeres, con lo que podía acceder  en igualdad de condiciones al mundo de los hombres. El vestuario masculino le resultaba cómodo y funcional,  dentro de esas ropas se movía con libertad. A menudo se la  veía con un cigarro puro en los labios o liando  sus propios pitillos con una destreza pasmosa,  costumbres que causaban escándalo en la época, porque se consideraban indecorosas en una mujer. Lo cierto es que se volvió totalmente dependiente del tabaco.

Por otra parte, la escritura, a la que cada día se entregaba más, se convirtió en un alivio, en un placer y en su oficio, del que sacó buenas cantidades de dinero que le permitían mantener su alto tren de vida. Su círculo literario se fue ampliando con rapidez, pronto conoció a Victor Hugo, al pintor Eugene Delacroix, a Heinrich Heine, Honoré de Balzac, Julio Verne, Gustave Flaubert y Prosper Merimé, con quien se dice tuvo un romance, en fin, a lo más granado de la intelectualidad del momento.

Siempre actuó de forma libre, sin prestar atención a las habladurías, a las críticas, a los fuertes prejuicios de la época, como las injustas e incomprensibles palabras que le dedicó Charles Baudelaire al calificarla de:”estúpida y engreída” y compararla con una vulgar “limpiadora y mantenida”, o los inclasificables improperios que le dedicó  el filósofo alemán Nietzsche, en una reseña años más tarde de su muerte, la llamaba “esa vaca lechera”, con un claro resentimiento misógino y un ataque frontal al romanticismo, como síntoma de la debilidad humana. Aún realizando  un obligado ejercicio de contextualización, esas opiniones resultan improcedentes. La sociedad en general la veía como una desclasada, una mujer peligrosa y desequilibrada, unos la tachaban de bisexual o de ninfómana, por la gran cantidad de amantes que la perseguían. Uno de esos amantes fue el joven escritor Musset, que tras leer su novela Indiana, se empeño en conocerla.

Al poco tiempo  se enamoró locamente de George, a pesar de la diferencia de edad entablaron un apasionado romance, corto pero intenso, como todo lo que emprendía la gran dama francesa, musa para tantos artistas.

Su carrera amatoria avanzaba a un ritmo febril, fueron muchos los que cayeron en las redes de su irresistible poder de atracción, por lo general todos más jóvenes, en una especie de hipnotismo erótico y efecto perturbador. Exploró la sexualidad sin ningún tipo de escrúpulo, bajo su amplia visión hedonista de la vida. Otra de sus escandalosas e intensas relaciones fue la que mantuvo con   la bella actriz Marie Dorval, en la que además de sexo encontraba ternura y comprensión. Intentó ayudarla   en su carrera teatral escribiendo papeles a su medida.  Después de la ruptura como amantes, siguieron siendo fieles amigas y confidentes.

 En 1836, en el transcurso de una fiesta de una de sus amigas aristócratas, conoció al joven pianista Frédéric Chopin, famoso ya a la sazón. Aunque en un principio Chopin no mostró demasiado interés, acabó siendo seducido por los encantos y la fuerte personalidad de Madame Sand. Fue el comienzo de una larga relación, que los llevó a compartir varios años de vida. Chopin poseía un temperamento apocado, pusilánime, alejado de la fogosidad de sus anteriores amantes. Pero por una extraña razón, hizo aflorar sentimientos maternos en Sand, que pasó de amante a enfermera y madre, calificándolo como “su tercer hijo”.

Chopin, a pesar de su juventud, presentaba una debilidad perentoria, una mala salud crónica. La tuberculosis lo acechaba, provocando irritantes ataques de tos y vómitos de sangre. Para paliar esa dolencia decidieron viajar a Mallorca por las bondades del clima mediterráneo, aunque a la postre resultó ser una experiencia nefasta, un episodio aciago. En 1838 parten hacia hacia Marsella, para embarcarse a bordo del buque español “El Mollorquín”. La travesía derivó en un auténtico calvario, los vaivenes del mar dejaron al  músico en un estado lastimoso. Debilitado y exhausto por el viaje, se instalaron en una hacienda inhóspita en Son Vent, de la que pronto fueron expulsados por sus dueños, temerosos de ser contagiados por aquel extraño enfermo y recelosos ante la presencia de aquella mujer andrógina con aspecto inquietante, que fumaba como una poseída. Recalaron en la cartuja de Valldemosa, un lugar de hermosa austeridad que fue del agrado de la pareja. La cartuja estaba en estado de abandono, en sus aposentos solo quedaba una vieja harpía y un  monje desequilibrado que vagaba en mitad de la noche por los pasillos desangelados con un cuchillo en la mano, siguiendo la estela de algún fantasma. A pesar de todo intentaron acomodarse. Sand se gastó una buena cantidad de dinero para adecentar y humanizar las estancias. Hizo traer un piano para Chopin y muebles acogedores. Pero el clima benévolo que esperaban no apareció. Por el contrario las lluvias se sucedían y la humedad consumía al músico polaco que parecía sucumbir a los ataques de fiebre y tos.

