11 grandes inicios de novelas contemporáneas fundamentales

Hay tantos libros para leer que intentar estar al día constituye una carrera infinita: nunca alcanzarás la línea de llegada. Si le sumas a ello que muchas veces necesitamos releer alguna de esas novelas fundamentales para nuestra formación o sensibilidad, ya dirás cómo te las arreglas para esa decisión primordial.

¿Lectura a primera vista es como amor a primera vista? Aquí van 11 principios de novelas recientemente editadas, para ayudarte a guiarte en ese intrincado y vasto universo de la literatura.

1
La amiga estupenda, de Elena Ferrante (Lumen)

Rino me llamó esta mañana; pensé que iba a pedirme más dinero y me preparé para decirle que no. El motivo de su llamada era otro: su madre había desaparecido.

–¿Desde cuándo?

–Desde hace dos semanas

–¿Y me llamas ahora?

El tono debió de parecerle hostil, aunque no estaba ni enfadada ni indignada, sólo me permití una pizca de sarcasmo. Intentó reaccionar, pero lo hizo de un modo confuso, incómodo, en parte en dialecto, en parte en italiano. Dijo que se había figurado que su madre estaba paseando por Nápoles, como de costumbre.

2
La casa de los secretos, de María de Lourdes Victoria (Planeta)

Lo dictaba la Palabra: tendría que abandonar a su hijo.

Zynaya despertó con el aullido lastimero del coyote. Aturdida, arrojó las sábanas a un lado, se vistió a tientas y salió de la recámara al primer patio de la casa grande. El velo de la neblina la abrazó. Se cubrió con su rebozo y caminó apurada a lo largo de aquel pasillo de arcos hasta el zaguán. Descolgó del gancho su morral con sus menesteres para tejer, asió su vara y abrió el portón. Salió sigilosamente para no despertar al vigilante que roncaba en una banca, como un bendito. Fijó la mirada en el cerro y hacia allá se encaminó. Atrás quedó la hacienda sombría y callada, sin alma que deambulara dentro de sus muros gruesos. El molino estaba quieto. El fogón, apagado. El pueblo mixteco dormía al canto de los grillos.

3
Mágico, sombrío, impenetrable, de Joyce Carol Oates (Alfaguara)

Muchas cosas se valoran más de la cuenta. El suicidio, por ejemplo.

El chico rió al comprobar lo listo que era. La abuela, que conducía atenta al tráfico matutino, no pareció darse cuenta.

Recalcando las palabras, su nieto dijo:

–Por ejemplo, solo en el condado Boondock, de los Estados Unidos se hacen las competencias dos teléfonos de la esperanza para adolescentes.

–¿Condado Boondock? ¿Dónde está eso?

–¿Bromeas, abuela? Aquí.

–Ah, aquí. Entiendo.

La abuela sonrió pero no llegó a reír. Aunque el chico no había hecho una observación muy ingeniosa, tampoco era frecuente que dejara de reír los comentarios de su nieto por muy poca gracia que tuvieran.

4
Apropiación indebida. Una novela sobre el amor, de Lena Andersson (Alfaguara)

Esta es la historia de una persona llamada Ester Nilsson. Era poeta y ensayista y ya a la edad de treinta y un años contaba con ocho densos opúsculos en su haber. Según algunos, se trataba de publicaciones de gran originalidad, mientras que otros veían en ellas un tono lúdico; pero para la mayoría de la gente Ester Nilsson era una completa desconocida.

Con devastadora precisión, percibía la realidad desde dentro de su conciencia y vivía conforme a la aspiración de que el mundo se ajustara a su experiencia del mismo; o, mejor dicho, conforme a la premisa de que el ser humano posee una capacidad innata para concebir el mundo tal y como es con la condición de no mentirse a sí mismo y poner la atención debida. Lo subjetivo se correspondía con lo objetivo y lo objetivo con lo subjetivo. O por lo menos ese era el afán de Ester Nilsson.

5
El libro de los americanos sin nombre, de Cristina Henríquez (Malpaso)

Todo lo que queríamos en aquella época eran cosas sencillas: buena comida, dormir por las noches, sonreír, reír de vez en cuando, estar bien. Creíamos que, como todos, teníamos derecho a ello. Por supuesto, cuando lo pienso ahora veo que era una ingenua. La marea de esperanzas y la promesa de oportunidades me cegaban. Supuse entonces que ya había ocurrido todo lo que podría salir mal en nuestras vidas.

Llegamos treinta horas después de cruzar la frontera, los tres en el asiento trasero de una camioneta pick-up de color rojo que olía a humo de tabaco y gasolina.

–Despierta –dije empujando a Maribel cuando el chofer se metió en un estancamiento.

–¡Hummm!

–Ya hemos llegado, hija –le susurré

6
Examen de mi padre, de Jorge Volpi (Alfaguara)

Mi padre murió el 2 de agosto de 2014, cerca de las tres de la tarde. Desconozco la hora exacta porque yo no estaba a su lado. Tampoco he querido buscarla en el acta de defunción o preguntársela a mi hermano o a mi madre, quienes por obra del azar –o de ese dios en el que él creía y yo no–, pasaron a visitarlo y lo encontraron inconsciente, sometido al masaje cardíaco de una de las cuidadoras, pero aún vivo. Había pensado escribir: “Mi padre murió el 2 de agosto de 2014, cerca de las tres de la tarde, hace justo cinco meses”, pero hoy es 9 de enero de 2015 y en realidad han transcurrido cinco meses y una semana desde entonces. Podría argüir en mi defensa la obviedad psicoanalítica del yerro. Relaciono mi desliz, más bien, con otros dos incidentes. El primero: hasta el día de hoy no he llorado, no he podido o no he querido llorar a mi padre. Una postura racional, me digo ante una muerte que terminó con su dolor. Pero la explicación me resulta insuficiente.

