Literatura y fuego cruzado

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Por Inés Sánchez de la Viña Rodríguez.

libros-planeta-triatlonLa generosidad es un espejismo en la república de las letras, la amistad un vago circunloquio de la traición y el mundo literario un ecosistema regido por los mecanismos de la depredación.

Con estas palabras define el escritor y crítico literario Juan Manuel de Prada la demoledora imagen que ofrece el panorama literario. Y es que el mundo de las artes, tan legítimo, difuso y artificioso al mismo tiempo, está ineludiblemente aquejado de las ambiciones y temores de sus protagonistas.

Las dimensiones que puede alcanzar el ego de un artista son inimaginables. Este particular egocentrismo siempre ha suscitado el inicio de guerrillas y ataques personales entre grandes nombres del mundo del arte y de las letras. Nuestra propia evolución nos ha enseñado cómo las desavenencias entre amigos y aliados han llegado a modificar incluso el curso de la historia universal. Diarios, artículos de prensa, manifiestos, entrevistas, cartas… De una u otra forma se han dado a conocer las muestras de mutua animadversión de las más célebres figuras de nuestros tiempos. Quién más quién menos se siente cautivado por conocer las anécdotas y los detalles más curiosos de estos desencuentros. Y es que, de lo que no cabe duda alguna, es de que los lectores somos una audiencia ávida de la más innata cualidad de nuestra naturaleza humana: la curiosidad.

Dentro del gremio de los escritores nos encontramos rencillas de lo más pintorescas. En los años del Siglo de Oro español destaca, por ejemplo, la tirante relación entre Lope de Vega y Miguel de Cervantes. En sus comienzos, Lope de Vega y Miguel de Cervantes se dedicaron poemas laudatorios. Esta recíproca admiración se fragua poco a poco en una marcada hostilidad. Se sabe que los dos genios de nuestra literatura fueron vecinos del mismo barrio de Madrid; residían en lo que hoy se conoce como el Barrio de las Letras. Tras su paso por la Universidad de Alcalá de Henares, el joven Lope comienza a participar en las mismas tertulias literarias que Cervantes. Es entonces cuando los dos genios se conocen personalmente. Coincidiendo con su primero encuentro, las comedias de Lope comienzan a cosechar un gran éxito, mientras que las obras teatrales de Cervantes se estancan, quedando relegadas a un segundo plano. El maestro Lope comienza a gozar de un marcado reconocimiento, mientras que Cervantes no logra saborear las mieles del éxito. No olvidemos que El Quijote fue considerado durante mucho tiempo un trabajo meramente humorístico.

En 1609 Lope de Vega publica Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo. En este texto ensayístico, leído a modo de discurso ante la Academia de Madrid, Lope defiende su producción teatral; una producción que aboga por satisfacer el gusto del variopinto público de la época, y que rompe con las normas más clásicas. El tono de este ensayo es marcadamente sarcástico, lo que estimula su crítica e incluso censura por parte de sus coetáneos. El propio Cervantes le dedica una fuerte reprimenda en la primera parte de El Quijote, en donde hace especial hincapié en la ligereza con la que su compañero convierte el arte de hacer comedias en puro merchandising para satisfacer al vulgo. Tras este público ataque por parte de ‘‘el manco de Lepanto’’, los dos escritores inician una calorosa cruzada literaria, dedicándose toscas críticas en forma de sonetos y otros escritos.

Lope, el aclamado, y Cervantes, el ignorado. Diferentes teorías e investigaciones han tratado de desvelar quién lanzó el primer dardo venenoso, pues no se sabe con certeza quién de los dos autores comenzó esta memorable trifulca. De lo que sí tenemos constancia es de que Miguel de Cervantes no llegó nunca a triunfar en el mundo del teatro, mientras que Lope de Vega fue el amo y señor de los corrales de comedia. Parece lógico, por tanto, que Cervantes envidiase el éxito de su colega. No obstante, tras la publicación de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha (1605), algunas hipótesis señalan que es entonces la animadversión de Lope la que se agrava considerablemente.

Otra de las más reconocidas disputas literarias fue la de dos grandes genios del Barroco español: Luis de Góngora y Argote, y Don Francisco de Quevedo y Villegas. No voy a detenerme a enumerar las múltiples muestras de aversión (verbales y escritas) que estos dos talentos se profesaron; pues mundialmente se reconocen hoy los primeros versos del soneto quevediano: ‘‘Érase un hombre a una nariz pegado’’…

También cerca de la península, en la Francia del XIX, la complicidad de los  poetas simbolistas Paul Verlaine y Arthur Rimbaud desembocó en una tormentosa y destructiva relación personal. La vida y obra de estos dos personajes se confunden y entremezclan, por lo que me es inevitable detenerme antes en el lado más íntimo (y trágico) de la historia. Los célebres poetas malditos, Paul Verlaine y Arthur Rimbaud, se conocieron en la segunda mitad del siglo en París. Rimbaud, un joven de apenas diecisiete años, transtornó repentinamente la vida de un ya reconocido Paul Verlaine. El primer encuentro de ambos, en 1871, fragmentó para siempre la vida del aburguesado Verlaine, casado entonces con la joven Mathilde Mauté, con quien pronto tendría su primer hijo. Cuando se conocen, Rimbaud era un precoz poeta que se había fugado varias veces de casa para unirse al círculo literario de la capital francesa. Fue el joven escapista quien contactó primero con el renombrado simbolista. Le envía dos cartas con varios de sus poemas. Verlaine, gratamente impresionado por el talento del recién llegado, le invitó a su residencia en París.