Por fin, Madame Sand decidió sabiamente abandonar aquel lugar olvidado de dios. La vuelta fue otra odisea, pero por una casualidad del destino encontraron un buque de la armada francesa en el que hicieron la travesía hasta Marsella. El médico de abordo le prestó los primeros auxilios y una vez en tierra visitaron a un conocido galeno que logró estabilizar su enfermedad. Goergo Sand se armaba de paciencia y desplegaba toda su bondad. Atendía con premura todos los caprichos de su amante. Por el contrario Chopin se estaba convirtiendo en un ser maniático y antojadizo, con ataques de rabia e ira, que la paciente Sand aguantaba con serenidad. Por otro lado Soland, la hija de Sand, se había convertido en una hermosa muchacha, con una conspirativa actitud hacia su madre. Frédéric empezó a sentir una irresistible atracción por Soland. Entre los dos acabaron por desesperar a George que  comenzó a barruntar la idea de poner fin a aquella relación y al desgaste que le suponía ver a su propia hija en su contra, con maniobras maquiavélicas e injustas. Chopin acabó por ceder a sus insinuaciones y flirteos, enamorándose locamente de ella. Mantuvieron una abierto romance que aceleró la decisión de ruptura que rondaba a Sand.

 Una vez más Goerge Sand se alejaba, rompía con su vida para empezar de nuevo. Nada la detenía, su espíritu audaz la llevaba a reinventarse constantemente. Entretanto, seguía escribiendo con el mismo entusiasmo, la literatura siempre le resultaba provechosa e inspiradora. Su producción fue ingente y entre otros títulos encontramos:  Lelia, Él y yo (sobre su relación con Musset),

Horace. Spiridion, Nanon, Pauline Valentine. Gran parte de sus libros son de carácter

autobiográfico como: Un invierno en Mallorca, Ensueños y recuerdos o Historia de mi vida. También escribió teatro que fue representado con cierto éxito. Otro de sus placeres era recibir   en su propio salón a sus amigos, que cada vez la admiraban más, en animadas veladas literarias, entre los más frecuentes se encontraban Balzac, Delacroix, Victor Hugo. Con Flaubert  la relación fue eminentemente  epistolar, puesto que  el gran escritor era reacio a viajar, le irritaba abandonar su confortable retiro de Croisset. Ambos se admiraban y aconsejaban mutuamente.

La escritora francesa sacaba  tiempo por la noche para escribir hasta bien entrada la madrugada, dejaba el día para la vida social,  nadar grandes distancias en el rio y dar largos paseos por los bosques que rodeaban su  bella propiedad, a la que se sentía unida como un ser más, como parte de su vida ya para siempre.

Fue una auténtica militante de las causas sociales y revolucionarias,  participo activamente en levantamiento de 1848, abandonando de nuevo su idílico paraíso de Nohant, para colaborar en la revolución contra el que a la postre sería el último rey de Francia, Luis Felipe de Orlenas. Se transformó en una auténtica y genuina activista, defensora de los derechos sociales, de las mujeres y el proletariado. Escribió multitud de artículos en periódicos como Le figaro o El bulletin de la Républic, promulgando las ideas revolucionarias y aportando su visión socialista y republicana. Pero si algo detestaba era la violencia, por eso tras los atroces enfrentamientos y matanzas que siguieron a la revolución, mostró un enorme desencanto con la política y de nuevo buscó la paz   en su querida Nohant. Aquel lugar funcionaba como un lenitivo, proporcionándole un terapéutico sosiego.  Volvió a su viejo hábito de organizar veladas culturales para sus amigos y representar sencillas obras de teatro escritas por ella misma, en las que participaban todos los invitados, incluido el servicio (en la mansión disponían de su propio teatro). Fue en una de esas reuniones donde conoció a su último y fogoso amante  el grabador Alexandre Monceau, varios años más joven, que lo dejó todo por ella, se dedicó en cuerpo y alma a su cuidado, se convirtió en un servicial compañero que no la dejaba un instante.

Sus años de senectud transcurrieron en una absoluta paz, rodeada de sus hijos y nietos y su amante. Una paz ganada a pulso, cimentada en fuertes e intensas vivencias, en la osada y consecuente transgresión de las normas, la  superación de los prejuicios, la decidida intención de ser ella misma, de hacerse un lugar en un mundo eminentemente masculino. Alcanzó una maravillosa serenidad, reconciliada consigo misma y el resto de la humanidad. George Sand abrió un camino insospechado en aquella época, y muchas mujeres que vinieron detrás tuvieron al menos un referente, un hilo del que tirar. Se convirtió en un símbolo y un ejemplo para muchas feministas.  Sobrevivió a Chopin, aunque  la historia siga empeñada en recordarla como la mujer de…

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2 respuestas a Sobrevivir a Chopin

  1. Me parece un trabajo con un analisis profundo,con cantidad de personajes.Me resulta muy ameno y recomendable.Gracias y esperamos el siguinte con impaciencia

    juan
    13 octubre 2016 at 16:08 pm

  2. Ostia! Mira ti para a rabuda de Valldemosa. Os que so a coñecemos polo Inverno en Mallorca, e (con tilde, non sei onde esta) unha revelacion este artigo reinvidicativo e enciclopedico.
    Saude

    Martin
    16 octubre 2016 at 21:31 pm

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