7
Pureza, de Jonathan Franzen (Salamandra)

–Ay, preciosa, cuánto me alegro de oír tu voz –dijo la madre de la chica por teléfono–. Me está traicionando el cuerpo otra vez. A veces creo que mi vida no es más que un largo proceso de traiciones del cuerpo.

–Como todas las vidas, ¿no? –dijo Pip.

Había adoptado la costumbre de llamar a su madre desde Renewable Solutions durante la pausa de la comida. Esto mitigaba en parte su sensación de no valer para este trabajo, de tener un trabajo para el que nadie podía valer o de ser una persona que en realidad no valía para ningún trabajo; y además, al cabo de veinte minutos, podía decir con sinceridad que tenía que seguir trabajando.

–Se me cierra el párpado del ojo izquierdo –explicó su madre–. Es como si tuviera un peso que tirase hacia abajo, como uno de esos plomos diminutos que usan los pescadores o algo parecido.

8
Funny Girl, de Nick Hornby (Anagrama)

Ella no quería ser reina de la belleza, pero quiso la suerte que ahora estuviera a punto de convertirse en una.

Hubo unos pocos minutos ociosos entre el desfile y el anuncio del resultado, así que los amigos y familiares se congregaron alrededor de las chicas para darles la enhorabuena y cruzar los dedos. Los pequeños grupos que se habían formado le recordaban a Barbara unas ruedas de regaliz: una chica en traje de baño almibarado –de un rosa o un azul brillante– en el centro; un remolino de gabardinas negras o marrón oscuro rodeándola. Era un día frío y húmedo de julio en South Shore Baths y las concursantes tenían las piernas y los brazos llenos de manchas y bultitos. Parecían pavos colgando del escaparate de una carnicería. Solo en Blackpool, pensó Barbara, se puede ganar un concurso de belleza con ese aspecto.

9
El niño en la cima de la montaña, de John Boyne (Salamandra)

Pese a que el padre de Pierrot Fischer no había muerto en la Gran Guerra, su madre, Émilie, siempre decía que la guerra lo había matado.

Pierrot no era el único niño de siete años en París que vivía sólo con uno de los progenitores. El niño que se sentaba delante de él en el colegio no veía a su madre desde que ella se había fugado con un vendedor de enciclopedias y el matón de la clase, que llamaba a Pierrot Le Petit por lo pequeño que era, vivía con sus abuelos en una habitación sobre el estanco que regentaban en la avenue de la Motte-Picquet, donde se pasaba la mayor parte del tiempo dejando caer desde la ventana globos llenos de agua sobre las cabezas de los transeúntes, para luego insistir en que él no había tenido nada que ver con el asunto.

10
Azul Cobalto, de Bernardo Fernández BEF (Océano)

EN EL ÚLTIMO MINUTO DE SU VIDA, TUMBADO SOBRE un charco de sangre, el Paisano deseó haber muerto con un poco más de dignidad.

“Conque así se quiebra uno”, pensó, mientras las luces parecían apagarse a su alrededor. Alcanzó a corregir: “la luz del sol no se apaga en medio de la sierra al mediodía”. Era a sus ojos a los que se les escapaba la luminosidad.

Apenas unos segundos antes, su sistema nervioso aullaba de dolor, mientras decenas de balas le atravesaban el cuerpo. La primera de ellas lo golpeó de lleno en el pecho, arrasando a su paso con el esternón y reventando un pulmón al salir por la espalda. La segunda entró por en medio de las vértebras, a la altura de la cadera, derribándolo para siempre; de haber sobrevivido no caminaría nunca más.

11
Si te vieras con mis ojos, de Carlos Franz (Alfaguara)

La radiante mañana de junio en que conociste a Carmen brilló tras una semana de tormentas sobre el Pacífico. Tu barco había estado a punto de hundirse frente a las costas de Chile. Varias veces te preparaste para morir. Pero ahora, por fin, con las velas desgarradas, andrajoso, el velero entraba lentamente en la había luminosa de Valparaíso. Lo hacía con el ansia y la suavidad de un hombre enamorado entrando en la mujer amada.

Cada vez que llegabas a un puerto volvías a sentir eso, Moro. ¡Aun habiendo conocido tantos! Al penetrar en la nueva tierra que te acogía, te enamorabas de ella. Pero algo en ese amanecer despejado, luego de tantos temporales, te decía que, quizás, este amor no iba a ser como los anteriores.

Fuente: Sin Embargo

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Una respuesta a 11 grandes inicios de novelas contemporáneas fundamentales

  1. Geometría hecha carne. No había otro apelativo para lo que se alzaba ante ella.
    Jamás había sentido miedo, y de repente el vacío a su espalda comenzó a tener sentido. El vacío. Así, directo. Sólo tenía que impulsarse hacia atrás para terminar con todo. No supondría una mala solución.

    —Un Día Perfecto para Elis—

    Juanse
    23 noviembre 2016 at 20:33 pm

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