“La edad de la ira”: colosal melodrama con adolescentes en pie de guerra

Por Horacio Otheguy Riveira

En el mundo del espectáculo no es palabra bien vista esta de melodrama, un género que nace con la ópera (melo, canto y música; drama, acción) y que con el tiempo se ha marginado como “menor” por su impúdica tendencia a expresar abiertamente sentimientos, algo tan mal visto que quien cae en eso será duramente castigado en colegios o reformatorios. Son los que tienen el mal gusto (horror de horrores) de mostrar sus sentimientos más desaforados, y por tanto más necesitados de sacar para no asfixiarse.

Sin embargo, no hay como el más puro melodrama para incidir en la pureza de emociones dispuestos a jugarse el todo por el todo. Así lo ha entendido el director José Luis Arellano y el resultado no puede ser mejor, ya que toda la Compañía —con el apoyo extraordinario de Juanjo Llorens en las luces y Luis Delgado en la música— logra una obra de arte en la que la desesperación, la sensualidad y la ternura de la adolescencia ofrecen un espectáculo de turbadora belleza.

Y algún día podré gritarle a todos que no soy la basura que ven en mí. La basura que me hacen sentir cuando los profes me miran como si fuera idiota. La ira para mí es eso. Ira es que te encierren en una persona que no eres. Que te juzguen cuando te miran pero tú sabes que no te ven.

 

 

La novela La edad de la ira, de Fernando J. López, expone con realista claridad el habitual cortocircuito entre adolescentes/familia/profesorado, a partir del acto violento de un chico en el seno de una familia disfuncional con padre y hermano mayor muy agresivos. Ya en el primer capítulo queda claro el ambiente en que se vive, proclive a los asesinatos que se producirán, cuya investigación dará lugar a todo el argumento. La adaptación teatral del propio autor evita el realismo y el carácter de testimonio documental que torna especialmente interesante el original, una exigente panorámica de una serie de conflictos psicosociales. Sin embargo, al ponerse a trabajar con La Joven Compañía para convertirla en teatro, rompió la técnica original y se puso a trabajar sin ataduras, arrojándose a los brazos del director José Luis Arellano, un auténtico maestro de maestros en el arte casi imposible de dirigir a intérpretes tan jóvenes y lograr una confianza de tal calibre que se entreguen en cuerpo y alma, a tumba abierta, de una manera físicamente muy intensa, emocionalmente acrobática, suficientemente controlada como para contenerse y enriquecerse cuando a punto está de estallarles el corazón. Y no es metáfora.

Así las cosas, uno las palabras —en principio opuestas— de melodrama y colosal, porque el espectáculo de esta Edad de la ira permite la espectacularidad de un grupo de actores fabulosos, protegidos siempre por el talento excepcional de adultos que les ayudan y protegen para que sus saltos mortales se realicen sobre una protección adecuada para que nada ni nadie pueda dañar aún más los malheridos sentimientos de quienes adolecen en medio de la turbamulta de familiares y profesores que apenas les miran, pero que sobre todo no hacen ningún esfuerzo por verles.

Sin rastros del realismo riguroso de la novela, La edad de la ira por La Joven Compañía es un colosal melodrama en el que todos los elementos puestos en juego auspician una catarata de sensaciones excesiva en la prosa (sobreabundancia de imágenes literarias en maremágnum de palabras) en todo caso excesos literarios de un texto que se busca a sí mismo como la propia voz de los personajes que los asumen e interpretan y los trabajan y retrabajan hasta hacerlos suyos, logrando una armonía espacio-temporal sobresaliente.

La trama central se difumina y confunde en una exuberante exposición de chicos y chicas que desesperan por decir lo que les pasa, a sí mismos primero, y luego a los demás. Se divierten, corren y luchan en un contexto de sufrimiento oculto que solamente en soledad se expresa abiertamente, pero el escenario les permite divulgarlos con secuencias muy bien hilvanadas.

Los actores se entregan de tal manera que conforman un despliegue de insólito desgarro. Con gran agilidad los tres protagonistas se cambian a menudo de ropa, casi siempre detrás de la escenografía: su transpiración queda así a resguardo para que puedan retomar todas las sendas como si fuera la primera, en un crescendo alucinante que nunca pierde el norte. Y al final todos reciben el premio mayor: sala llena con el público de pie, el autor que vuelve a llorar, pero ahora, ya fuera de ensayos, con lágrimas compartidas con espectadores desconocidos de todas las edades. Se ha tocado fondo, se ha gritado y susurrado, la trama minuciosa de un crimen investigado ha desaparecido, pero queda lo esencial: la lucha por ser uno mismo sin saber qué es eso, exactamente, pero con el maravilloso apoyo en una amistad que se sabe confundir con el amor y el placer por muy friki que resulte a los ojos de los demás. Un triángulo de dos chicos y una chica cuyo poderío va más allá de todas las desgracias porque siempre permanecerán en su memoria entre besos, abrazos y otras pasiones compartidas. Y el público agradecido porque, más allá del límite de la edad, la misma ira le acompaña y la dormida adolescencia vuelve a despertar con fuerza.

La construcción de esta amistad de tres que no quieren separarse, y cuyos encendidos abrazos llegan hacia el final de la función, tiene tal elaboración plástica (coreográfica, musical, sentimental…) que conmueve desde el primer momento.

