“Los milagros prohibidos”, una obra de Alexis Ravelo

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Por Javier Sánchez Zapatero.

Siruela, 2017

330 pp.

Conviene afrontar la lectura de “Los milagros prohibidos” liberados de prejuicios, desterrando ese hastío que parece invadirnos cada vez que recibimos aquello que de forma atinada e irónica denominó Isaac Rosa “otra maldita novela de la Guerra Civil”. Y es que sí, la novela de Alexis Ravelo viene a sumarse al numeroso grupo de narraciones ambientadas en la contienda, pero lo hace con personalidad y una serie de características distintivas que la hacen brillar con luz propia dentro de un corpus con cierta tendencia al tópico, el maniqueísmo y la reiteración. Entre todas ellas, destacan por encima de todas su estilo ameno, su ritmo ágil y su construcción formal, que hace de la novela un artefacto complejo, con saltos temporales y un gran dominio de una voz omnisciente que va centrándose en diversos personajes y acontecimientos hasta que todas las piezas que van quedando disgregadas a lo largo de la narración terminan por encajar. Así, Los milagros prohibidos parece una novela sencilla que no lo es en absoluto, algo que es muy complicado y que, por supuesto, confirma la valía de su autor.

Llama la atención el hecho de que Ravelo haya decidido ocuparse de un suceso acaecido en los primeros días de guerra, prácticamente desconocido en la España peninsular: la Semana Roja de La Palma, en la que la isla fue controlada por las fuerzas republicanas después del Golpe de Estado del 18 de julio poco antes de ser controlada por el bando nacional, que inició una violenta represión. La novela se centra precisamente en esos días, en los que un maestro izquierdista que colaboró con las autoridades en los primeros días del conflicto permanece oculto en el bosque, sobreviviendo a duras penas, alejado de su familia y con la esperanza de poder huir de la isla antes de ser capturado por las batidas de falangistas y militares que peinan la zona. De todos ellos, hay uno que parece tener especial interés en dar con él: Floro “el Hurón”. Involucrado en la guerra por razones más pragmáticas que políticas, quiere encontrarlo para saldar una deuda que tiene más que ver con el corazón que con la ideología, puesto que el maestro es el marido de la mujer a la que él siempre amó. De ese modo, la persecución entre ellos va a trascender la ilógica lógica de la guerra para convertirse en una búsqueda salvaje de dos personajes que viven como animales –uno duerme en cuevas y come lo que encuentra en el campo; al otro le llaman “el Hurón” por su capacidad para oler el rastro de aquellos a quienes persigue– y que parecen guiados por fuerzas irracionales y salvajes, marcada por el afán de supervivencia en el primer caso y con el odio ciego en el segundo.

Toda su peripecia se desarrolla en el delimitado y finito escenario de la isla, con lo que el pulular del profesor por los bosques y los frondosos espacios naturales de La Palma tiene algo de huida desesperanzada hacia delante. Rodeado de mar por todos los lados y asediado por las patrullas de búsqueda que comanda “el Hurón”, hay algo de absurdo en el profesor y su obstinación por seguir en fuga –tal y como sucedía en otra de las novelas del autor, Las flores no sangran, en la que se narraba un secuestro en la isla de Gran Canaria en el que los captores eran conscientes de que, una vez descubiertos, no podrían huir–, que solo se entiende desde la dignidad que transmite su figura, el convencimiento de que dejarse atrapar sería claudicar contra el fascismo, el miedo a la violencia salvaje instalada en la isla y el amor por la mujer que le espera en casa, resistiendo a la presión y a las humillaciones de los partidarios del bando franquista. No es baladí, en ese sentido, que una de las citas con las que se abre la novela corresponda al verso de Desolación de la quimera en el que Cernuda sostiene que “lo que importa y nos basta es la fe de uno”.

Además de dar a conocer qué sucedió en la isla canaria durante los primeros meses de la guerra, y de trasladar al lector un espacio físico y humano a menudo ignorado desde el resto del país –aunque siempre presente en la narrativa de Ravelo, uno de los más destacados escritores canarios de la época contemporánea–, la novela trata de mostrar el valor pragmático que en ocasiones puede acompañar a la literatura. De hecho, dentro de la compleja estructura de la obra se insertan una serie de epígrafes, titulados “La memoria”, en la que se da voz a algunos personajes de la época que rememoran lo sucedido y explicitan la necesidad de no olvidar lo sucedido. Así, Los milagros prohibidos es una novela recuerda lo sucedido en la guerra en Canarias gracias a una exhaustiva labor documental, pero también es una novela que pone de manifiesto que la literatura puede servir para recordar y mantener vigente la memoria de tiempos pasados que no siempre fueron mejores. Y ya se sabe que una sociedad que no recuerda está siempre condenada a fracasar.

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Una respuesta a “Los milagros prohibidos”, una obra de Alexis Ravelo

  1. A ver si alguien escribe una novela sobre el genocidio de Paracuellos o los asesinatos de bandas de extrema izquierda que asesinaban a niños simplemente por llevar un crucifijo y quemaban iglesias (la izquierda española asesinó a casi 10.000 sacerdotes: es alucinante) y las saqueaban y luego vendian las obras de arte en el mercado negro internacional. Ya está bien de ese abyecto maniqueismo cuando aqui se enfrentaron dos bandos radicalizados. La republica cerró más de 200 periodicos, y además asesinó al lider de la oposicion democratica por medio de pistoleros de un capo socialista y de la Guardia de Asalto. Unos se resistian contra el fascismo que vendría despues y otros contra el fascismo rojo, el que ya se practicaba, el comunismo, porque los democratas (los cuatro gatos de esa época que hoy considerariamos democratas) no estaban ni en un bando ni el otro, se habian largado todos de España.

    Maldini
    3 abril 2017 at 0:56 am

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