Loving (2016), de Jeff Nichols

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Por Xavier Pijoan.

La sobriedad.

Los actos de violencia racista por parte de las fuerzas del orden en EE.UU. desde 2010 (Ferguson, la masacre de Dallas, los disturbios en Sant Louis o en Baton Rouge…), no han pasado desapercibidos para el cine contemporáneo, que ha abierto un espacio de reflexión acerca de un fenómeno inherente a la nación estadounidense desde su fundación, ya sea en forma de esclavitud, de Ku Klux Klan o de abuso de autoridad policial. Así, 12 años de esclavitud, El nacimiento de una nación, Figuras ocultas… ponen de manifiesto la necesidad de asumir un problema de hondas raíces en una sociedad que deberá afrontar el embate Trump en el momento de mayor tensión entre razas de los últimos cuarenta años.

Loving recoge la historia real de un matrimonio interracial (Mildred y Richard Loving) que luchó durante diez años para que la ley de Virginia reconociese su unión. Su caso llegó hasta el Tribunal Supremo y se convirtieron en paradigma de las pequeñas revoluciones que poco a poco iban a iniciar un viaje imparable hacia la recuperación de los derechos civiles para la comunidad afroamericana.

No es casual que Jeff Nichols (Take Shelter, Mud o Midnight Special) haya decidido escribir y dirigir una historia con un motivo central tan de su gusto: la recuperación de aquello perdido. Mientras que en Mud, un hombre trata de recuperar a su primer amor, y en Midnight Special, un padre quiere recuperar a su hijo, en Loving, un hombre y una mujer luchan por recuperar sus derechos, el de vivir en el sitio que eligieron para hacerlo, el de vivir cerca de su familia. Nichols va a articular el proceso pérdida-recuperación en tres momentos fílmicos: la expulsión de la comunidad, el exilio y el retorno al hogar. Tres motivos narrativos clásicos que emparentan la quinta película del director americano con el cine de factura clásica en el siglo XXI que va de Clint Eastwood, Steven Spielberg o James Gray.

La narración clásica plantea un relato unívoco y algo maniqueo en el que acaba imponiéndose un elemento humano, en el sentido de que humaniza a la sociedad. En la primera parte de la película, la de la expulsión (probablemente la más interesante), Mildred y Richard toman la decisión de casarse y construir su casa. Lo hacen con toda la naturalidad del mundo aun siendo conscientes de estar actuando fuera de la ley. Ambos asisten asombrados a la reprobación de algo que a ellos les parece que tiene que ver solamente con el amor.

La perplejidad es patrimonio, en este caso, de los que son capaces de amar, que no van a entender que se les prohíba amarse. En la segunda parte, la del exilio al que se ven empujados, nos lleva a Washington, donde se ven obligados a vivir. El cine de Nichols es cine de la sobriedad y de la contención, que en Loving, se torna ensimismamiento y se estanca. El director utiliza un truco de guion con el accidente del chico que propicia el retorno definitivo a Virginia.

La película, sin embargo, ya no levanta el vuelo. En el tercer momento narrativo del que hablábamos, aparecen los abogados que llevarán el caso al tribunal supremo, pero serán carácteres esquemáticos y endebles de los que se nos va a contar muy poco.

Nichols se afana en contar sin estridencias y con el máximo de respeto una historia muy sensible que había que dibujar con trazo muy fino, pero se olvida de hablarnos del matrimonio, de la pareja, renuncia a las tramas secundarias, lo que le resta profundidad y verosimilitud al resultado final.

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