Mientras agonizo

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Por Teresa Suarez.

“Creo que el hombre no perdurará simplemente sino que prevalecerá. Creo que es inmortal no por ser la única criatura que tiene voz inextinguible sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión, de sacrificio y de perseverancia”.

¿Por qué leer a William Faulkner? Además de porque fue uno de los escritores más importantes del Siglo XX, ganador de dos Pulitzer (en 1955 por Una fábula y en 1963 por Los rateros) y Premio Nobel de Literatura en 1949 (la cita anterior forma parte del discurso que pronunció en dicha ocasión), porque es un escritor comprometido, original e implacable, que reclama el cien por cien a cualquier lector que se acerque a su obra.

El Ruido y la furia es la más conocida de sus novelas y la más difícil de sortear. Si alguno de ustedes ya lo ha intentado y se ha visto superado por la exigencia no se preocupen, simplemente no era el momento. Pero no la releguen al olvido, guárdenla en el baúl de cosas pendientes y vuelvan a enfrentarse a ella cuando se sientan más dispuestos a dedicar a esa lectura toda su capacidad de concentración y esfuerzo.

Mi consejo es que empiecen con Mientras agonizo (As I Lay Dying) publicada en 1930.

Addie Bundren ha tardado diez días en morir. Aunque ella está más que impaciente, “con todos esos muertos de su sangre esperándole”, su familia tardará nueve días en darle sepultura en el panteón familiar de Jefferson.

Una odisea en carreta por el viejo Sur. Como sequito cinco buitres, en ocasiones alguno más, que desde lo alto y en círculos acompañan al fúnebre cortejo atraídos por el olor del “manojo de huesos podridos que ha dejado Addie”.

Tragicomedia.

No llegarás al final del viaje sin despreciar al maldito necio y egoísta de Anse; sin que te duela la pierna que el afortunado Cash se rompió dos veces; sin perderte en las rarezas de Darl, el segundo, el no deseado; sin vibrar con la violencia y empecinamiento de Jewel (“tu madre es un caballo, pero ¿quién es tu padre?”), el favorito, el que nunca la quiso, el que se dejó la piel, literalmente, sin quebrar jamás su espíritu ante las dificultades para salvar el ataúd de su madre primero del agua y después del fuego (“él es mi cruz y será también mi salvación”); sin dejar de sufrir por Dewey Dell, la única chica, de “ojos encrespados y duros”, engañada, ignorante, tozuda y, para su mayor desgracia, “bastante apetecible para ser de campo”; sin compadecer a Vardamar, el inocente, el último, el más perdido.

Cada uno de ellos emprende ese épico viaje buscando algo diferente…

Un tren rojo que no sea para los niños de ciudad…

Un medicamento que libre el cuerpo de un error…

Distancia y lejanía…

Un gramófono…

Una dentadura…

Y solo uno, el que recibió un amor incondicional, cumplir la voluntad de Addie…

Faulkner se vive, se siente, se padece.

Si consigues traspasar la barrera su universo te atrapa para siempre.

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