Los consejos para jóvenes escritores de Gabriel García Márquez

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Gabriel García Marquez murió en la Ciudad de México a los 87 años. Como suele ocurrir en nuestra cultura, la muerte es usada para revalorar su obra y su persona. García Márquez será recordado como uno de los grandes escritores latinoamericanos de la historia, gran embajador del “realismo mágico” y responsable de llevar el sabor y el color del trópico a la gran literatura.

Ligado al comunismo y gran amigo de Fidel Castro, algunos críticos repudian la visión política de García Marquez: una especie de ceguera, sostienen, ante algunas de las aparentes atrocidades que ocurrieron en Cuba a partir del comunismo. Asimismo, repudian el uso de su fama para favorecer los intereses castristas. Un García Márquez que siempre se consideró un periodista y cuya obsesión más que la fantasía fue la realidad.

Sobre García Márquez, Fidel Castro dijo: “un hombre de un talento cósmico con la generosidad de un niño”. Mario Vargas Llosa, con quien siempre sería comparado, dijo sobre él: “Recuerda lo que Camus escribió, que un hombre inteligente en algunos aspectos puede ser estúpido en otros”. La inteligencia de Gabo parece haberse desdoblado en otros aspectos, como la amistad y el éxito económico. A diferencia de Vargas Llosa o de figuras como Octavio Paz, García Márquez fue una persona enormemente querida (y no sólo admirada o idolatrada), con un extenso círculo de amigos, sin mostrar la pedantería asociada con el intelectual de gabinete. En mi opinión –y solamente por una afinidad temática o una coincidencia estílistica–Vargas Llosa y Octavio Paz son mejores escritores que García Márquez, pero García Márquez, indudablemente a la altura, parece ser mejor persona, es menos pretencioso, menos burgués y más humilde, irradia más calor, se ríe de sí mismo y conecta más con la gente. Esto es también una forma de inteligencia.

Y sobre si era comunista, amigo de Castro o solapaba una dictadura, me parece pertinente recordar, como creyera Borges, que la política es lo menos importante cuando se habla de un escritor de ficción. Borges fue criticado también por apoyar a un dictador (aunque nunca con la cercanía de García Márquez) por ser conservador y no adherirse la tendencia de izquierda que era vista con buenos en ojos entre los intelectuales latinoamericanos –esto nada le quita o añade a sus libros. Si alguien quiere juzgar a los escritores por su inclinación política o su opinión sobre el aborto, que mejor demuestre su fanatismo dedicándose a ver futbol y a identificarse con los colores de los equipos y los países.

Mi interés en recordar a García Márquez tiene que ver con que aunque evidentemente es un escritor sumamente popular y reconocido por la crítica –especialmente en Estados Unidos y en Europa donde ejerce mayor atracción el exotismo: el Caribe se vuelve surreal– para muchos jóvenes latinoamericanos su figura ya no produce esa mezcla magnética de admiración e imitación que acompaña a algunos escritores. En otras palabras, García Márquez no es ya un escritor cool. En ciertos aspectos esto ocurre por la rebeldía superficial ante el cánon propia del conocido hipsterismo o de la búsqueda de lo raro y de aquello que puede exaltarse como diferente para construir una identidad ante las fuerzas homogeneizantes. Otra razón podría tener que ver con que en los últimos años de su vida García Márquez se dedicó mayormente al periodismo –algo que es generalmente tomado como aburrido por los jóvenes– y que, como Carlos Fuentes, escribió lo mejor de su obra relativamente temprano. Quizás la fama lo agobió o quizás quemó pronto sus mejores naves.

La razón que más me interesa sobre por qué García Márquez no es especialmente atractivo para las nuevas generaciones de jóvenes inclinados al arte tiene que ver con que es un escritor poco conceptual, poco intelectual. Sabemos que lo “conceptual” es lo que genera conversaciones interpretativas y discusiones herméticas y sofisticadas (generalmente rebuscadas). También hace que sean sólo unos pocos los entendidos: que uno pueda saber algo que los demás ignoran. Esta es la esencia de la cultura de lo cool: poder portar banderas esotéricas. Evidentemente, después de cierto tiempo, los grandes escritores son devorados por el mainstream, pero en el caso de García Márquez esto ocurre doblemente porque sus valores son valores populares y sus ideas no son del todo sofisticadas. García Márquez es un hombre que ama las flores, y llega a ser hasta cursi, si no fuera un gran escritor: su dominio del lenguaje  y su capacidad de contar historias –creando mundos y reflejando realidades secretas– son incuestionables. Puede que no sea muy cool entre los jóvenes que pretenden ser intelectuales, pero ¿cuántos escritores del tamaño de García Márquez han dado estas generaciones?

