Viviendo en las nubes

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Por Fernando Travesí

Pese a ser motivo de inspiración recurrente en el arte, especialmente en la pintura, por algún motivo (vaya usted a saber cuál, quizá solo de tanto escuchar y repetir) hemos aprendido la costumbre de mirar peyorativamente a las nubes y a quienes viven en ellas. Como si mudarse por una temporada a cientos de metros por encima de esta tierra tan confusa a la que llamamos realidad fuera un defecto, un error o una opción descabellada.

Se dice con tono de regaño del niño que sin moverse de su pupitre se “desconcentra” porque se pierde en su mundo interior (y hacer eso sí debería ser objeto de persecución y censura, y no twittear). Con cierta burla, y quizá con cierta envidia, de quien en lugar de caminar va flotando en los vapores de su enamoramiento o su felicidad. Y con cierto desdén de aquel que prefiere vivir absorto en su propia dimensión, como si la terrenal nos ofreciera a diario muchas alternativas atractivas…

Sea como fuere, impera la noción de que vivir en las nubes es estar desconectado, evadido o carecer del entendimiento que parece requerir el manejo racional de las cosas. De que es un lugar transitorio, un poco inadecuado, y del que, en todo caso, hay que bajarse tarde o temprano para enfrentar la realidad. Sin dar oportunidad, espacio ni tiempo para intentar probar la hipótesis contraria pues, quizá, desde las nubes se consiga tener mejor perspectiva para contemplar y entender tantas cosas que pasan a ras de suelo que normalizamos y fingimos comprender.

Curiosamente, es el lenguaje tecnológico que hoy todo lo invade quien va moldeando el uso cotidiano del término y, paradójicamente, esté invirtiendo y convirtiendo “la nube”, paraíso prohibido de los felices, los desconectados y los distraídos en el tótem de la híper conexión: ese espacio virtual infinito, accesible en cualquier momento y desde cualquier lugar, a donde se ha mudado toda nuestra información personal y donde parece que se deja seducir al mejor postor.

Pese a todo, recientemente, las nubes han sido noticia por un día. Y no por formar parte de esa nueva y obsesiva disciplina informativa (con vocación de entretenimiento) que son las noticias del tiempo, donde se las menciona con frecuencia porque nos traen tormentas, nos cubren del sol, nos inundan o refrescan con su lluvia, nos encapotan el día o nos permiten, por ausencia, tener un cielo azul…. No por eso, sino por derecho propio: la naturaleza, siempre caprichosa y creativa, ha creado nuevas formas con las que decorar ese gran lienzo que es el cielo y que sería de una monotonía aburridísima si no fuera por ellas.

Para los que disfruten de perderse en las nubes o quienes quieran seguir viviendo en ellas, tienen ahora más opciones que nunca. La Organización Meteorológica Mundial ha actualizado su Atlas Internacional de Nubes, reconociendo nuevas categorías que no estaban en la lista habitual que estudiamos en el colegio (cúmulos, estratos, cirros… ) y añadiendo una sugerente lista con doce nuevos tipos cuyas formas se asemejan a un agujero, a un muro; evocan la superficie del mar vista desde abajo e incluye esas enormes líneas de tiza que surcan el cielo tras el paso de los aviones.

Porque si uno quiere fijarse, el cielo se ofrece como un poético museo de magníficas esculturas que da gusto contemplar. Un espacio infinito en el que perderse o encontrarse. Un paseo sin rumbo por allí por donde viven los sueños y las ilusiones planeando a merced de los vientos; por donde vuela la imaginación, por donde flotan los recuerdos y por donde se esconde, siempre esquiva y juguetona, la inspiración.

Un lugar al que se llega fácilmente, desde cualquier sitio, si uno se permite despegar por un rato, quitarse los pesos que nos mantienen amarrados siempre a tierra y es capaz de levantar la mirada de la pantalla electrónica que nos absorbe e hipnotiza y nos hacer caminar, curiosa y perversamente, siempre cabizbajos.

Todo un lujo al alcance de la mano de cualquiera.

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