Otelo, de Shakespeare, en un extraño montaje de Paco Montes con muchos alicientes

Por Horacio Otheguy Riveira

Largo escenario alfombrado con una tela blanca que bien podría semejar arena por donde el amor y el odio entrelazan sus apuestas y pierden todo control sobre la naturaleza de sus emociones. Un paisaje desnudo con espectadores inmersos en una acción que no tiene desmayos, con el eterno Otelo practicando running con Yago, su mejor enemigo, aunque aún no lo sepa, mientras un sol de justicia acaricia la piel de una Desdémona que es, a la vez, niña tontorrona y mujer muy apetecible. Una versión donde cierta dinámica cinematográfica encuentra muchos alicientes teatrales entre libertades conceptuales que no olvidan la sabia certeza de la obra original del siglo XVII:

Los celos son el monstruo de ojos verdes que se burla de la carne de la que se alimenta.

 

Antonio Alcalde, Yago. Iván Calderón, Otelo. (Foto: Álvaro José Ochoa Mateo).

 

Resulta muy interesante la creatividad del director Paco Montes, de quien vimos, entre otras, una comedia grotesca (Feo) y una versión divertidísima de una tragicomedia muy difundida (Un dios salvaje). Las dos obras con pocos personajes, en reducidas dimensiones, y ahora este Otelo de Shakespeare adaptado libremente, respetuoso en el fondo e irreverente en la forma, desarrollado en un amplio espacio donde el pequeño formato es para el público: sólo unas 40 personas alrededor de un largo rectángulo por el que transcurre una acción que no se priva de nada, empieza con una orgía y acaba con un nuevo final (protagonismo de Emilia, esposa de Yago, algo que coincide accidentalmente con la versión de Yolanda Pallín estrenada en 2014 con dirección de Eduardo Vasco [1]), tras pasar por distintas áreas, algunas de  las cuales resultan espléndidas coreográficamente y también textualmente, como la de la playa en la que los amigos Yago y Otelo practican running mientras sus esposas toman el sol, tan apetecibles con sus cuerpos casi desnudos, y Desdémona ya empieza a ser un amor en franco retroceso, con el bueno de Yago comiéndole la oreja al moro de Venecia sutilmente, fatalmente. Y todo en clímax de verano, sensuales y graciosos.

Yago desaparece por una trampilla inesperada: una de muchas sorpresas de la utilización del espacio escénico. (Foto: Álvaro José Ochoa Mateo).

 

Algo tendrá que ver con esta elaborada creación que Montes haya sido ayudante de dirección de Emilio Hernández en su Otelo, el moro, y a su vez en otra ocasión firmó la dramaturgia de Yago. Ahora bien, esta nueva producción no se parece en nada a las otras, tiene luz y color propios y se ve con mucho interés apoyada en gran medida por una muy estudiada iluminación y un montaje audiovisual de lo más cautivador.

Destaco un par de escenas que no destripan novedades: en una zona de masajes (algo lejana para los espectadores), los cuerpos también casi desnudos de los protagonistas están muy cercanos al placer sexual que algunos psicoanalistas hace tiempo dedujeron como búsqueda oculta en el insistente odio, en los obsesivos celos del subalterno hacia su señor. Aquí, en este Otelo escrito por Paco Montes, y codirigido brillantemente en compañía de Lucas Smint, la acción sucede en zona de relajada penumbra para que Yago masajee la espalda desnuda de su jefe, subiéndosele encima sin parar de masajear mientras le susurra más datos para ampliar su intriga, explotando con arte el sistema infalible de herir a fondo cuanto más débil está la víctima, y así dejar caer las sospechas que retorcerán el alma del poderoso hasta volverlo loco.

Yago (Antonio Alcalde) arrastra al bueno de Casio (Iñaki Díez) a su autodestrucción. [Foto: Álvaro José Ochoa Mateo].

Del mismo modo se plasma con fértil elocuencia, ya en el centro del escenario, la seducción con que Yago envuelve a Casio —militar responsable, hombre bondadoso— hasta empujarlo a beber hasta emborracharse estando de guardia; es la secuencia más importante del personaje, y el actor que la interpreta, Iñaki Díez, logra un sobresaliente ejercicio de inocencia extrema que provoca escalofríos. Su cuerpo entero se entrega a un juego que los espectadores sabemos siniestro, y que dará lugar al fatídico plan por el cual el moro grandullón perderá poder sobre sí mismo y trastocará su voluntad de amante feliz y guerrero triunfador, al dejarse llevar por la posibilidad de que su excitante esposa se líe con este Casio más joven, más guapo, tan bueno y tan blanco.