El emblemático dúo se embarcará desde este primer encuentro en un viaje sin retorno en el que turbará a la sociedad parisina de su época por sus escandalosas y esquizofrénicas actitudes. La tumultuosa relación de Verlaine y Rimbaud sufrió innumerables altibajos. Se maltrataron tanto física como psicológicamente, hubo idas y venidas por varias ciudades europeas, y sobre todo, mucho desenfreno bañado en alcohol. Entre las singularidades de estos personajes sobresale el intento de Verlaine de asesinar (según dicen) a su madre, a su mujer, a su hijo y, finalmente, a su amado Rimbaud; a quien disparó totalmente ebrio y desesperado ante la idea de que este le abandonase. Aunque el mismo Rimbaud, herido de forma superficial, retiró la denuncia, Paul Verlaine fue condenado a pasar dos años en una prisión belga por el tribunal de justicia de Bruselas. Las extravagancias de Arthur Rimbaud tampoco se quedaron atrás: fue un niño sumamente precoz que blasfemaba sin pudor alguno y comenzó a escribir a los diez años. Siendo aún un adolescente se fugó de casa persiguiendo sus ideales revolucionarios y se unió a la comuna de París tras la caída de Napoleón III. Tras su ruptura con Verlaine, se dedicó a viajar solo de forma errática por Europa. Cansado de vagar sin rumbo, decidió presentarse como voluntario del ejército colonial holandés y se trasladó a Indonesia. Desertó poco tiempo después y regresó al continente donde vivió de forma intermitente en numerosos países: Austria, Holanda, Suecia, Dinamarca e Italia entre otros. En 1880 emigró de nuevo, esta vez a África, donde intentó todo tipo de negocios, incluyendo actividades ilegales como el contrabando y el tráfico de armas. En 1891 retornó a Francia donde le fue amputado un tumor en una pierna, lo que le obligó a poner fin a su vida de nómada. Falleció poco tiempo después en el hospital de Marsella en el que había sido intervenido, totalmente ajeno a su incipiente popularidad tras la publicación de sus Iluminaciones (1886) por parte de su antiguo amigo y amante Verlaine.

Ya más lejos de nuestras fronteras encontramos otros casos de desavenencias entre poetas de una misma generación. Al chileno Pablo Neruda no le faltaron detractores. Su compatriota y en principio amigo, Pablo de Rokha (Carlos Luis Loyola), le llegó a acusar de plagio, y sus provocaciones personales fueron de la burla al insulto. Neruda fue también duramente recriminado por su falta de responsabilidad política. Dentro de la península encontramos también críticas al autor de 20 poemas de amor y una canción de desesperada (1924). Juan Ramón Jiménez protagonizó algún que otro sonoro encontronazo con el poeta, llegando incluso a publicar varios anatemas contra él en el diario madrileño El Sol, donde trabajaba como colaborador. Del chileno llegó a decir que no podía escribir siquiera una carta. El ácido e implacable Jiménez, famoso ya en su tiempo por su carácter, fue también muy crítico con la Generación del 27.

Desde los inicios de la época dominada por la bohemia hasta nuestros días, pasando por el periodo más vanguardista o la primera y segunda mitad del siglo XX. Desde Valle-Inclán, Borges o Bolaño hasta Vidal, Capote, Hemingway o Nabokov. Los complejos caracteres y relaciones de los autores más admirados de nuestros tiempos nos han dejado un sinfín de curiosas polémicas e infinitos roces. Para aquellos que deseen saber más sobre este tipo de desencuentros, el escritor y docente Julián Moreiro recoge en Escritores a la greña. Envidias, enemistades y trifulcas literarias (Edaf, 2014) las envidias y disputas entre escritores de lengua española del siglo XX y XXI.   

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Una respuesta a Literatura y fuego cruzado

  1. Está claro que todo escritor parte de su propia vocación, pero sobrevivir en el mundo de las letras nunca ha sido fácil. El pobre Cervantes envidiaba el éxito de Lope, puesto que en vida él fue poco menos que un don nadie.

    Mencionas a Gore Vidal y a otros grandes autores norteamericanos.
    ¿Para cuándo un solo artículo dedicado a ellos?

    César Font
    27 octubre 2016 at 18:53 pm

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