Safari (2016), de Ulrich Seidl

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Por Rafael S. Casademont.

Pocos han sabido retratar mejor el lado oscuro de Europa que Ulrich Seidl. Tras su trilogía Paraíso (Amor, Fe y Esperanza, 2012) y En el sótano (2014), el cineasta austriaco vuelve a nuestros cines con Safari para enseñarnos, cual preciso cirujano, los peores males del corazón de nuestra “avanzada” sociedad. Seidl vuelve de nuevo su mirada hacia uno de los pilares del primer mundo, el turismo hacia países más desfavorecidos, cambiando el turismo sexual de Paraíso, amor (2012) por el referente a la caza, los conocidos safaris africanos.

Con un planteamiento formal de corte documental y declaraciones a cámara, un encuadre centrado y simétrico y manteniendo a sus personajes inmóviles en el centro del encuadre como si de una fotografía superlativa se tratase, las tareas y actividades de un safari común  se desenvuelven ante nuestros temerosos ojos alternadas con declaraciones a cámara de los protagonistas no menos sorprendentes y, a priori, contradictorias. Seidl vuelve a ocultar con realismo y planos largos su intervención en un relato que parece mostrar a sus personajes de forma tan frontal y directa que la sensación de realismo se acrecienta pese a lo artificioso de la estética. Los personajes, de diversas edades y géneros, parecen creer de verdad lo que dicen y hacen. Es este realismo ante la declaración a la cámara estática o la acción seguida por una imperfecta e improvisada cámara en mano durante la cacería lo que hace tan trascendente la observación de estas acciones. Así, cuando estos europeos de piel sonrosada por el sol africano explican qué animales prefieren matar, así como cuando se felicitan entusiasmados por la magistral (siempre) precisión del disparo o, especialmente, cuando fabrican ilusionados la escena que servirá para la sonriente foto con el cadáver del animal que cierra, alegre, la jornada; vemos cómo un ritual sangriento ha perdido toda su, probable, tradición natural en favor de una atracción consumista prefabricada que juega con la muerte y la explotación en un sistema de negocio descendiente del sistema colonial. Así, ante un Seidl que se limpia falsamente las manos, el terror consciente de esos actos se apodera de nosotros. El austriaco, además, no nos permite ahorrarnos detalle en su juego de realismo y captura del proceso completo de la actividad y cierra cada cacería con el despiece del cadáver por parte de los nativos, procuradores necesarios y necesitados de este juego macabro.

De entre todos los rituales que acompañan a esta actividad de ocio, es especialmente chocante la normalidad de “maquillar” al animal para mejorar su postura de cara a la pose del cazador frente al cadáver (las fotos de Juan Carlos I y Miguel Blesa en situaciones idénticas asolan inevitablemente nuestra avergonzada memoria). De esta forma, el director austriaco da el paso más interesante en su retrato social acerca de la normalidad social del ridículo en la actualidad al recrearse en el “postureo” social media que esta actividad, defendida por sus adeptos como algo tradicional y natural, queda retratada como una actividad de consumo, alejada de toda tradición o realismo natural. Una actividad de recreo que solo simula la actividad ancestral bajo un paraguas de animales numerados y expuestos
como en una feria de tiro para que el cliente salga con un buen recuerdo. El ridículo llega solo, sencillo, con la simple grabación de esta pose fija en video en unos segundos que sostienen y destacan lo artificioso de una práctica que contiene el cadáver de un gran mamífero recién asesinado por ese otro gran mamífero que sonríe a su lado, rifle en mano. El debate en un mundo atestado de imágenes, al igual que las tristemente comunes fotografías de un soldado sonriente junto al cadáver de un enemigo fallecido, vuelve a lanzar al aire una pregunta sobre sus protagonistas, ¿es esa actividad, esa victoria frente al enemigo fallecido, el motivo de la risa o es solo la ignorancia del sujeto alienado la que sonríe inconsciente por el simple hecho de ser fotografiado dentro de una actividad normal y corriente para él?

Safari es, sin duda, una película dura y sin concesiones, llena de verdades pero alejada de vulgares mensajes panfletistas. Una obra para hacerse preguntas y luchar por no apartar la mirada. Otra más, dentro de la filmografía de Seidl, que consigue remover nuestra conciencia  ante la aterradora sensación que conlleva descubrir un tumor que no habíamos notado o del que ya ni nos acordábamos. De nuevo, las fisuras infinitas de Europa.

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