Aquello que hay que rescatar en García Márquez es el oficio de un escritor: hay escritores dados a ideas abstractas o  la metafísica y hay otros que simplemente nos muestran algunos aspectos de este mundo con lucidez o con lujoso detalle (García Márquez nos hace holgarnos en una selva encantada que nace de su infancia). Esos aspectos del mundo pueden ser sus experiencias transformadas en realidades compartidas o en ensueños. Un escritor es sobre todo alguien que hace creer a los demás las cosas que pasan por su mente. García Márquez es un escritor realista, aunque su realismo asimile la fantasía como parte de su abanico de realidad y como recurso para atrapar lectores. Lo suyo no es el idealismo. Su imaginación es telúrica, no celeste.  Su tema es la belleza oculta, pero no de las dimensiones invisibles, sino de nuestra propia existencia mundana.

En una de las mejores entrevistas que le realizaron, para The Paris Review, en 1981, García Márquez nos muestra cómo encontró su estilo como escritor llevando un acercamiento de lo periodístico a lo fantástico e imitando (desde su propio contexto) y transfigurando a Kafka y a Faulkner.

Por ejemplo, si dices que hay unos elefantes volando en el cielo, la gente no te va creer. Pero si dices que hay 421 elefantes volando en el cielo, puede que lo crean.

Esta técnica la aprendió de su abuela supuestamente, quien “contaba cosas que sonaban sobrenaturales y fantásticas con completa naturalidad”. Lo maravilloso casual. Les compartimos aquí algunas otras perlas o balas del oficio de García Marquez, más un artesano que un filósofo:

Una de las cosas más difíciles es el primer párrafo. Me he pasado meses en el primer párrafo, y una vez que lo obtengo, lo demás fluye fácilmente. En el primer párrafo debes resolver la mayoría de los problemas de tu libro.

La esctuctura es un problema puramente técnico y si no la aprendes temprano nunca la aprenderás.

Traté de contar la historia sin creer en ella —descubrí que lo que tenía que hacer era creer en ella y luego escribirla.

El punto que quiero hacer es que estos escritores jóvenes están gastando su vida escribiéndole a los críticos en vez de trabajando en su escritura. Es mucho más importante escribir a que escriban de nosotros.

Más que los clichés románticos-bohemios, el escritor debe estar sano y lúcido:

Estoy en contra del concepto que mantiene que el acto de escribir debe de ser un sacrificio, y que entre peores las condiciones económicas y emocionales, mejor es la escritura. Creo que debes de estar en un buen estado emocional y físico. La creación literaria para mí requiere de buena salud.

García Márquez encuentra su inspiración en el mundo cotidiano:

Ya que no soy un gran intelectual, encuentro mis antecedentes en cosas de la vida diaria, en la vida, y no en las obras maestras.

Sobre la inspiración, la intuición y la intelectualidad:

La inspiración es cuando encuentras el tema adecuado, uno que realmente te guste; eso hace que el trabajo sea más fácil. La intuición, que también es fundamental para escribir ficción, es una cualidad especial que nos ayuda a descifrar qué es real sin necesitar conocimiento científico o cualquier otro tipo de aprendizaje especial… Es una forma de tener experiencia sin tener que luchar con ella… Básicamente es lo contrario de la intelectualidad, que es probablemente lo que más detesto en el mundo –en el sentido de que el mundo real se convierte en una especie de teoría inamovible.

Le preguntan si le caen mal “los teóricos”. Con humor responde:

Exactamente. Sobre todo porque no los entiendo. Es por eso que tengo que explicar todo por anécdotas, porque no tengo mente para las abstracciones. Es por eso que muchos críticos dicen que no soy una persona culta.

Tal vez sea oportuno recordar la importancia de escribir por escribir, por decir lo que uno siente y lo uno vive y no para parecer de cierta forma usando la máscara literaria, para que los demás piensen que somos inteligentes o para agenciarse la fama. Y si se quiere ganar algo, más que una abstracción como la fama o el prestigio literario, ganarse la admiración y la simpatía de los amigos. Ganar una necesidad básica, como la comida en el plato o un abrazo de alguien querido, no un laurel invisible.

Fuente: Pijama Surf

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