“En la orilla”: crímenes bajo el desarraigo y la codicia

Por Horacio Otheguy Riveira

Amigos juerguistas, siempre a la caza de la mayor cantidad de dinero posible, como sea y a costa de la mayor cantidad de “gilipollas” posibles. Gritan, ríen, beben, su amistad es tan vacía como un castillo de naipes a la orilla de un crimen capaz de alimentar la extrema codicia. Una función en la que la escenografía y las imágenes en vídeo crean un ambiente perfecto para que se unan la intriga y el melodrama: insólita unión para explicar la facilidad con que la corrupción atrapa a medio-hombres, desarraigados de toda ética y condición solidaria.

Excepcionales intérpretes dan voz a este importante testimonio social, que va mucho más allá de una exposición de hechos, de la mera protesta pues, como la novela original, profundiza en un campo muy amplio de sicópatas en primera línea de fuego.

Hay que elegir muy bien a los enemigos, porque con el tiempo uno se acaba pareciendo a ellos. (Jorge Luis Borges)

Marcial Álvarez, Rafael Calatayud, entre copa y copa de todo se mofan bajo la mirada de César Sarachu, otro que se las trae, detrás de su apariencia de pobre tipo.

César Sarachu en la fase de hijo modelo. Yoima Valdés como la colombiana servicial y hábil para sacar la mayor tajada posible. Y Ángel Solo, coautor del texto, en el papel de don José, el padre en fase terminal que resulta clave en la trama.

 

Versión teatral de la novela homónima de Rafael Chirbes, esta “Orilla” de Ángel Solo y Adolfo Fernández es fiel a lo esencial del original, y a la vez reescribe y enriquece la historia aprovechando brillantemente las posibilidades de puesta en escena. Con una dramaturgia muy elaborada en la que monólogos y situaciones, soliloquios y diálogos, confluyen para aportar no una sino varias miradas sobre el mismo asunto. Cuando los personajes monologan lo hacen de tal manera que no se dirigen al público en apartes a lo Siglo de Oro, sino que cumplen la imperiosa necesidad de hablar consigo mismos, de explicarse. Sobre todo el protagonista, don Esteban, el buen hombre que desde el primer momento reconstruye el horror padecido por su padre bajo la barbarie nacionalcatólica del franquismo en aquellos magníficos negocios que consistían en apropiarse de pantanos, tierras y pueblos enteros después de destruir a sus familias.

Pero este tipo que nos conmueve con su mensaje, en compañía de dos amigos insoportables, hijos del otro bando, rebusca justificación en su andanada de palabras y gestos, lamentos y protestas, para acercarse, poco a poco, a cambiar de papel sin dejar nunca de engañar a los demás y a sí mismo.

Con un trabajo superlativo del actor que lo interpreta, Carlos Saracho, todo el elenco integra la sucesión casi cinematográfica de escenas con la seguridad de un equipo de sólida formación en la que todos se entregan en ínfimas apariciones lo mismo que en situaciones de mayor desarrollo. Por momentos bastan unos pocos gestos para comunicar todo un enjambre de ideas o emociones, y cuando es necesario explayarse, los mismos intérpretes incorporan nuevos personajes con el talento forjado en largos años de experiencia. Todo lo aúna la dirección ejemplar de Adolfo Fernández, quien se dio el gusto de asumir un personaje clave en la historia pero con muy pocas apariciones. Unos y otros se han confabulado felizmente, conscientes de llevar a escena por primera vez al novelista español más importante en el género de novela periodística, por su gran alcance de investigación de mercado y vida cotidiana.

El deslizamiento paulatino y en constante crecimiento dramático se produce a través de una concatenación muy interesante de tiempos que se entrecruzan. Guiados por la memoria y el presente del protagonista, resulta sobresaliente la doble creación de un mismo artista, Emilio Valenzuela, capaz de lograr desde antes que comience la función una muy efectiva armonía entre audiovisuales y espacio escénico. Las imágenes oscilan entre una notable belleza rural y complementos de otro tipo que ayudan a comprender las secuencias, y en todo caso se comunican perfectamente con el diseño de una escenografía a ras de suelo, con inspiración de mobiliario castellano (gran bloque de madera, fijo y en movimiento, del que surgen muchas cosas, tales como un puente, una pasarela, un mueble-bar, una mesa con sillas para la paella…).

En la orilla: en su mundo de oscuridad e ignorancia se sienten libres, animales presuntamente normales y corrientuchos que se crecen una barbaridad cuando su enriquecimiento se logra haciendo daño a otros, es entonces cuando consiguen que sus odios, sus temores, su ira y su orgullo, su triunfo y su gloria se embadurnen de cocaína o whisky o incluso nada, porque hay a quien le basta con su ignominiosa tarea donde reinan la codicia y el asesinato… sin un gramo de euforia verdadera ni artificial. Hay una segunda parte todavía no escrita, que nadie escribirá nunca que puede construir el espectador si junta las partes y da margen a la escena final. Un epílogo fiel a las inmensas posibilidades de algunos muertos sobre sus verdugos. Así, el amargo final abre puertas inesperadas, más allá de la propia historia con voluntad de perfecta venganza… si el espectador así lo quiere.

De izquierda a derecha en una de las escenas más impactantes: Sonia Almarcha (Ahmed, un chaval moro), Ángel Solo (el veterano carpintero que quedará en la calle), Rafael Calatayud (otro trabajador despedido), y delante de todos César Sarachu, el sórdido patrón.

Sonia Almarcha, la mujer que vuelve de la muerte para revelar el pasado con sus amantes. Amargura y desprecio en otra creación de una gran actriz que destaca ante cualquier personaje por pequeño que sea.

 

Novela de Rafael Chirbes. 

Adaptación teatral Ángel Solo y Adolfo Fernández

Dirección Adolfo Fernández

Intérpretes Sonia Almarcha, Marcial Álvarez, Rafael Calatayud, Adolfo Fernández, César Sarachu, Ángel Solo, Yoima Valdés

Escenografía y audiovisuales Emilio Valenzuela
Iluminación Pedro Yagüe
Vestuario Blanca Añón
Sonido y música original Miguel Gil Ruiz
Coproducción Centro Dramático Nacional, K Producciones, La Pavana / Diputación de Valencia y Emilia Yagüe producciones

Teatro Valle Inclán. Sala Francisco Nieva. Del 19 de abril al 21 de mayo de 2017

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