Es esta una versión que peca de exceso de propuestas, planteadas con claridad por el autor en el programa de mano: “La guerra. Los refugiados. La hipocresía de occidente. La lujuria del dinero. La violencia de género. Y la manipulación. Estos son los resortes en los que se apoya esta versión de Otelo”. Exceso de propuestas que así se articulan en las imágenes proyectadas de la época actual, imágenes innecesarias que recargan la riqueza del propio texto y la dinámica de sus personajes, recayendo en una unidad de criterios hoy en boga respecto a la creencia de que todas las guerras son iguales y que lo mismo es Auschwitz que el Gulag, Vietnam o Siria, puro negocio de tiranías, una simplificación que empobrece ideológicamente la función, pero no hasta el punto de hacerle perder fuerza e imaginación de una puesta en escena con notables logros, entre los cuales, además de lo ya mencionado es de destacar el sorprendente diseño de luces y la expresión corporal, gracias a la cual la violencia física de los actores hace temer al espectador por su seguridad pero todo está medido con un concepto coreográfico muy logrado.

La banda sonora resulta de importancia fundamental, con una gran variedad de temas maravillosamente conjugados en donde confluyen géneros no sólo diferentes sino opuestos en tiempos, ambientes culturales y energía emocional, pero con los que se logra una armonía muy atractiva con dos momentazos: la triste voz de Jacques Brel y su Ne me quitte pas en contraposición de una violenta secuencia, y la bella sincronía de OSHO Kundalini en una situación de encantamiento.

En este Otelo importa menos el protagonista y su transformación de victorioso seguro de sí mismo en pobre desgraciado enloquecido que destruye lo que más ama. Destaca más el manipulador Yago por encima de todo con alto vuelo del actor que lo interpretó la pasada semana (Antonio Alcalde): contenido, divertido en su juego casi infantil, sensual en su manipulación chulesca como si fuera un soldado reconocible en cualquier tropa de aquí y ahora, ¡qué bien domina los falsos timbres de quien pasa en un instante de convencer a cualquiera (Otelo, Casio, Rodrigo) que es un amigo fiel y en un pispás despreciarlo por completo a sus espaldas. En este juego, junto a Antonio Alcalde resultan convincentes Iván Calderón, Otelo (excepto cuando es ganado por la ira y los gritos debilitan su profunda desesperación), Yaldá Peñas como la dulce, sexy e ingenua Desdémona, María Herrero, casi invisible a lo largo de la función hasta que en el último tramo su rostro y su voz dan el giro necesario para el gran final; Óscar Varela trasunta los varios planos en los que se mueve con notable dominio corporal, especialmente valioso su aporte al transformarse en hombre-perro, otra idea feliz de Paco Montes en un espectáculo que ofrece muchos alicientes y algunos temas dignos de ser debatidos al calor de una obra genial estrenada en Inglaterra alrededor de 1603.

De izq. a der.: Óscar Varela, Iñaki Díez, Antonio Alcalde, María Herrero. Delante: Yaldá Peñas e Iván Calderón. Detrás, con la máscara, una actuación muda, simbólica. (Foto: Javier León, A golpe de efecto).

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[1] Otelo, Teatro Bellas Artes. Agosto 2014. En esta versión también Emilia actúa con un protagonismo que no tiene en la obra original y cambia el final. Sucede de otra forma con recursos distintos y en otro contexto, pero tiene en común el carácter resolutivo de una participación feminista. Subrayo esta coincidencia por tratarse de una necesidad ideológica que confluye en gente de teatro muy distinta en formación y propuestas.

Foto: Álvaro José Ochoa Mateo.

Otelo de William Shakespeare

Versión: Paco Montes

(No consta traducción)

Dirección: Paco Montes y Lucas Smint

Ayudante de dirección: Teresa Gago

Intérpretes: Ivan Calderón, Yaldá Peñas, Antonio Alcalde/Iñigo Elorriaga, María Herrero, Iñaki Díez, Óscar Varela

Escenografía: José Helguera
Iluminación: Luz E.T.
Audiovisuales: Raquel Rodríguez
Espacio Sonoro: Un, Dos, Probando
Vestuario: Pablo Porcel
Fotografías Compañía: Álvaro José Ochoa Mateo

Fotografía Yago-Otelo: Javier León, A golpe de efecto.

 

Colaboración en Residencia: La Puerta Estrecha
Producción: Óscar Varela. Actoral Lab.
Producciones Teatrales Algoquin
Distribución: Iñaki Díez. Sketch Eventos

Teatro La Puerta Estrecha. C/Amparo 94. Metros Lavapiés y Embajadores. 

Funciones: jueves a las 20,30 horas.

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