Toni Erdmann (2016), de Maren Ade

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Por Jaime Fa de Lucas.

Si escribo esta reseña sobre Toni Erdmann no es porque la película me haya entusiasmado y sienta la necesidad de relamerme lingüísticamente, sino porque creo que es necesario, visto el metraje, equilibrar la balanza ante tantas opiniones favorables. No entiendo cómo una película que se desarrolla exclusivamente a través de diálogos, sin un ápice de creatividad audiovisual, es tan alabada por gente especializada, y luego una película como Aloys, que aun con sus vicios y virtudes es cine en estado puro, pasa desapercibida. Insisto una vez más: el cine es esencialmente imagen y sonido, una disciplina artística audiovisual, y aquí no hay nada de eso. Si quitamos las imágenes y el sonido ambiente, tendríamos una serie de conversaciones que plasmadas en papel bien harían la misma labor. Aquí el componente audiovisual es simplemente un canal a través del que se transmite una historia, no un lenguaje propio y único.

El argumento de Toni Erdmann no resulta nada nuevo: un personaje triste que no sabe disfrutar la vida recibe la visita de otro que intenta modificar esa infelicidad a través del humor y el absurdo. Incluso tolerando los convencionalismos de la propuesta, no hay ningún elemento que sobresalga, de hecho, la película intenta escapar de lo convencional a través de ciertas situaciones que pecan de inverosimilitud –el pastel con recado masculino, el padre que deambula de casa en casa, la excentricidad de la fiesta, el disfraz…–. Las carencias creativas son tales que se ha de recurrir a la excentricidad inverosímil en un intento por diferenciar el film. Por si esto fuera poco, la extensión de la película es excesiva para lo que cuenta: 162 minutos para desarrollar algo que se podría haber resuelto con hora y media de metraje. Esto demuestra las lagunas compositivas de la directora, incapaz de coger el pulso al ritmo narrativo y a las elipsis. Evidentemente, esto conlleva que muchos tramos del film resulten aburridos e intrascendentes.

Si hay algo que destacar de esta película son las actuaciones. Enormes Peter Simonischek y Sandra Hüller. De hecho, si la película sale más o menos airosa a pesar de sus defectos es gracias a su interpretación. Otro punto a su favor es la crítica que lanza tanto a los hombres como a las mujeres en un intento por difuminar la frontera entre las ideas machistas y las feministas hasta el punto de que toda posición ideológica se borra. También cabe destacar la agudeza con la que se detracta al mundo de los negocios y cómo un país como Alemania se aprovecha de un país debilitado por la crisis como es Rumanía.

Considero que Toni Erdmann es una película aceptable, pero ni mucho menos una de las mejores del año u otras exageraciones que se han dicho por ahí. Aprueba con lo justo. En mi opinión, este es uno de esos casos en los que los premios y la prensa aventajada generan tantas expectativas que uno se pone delante de la pantalla esperando algo apoteósico y luego no da para tanto. Una inclinación personal y que recomiendo a todos los cinéfilos es la de intentar ver las películas sin saber nada de ellas. Ayuda mucho, ya que mantiene un factor de imprevisibilidad que la película agradece. No obstante, en la era en la que vivimos, ir a ciegas a ver una película es prácticamente imposible.

 

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