Álex Villazán es Marcos, el protagonista que no más aparecer lo hace en un estado de excitación muy fuerte (Hace tiempo que nos odiamos. Es mutuo, supongo. A mi padre nunca le he gustado) que no abandonará hasta el final; sus movimientos, su voz, se embarcan en una espiral con muchas tonalidades, sin altibajos. Su gran amigo Raúl es un buenazo hijo de una profesora en quien confía, lo que le da la estabilidad emocional de la que los demás carecen. De este personaje se ocupa Javier Ariano, asombroso en la capacidad de expresar cariño sin temor a ser herido, por lo general al margen de la rabia de sus amigos, y María Romero es Sandra, la que ama a los dos muchachos; es dulce, encantadora, solidaria y suavemente sexy, sin proponérselo, dueña de una sexualidad que fluye con naturalidad, sin morbo alguno, en un conmovedor homenaje a la Jeanne Moreau de Jules et Jim, de François Truffaut, quien sobrevuela la función de varias maneras. Esta Sandra tiene una amarga segunda vuelta, no es para nada un personaje lineal, de manera que cuando está sin ellos es cuando expresa su desconsuelo, su propia tormenta interior que puja por salir, y María Romero está sensacional bordando el resplandor de la tierna seductora y la chavala desesperada. Los tres componen el eje por el que discurre una función con muchos hallazgos, y en la que todos los intérpretes destacan, sacándole buen partido a la dinámica de personajes ricos en matices.

En uno de los ensayos donde la expresión corporal forma parte importante de todo un engranaje que acabará poniéndose en escena con suma delicadeza.

Alejandro Chaparro y Jesús Lavi se ocupan con notable disposición, con garra indudable, de los personajes más antipáticos. El primero es el hermano mayor, y el segundo el compañero de instituto navaja en mano. Los dos se sienten impotentes ante las responsabilidades que deben asumir, y actúan agresivos y nefastos para que no se noten sus debilidades.

Jorge Yumar ha de vérselas en un estado de excitación muy agudo todo el tiempo, y de allí que consiga mantenerse a flote cuando cada escena parece invitarle al desborde. Laura Montesinos convence en la chica liberada que tiene a los tíos locos con su figura y su desparpajo (Son unos pajilleros que se creen que soy una tía fácil), aporta el vértigo que le produce actuar como de vuelta de todo pero capaz de cambiar y descubrir una sensibilidad que parecía no tener. Y por último Rosa Martí, quien ha logrado componer un personaje profundo, en quien se puede confiar, aparentemente superficial porque se expresa a través del humor.

Párrafo aparte para la colaboración especial de Mabel del Pozo, que realiza un trabajo impresionante: una madre surgida de los grandes personajes neuróticos de Tennessee Williams. Habla a su hijo en una grabación sonora, pero nosotros la vemos en una proyección de vídeo sobre una columna de la singular escenografía (una especie de vagón de un imaginario tren donde suceden situaciones terribles y hermosas).

Realiza un cautivador discurso con un texto de gran precisión, articulado dentro del ensueño de un ser desvalido que, como los adolescentes, aspira a la “levedad”, a volar por encima de una realidad que no le gusta. Resulta especialmente admirable su participación porque es el único adulto que aparece en la obra, y lo hace para dar a conocer un aspecto esencial en el desarrollo del drama.

Todos los miembros de La Joven Compañía ya han demostrado variedad de talentos en anteriores producciones. Sin duda, esta vez logran un estado de excelencia —como labor de equipo e individual— que les deparará largo éxito con este espectáculo (van a estar también en 2018 recorriendo España), así como en el futuro de sus muy prometedoras carreras.

 

De izquierda a derecha: Jesús Lavi, Laura Montesinos, Javier Arano, Álex Villazán, María Romero, Jorge Yumar, Alejandro Chaparro, Rosa Martí.

Autor: Fernando J. López, en libre versión de su novela homónima

Dirección: José Luis Arellano García

Intérpretes: Marcos – Álex Villazán; Sandra – María Romero; Raúl – Javier Ariano; Brenda – Rosa Martí; Meri – Laura Montesinos; Adrián – Jesús Lavi; Ignacio – Alejandro Chaparro; Sergio – Jorge Yumar

Con la colaboración de Mabel del Pozo e Iker Lastra

Iluminación: Juanjo Llorens (AAI) 

Escenografía y vestuario: Silvia de Marta

Música y espacio sonoro: Luis Delgado

Videoescena: Álvaro Luna (AAI) y Elvira Ruiz Zurita

José Luis Arellano García, director.

Coreografías: Andoni Larrabeiti 

Caracterización: Chema Noci

Dirección del proyecto: David R. Peralto

Dirección de producción: Olga Reguilón

Dirección técnica: David Elcano / Dirección de comunicación: José Luis Collado

Fotos: SamuelGarAr

Recomendada a partir de 13 años

Teatro Conde Duque. Del 21 de abril al 6 de mayo 2017

Teatros del Canal: 18 y 19 de mayo 2017 

El Pavón Teatro Kamikaze: 26 y 27 de junio 2017

REPOSICIÓN IMPRORROGABLE EN EL TEATRO CONDE DUQUE:

Las funciones serán del 27 de octubre al 18 de noviembre y las entradas disponibles en el siguiente enlace:

https://www.lajovencompania.com/laedaddelaira

El texto de la función, con imágenes del montaje y guía didáctica, también está disponible en Ediciones Antígona (http://edicionesantigona.es/index.php/es/colecciones/teatro/la-edad-de-la-ira).

 

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