Verdades y mentiras al rojo vivo

Por Mariano Velasco

Con su peculiar voz como bandera, Juan Diego capitanea una “gata” de Tennessee Williams tan caliente como el tejado.

 

Aunque a veces requiera cierto esfuerzo por parte del público seguir su característica voz ronca y cada vez más rota, Juan Diego es de esos pocos actores que casi no necesitarían hablar para interpretar, porque lo hacen con todo su cuerpo y alma. Tal vez también por ello su personaje, el del abuelo, adquiere especial protagonismo en esta versión de Una gata sobre un tejado de zinc caliente, de Tennessee Williams, que se representa en el Teatro Reina Victoria de Madrid, y en la que resulta difícil decidir a quién atribuir el adjetivo de “caliente”, si al tejado o a la propia gata.

Extremadamente rico en matices, el personaje de Juan Diego —un anciano adinerado agresivo, dominante y muy con cuentagotas tierno—, que aparentemente tiene a toda la familia a sus pies, no se sabe si por interés o por cariño, se convierte en la pieza clave de este mundo de verdades y mentiras que rodea a los miembros de la familia protagonista y que salen a la luz durante el caluroso día del cumpleaños del abuelo, horas antes de que se desate la tormenta que todos ellos llevan dentro.

Con una muy efectiva aunque sobria puesta en escena y un decorado acertadamente atemporal, ya desde el principio el espectador se adentra en un entorno familiar que tal vez no le sea tan ajeno, todo ello apoyado con una iluminación muy efectiva y la presencia de un inquietante ventilador en primera línea que transmite esa sensación de falta de aire, o de necesidad de él, que no va a dejar de atosigarnos hasta el final de la historia.

Uno de los grandes aciertos de este potente texto —y que esta brillante versión, dirigida por Amelia Ochandiano, ha sabido mantener— es el de abordar el asunto de la homosexualidad en un muy segundo plano, recurso con el que ya el propio Williams y ahora Ochandiano logran un doble resultado: que haya algo siempre oculto al espectador que genere su atención y, sobre todo, que no quede desdibujado el verdadero conflicto que aquí se pone sobre la mesa: la mentira.

Verdad o mentira, dependiendo del lado de la moneda desde el que se mire —el abuelo es quien mejor lo define: mendacidad—, es el dilema que envuelve por completo a los personajes de este embrollo que bien pudiera trasladarse a cualquier familia de hoy en día, y bajo cuya fuerza de succión conviven otros conflictos como la muerte, la ambición o la pasión que, conjugados todos ellos, conforman un verdadero universo dramático en el que se mueven como peces en el agua los personajes creados por Williams.

Personajes que, por otro lado, encierran en sí una sorprendente contradicción. Y es que, pese a las mentiras que soportan sobre sus hombros, derrochan sinceridad por todos sus poros, y eso es lo que les hace parecer, en otro de los grandes aciertos del texto, tan arrebatadoramente humanos.

Brick es el mejor ejemplo de ello y, tal vez, el personaje más difícil de interpretar. Es por ello que el trabajo de un sobrio Eloy Azorín pase más desapercibido que el del resto, pero es que su creación de este hombre que sobrevive arrastrado por el whisky exige sobre todo contención y frialdad, y eso aquí bien que se consigue.

Magníficos también los secundarios, con una excelente Ana Marzoa que sabe transmitir cómo su personaje no acaba de ver la tormenta que se le viene encima, un José Luis Patiño que tiene su momento de gloria y lo aprovecha al máximo y una Marta Molina que le pone a la cuñada ese punto repelente que necesita (no tan exagerado como el de la versión cinematográfica, por cierto).

Y para arrebatador el personaje de Maggie, la gata, quien al menos a priori, y pese al título elegido por Williams, se esconde cual felino agazapado para no parecer el centro de atención de la historia. Pero a medida que se va desarrollando el drama, y mientras el abuelo se debate entre la salud y la enfermedad, Brick se deja llevar por el alcohol, el hermano y la cuñada se devanan los sesos para conseguir la herencia y la abuela se desespera ante los desplantes del abuelo, ella se va erizando y se empeña en resistir, como solo lo haría una gata sobre un tejado de zinc caliente.

Begoña Maestre salva con creces las dificultades de haberse tenido que incorporar al elenco más tarde (antes de recalar en Madrid, el personaje lo interpretaba Maggie Civantos), y consigue crear una gata que transmite sensualidad, valentía y convicción en sus ideas, que siempre dice lo que piensa, que bufa, bufa y bufa y, sobre todo, lo que más atractivo hace a este personaje tan adelantado a su tiempo: que muy por encima de dinero y tierras del abuelo, lo único que verdaderamente desea esta gata en celo  digámoslo a las claras, es follarse a su marido de una santa vez. Y dispuesta está a arañar a todo aquel que se lo impida.

 

Una gata sobre un tejado de zinc caliente, de Tennessee Williams

Teatro Reina Victoria, Madrid

VERSION Y DIRECCIÓN: Amelia Ochandiano

REPARTO: Juan Diego, Eloy Azorín, Begoña Maestre, Ana Marzoa, José Luis Patiño y Marta Molina.

 

 

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