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El último adiós Por Ana Riera

 

A la memoria de mi padre y al presente de unos artistas geniales que supieron transportarme a otro mundo, The Primital Bros.

 

 

  • Tu padre se está apagando. Hoy no ha abierto los ojos en todo el día.
  • Tranquila mamá. Ahora mismo saco un billete y me voy para allá.

 

Hacía meses que sabíamos cuál iba a ser el desenlace. El guion ya hacía tiempo que estaba escrito. Lo estábamos esperando. Y sin embargo…

En cuanto colgué, me senté frente al portátil y me puse a buscar. Para esa tarde ya no quedaba nada. Localicé una plaza para el primer tren de la mañana. Supe que estaba ahí para mí, esperándome. La compré.  Mientras imprimía la reserva me entró un wasap con su irritante bip. Mi amiga Maricruz preguntaba a qué hora íbamos a quedar. El teatro. Se me había olvidado por completo. Yo misma había sacado las entradas para las cuatro hacía algunas semanas. De hecho, las tenía físicamente sobre el escritorio, desde donde me miraban desafiantes. Pensé que no tenía cuerpo para ir, que no era el día apropiado. Pero no me quedaba más remedio, aunque solo fuera para darles las entradas. Mientras me acercaba al punto de encuentro, con el alma agitada y el estómago angustiado, decidí acompañarlas. No me apetecía contarles nada, no quería hablar de ello, sabía que no soportaría sus bienintencionadas preguntas. Así que me comporté como si no ocurriera nada.

Entramos parloteando al teatro café. El Alfil. Hasta la fecha nunca me había decepcionado. Yo iba la primera, como si tuviera prisa por hacer correr el tiempo. Me fijé en una mesita algo esquinada que aguardaba en la primera fila. Mis pies se dirigieron decididos hacia ella. Pedimos unas cervezas. Me sentó bien notarla descender despreocupada por mi garganta. Sabor amargo sobre sabor amargo.

Estábamos avisadas de que durante la función los actores interactuaban con el público. En seguida lo constaté personalmente. Con la excusa de entablar una relación con nosotros, los extraños que nos habíamos colado en su mundo primitivo, uno de los actores me dio un plátano en señal de amistad. Sus compañeros hacían lo propio con otros elegidos. Pero el mío se entretuvo un poco más. Hizo ver que yo le gustaba especialmente. Coqueteó conmigo poniéndome ojitos. Para demostrar que sus intenciones eran buenas me regaló otro plátano. Luego el racimo entero. Fue un momento dulce y simpático.

La obra era buenísima. The Primitals (Yllana y Primital Bros). Cuatro actores con un dominio absoluto del arte gestual, con una divertidísima vis cómica y que además cantaban como los ángeles. La trama avanzaba a golpe de canción. Todos estábamos completamente embelesados, doctos y profanos. Creí que mi bello galán se habría olvidado de mí tras conseguir arrancarme una sonrisa. Si él supiera el valor que ese día tenía esa sonrisa. Pero no, no me había olvidado. En otro momento de la función en que se sentía despechado por el resto de la tribu, retomó la broma de nuestro supuesto flirteo. Yo, ya entregada, le seguí la corriente. ¿Qué otra cosa podía hacer? Aprovechando que lo habían dejado solo en escena, se colocó justo delante de mí y con su hermosísima voz me dedicó el aria “Deja que llore”, de la ópera Rinaldo, de Händel. Fue un instante mágico absolutamente irrepetible, un bálsamo dulcísimo para mi corazón afligido, que por un instante me sacó del tiempo y el espacio, llevándome ingrávida hasta mundos desconocidos. Fue como volar por un cielo ardiendo sin quemarme.

La oscuridad seguía vistiendo las calles cuando cogí el tren la mañana siguiente temprano. Tenía prisa por llegar. Deseaba que mi padre me esperara. Anhelaba poder despedirme. Pero a la vez no quería que el tren alcanzara nunca su destino, confiaba en que si cerraba los ojos con fuerza, se deslizaría hacia otras vías, hacia otro lugar, hacia otra realidad.

¿Cómo iba a despedirme? Siempre nos había costado comunicarnos, entre nosotros las palabras no fluían, se desorientaban a medio camino. Nunca había sabido qué pensaba, qué sentía realmente. A veces se me había antojado incluso como un gran desconocido. Pero no. Sabía algunos secretos, algunas cosas íntimas de él. Como que le gustaban los coches y las motos. Sobre todo las motos. Y fumarse un buen puro mientras disfrutaba de una cerveza negra. Y escuchar música clásica. Eso era lo que más. A pesar de estar medio adormilada y del traqueteo incesante del tren, no me costó nada rememorar las notas colándose por todos los rincones de nuestra casa los domingos por la mañana.

Y de repente ahí estaba, sonando sin avisar, apoderándose de los recovecos de mi mente apesadumbrada. El aria de Rinaldo, insistente, llenándome de calor y ternura. Lo comprendí al instante. Esa era justo la única forma en que mi padre podía comunicarse conmigo. A través de la música, a través de una pieza tan bella y emotiva como esa. Y lo había hecho. La tarde antes. En el café teatro. Seguro que había tenido algo que ver con el hecho de que el actor, Manu Pilas, me escogiera precisamente a mí de entre todas las personas que nos habíamos dado cita en ese acogedor local. Y que se mostrara tan tierno, tan sublime. Claro que dejo que llores, papá. Y yo lloro contigo.

 

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